martes, 7 de diciembre de 2010

Viajes 1986


 De Berlín a Barcelona
                    
                                                    

En 1986 leí mi ponencia sobre “Axolotl” de Cortázar en un coloquio sobre su obra que se celebró en Stillwater, Oklahoma, del 10 al 12 de abril, y en el congreso de hispanistas, que se realizó en Berlín del 18 al 23 de agosto, presenté una ponencia sobre algunos relatos de Mauricio Magdaleno y Roa Bastos. De paso asistí  al congreso del Instituto internacional de literatura iberoamericana que se celebró en Bonn unos días antes, del 11 al 16 de agosto. El año anterior había obtenido el Premio de Ensayo literario “José Revueltas”, lo que me permitió ingresar al Sistema Nacional de Investigadores y obtener recursos para viajar, por lo que estaba decidido a “hacer curriculum”, participando en los principales congresos. 
En Stillwater conocí primero a un colega chileno, Santiago Daydi-Tolson, y luego al profesor  Donald Shaw y al poeta  Carlos Cortínez. También conocí ahí a Lauro Zavala, con quien mantengo correspondencia. En cuanto al congreso en Alemania, decidí aprovechar la oportunidad para viajar a Francia con Catherine y nuestra hija, Flora. Volamos a París y de ahí viajamos en tren a Argeles Gazost, un pueblo cerca de Lourdes, donde los padres de Catherine tenían una casa de campo rodeada por un amplio jardín, donde pasaban el verano, pues en invierno se recluían en un apartamento en Le Puy, donde tuvieron un despacho como abogados. La calefacción cuesta una fortuna y el invierno lo mejor es pasarlo en un espacio reducido para ahorrar gastos. Como me prestaron un DAF, manejé a Alemania pasando una vez más por las famosas gorges du Tarn, donde la carretera ocupa una estrecha cornisa junto a un desfiladero y atraviesa varios túneles, la mayoría muy cortos. Ya había hecho este recorrido cuando vivía con Uli en Toulouse y viajamos a Alemania. Se trata de un lugar impresionante y ahí estaba yo manejando de nuevo  por ese impresionante paisaje. Imposible no recordar a la joven alemana con que vivía unos doce años antes.
Durante el congreso en Bonn le di un ejemplar de mi libro sobre Borges al profesor Roggiano,  que le pidió a Malva Filer una reseña para la Revista Iberoamericana. Ahí conocí a Carmen Ruiz Barrionuevo y otras colegas españolas, que volví a ver en el congreso en Nueva York que se celebró un año después. En el 2000, Carmen organizó el congreso que se realizó en Salamanca y luego llegó a ser presidenta del instituto. También conocí José Miguel Oviedo, quien ya había escrito la Breve historia del ensayo hispanoamericano, y en el 2000 presentó mi libro Versiones en la Feria Internacional del Libro que se celebra en Guadalajara. Después atravesé Alemania oriental y en Berlín leí la ponencia mencionada. Volví a Argèles por Catherine y Flora y nos fuimos a la Costa Brava o más precisamente a Calella de Palafrugel, donde los padres de Catherine tenían un apartamento que habían adquirido mucho antes de la casa en Argèles. Dominique, la hermana de Catherine, se había casado unos quince años antes con un catalán, y tenía también un apartamento en ese balneario, que ya entonces abundaba en modernos edificios con sus terrazas. Enrique, el esposo de Dominique, es hijo de un industrial, en realidad un inventor que había patentado un pegamento y lo fabricaba. Los viernes por la tarde, al cerrar la fábrica en que tenía un puesto administrativo, Enrique salía disparado hacia Calella para pasar el fin de semana en el balneario y no volvía a Barcelona sino el lunes por la mañana. Sólo tenía una hija con Dominique, Samantha, que no sé cómo se las arregló para estudiar derecho, pasar varios exámenes para ejercer como abogada en Francia y hacer un master en relaciones internacionales, pues el ambiente familiar no era muy propicio para leer y concentrarse. Sus padres se pasaban el día en su bote o en la playa y el apartamento lo usaban para prepararse una ensalada y dormir. Así que mientras Flora nadaba con su prima y amigos, y Catherine retomaba la comunicación con su hermana mayor, yo aproveché para echarle un vistazo a Cadaqués, donde vivíó Dalí.

Manejé por la montaña pelada y renegrida por los incendios para echarle un vistazo a ese lugar mítico, donde veraneaban Marcel Duchamp y Joan Miró. Después, fui a Figueras para visitar el Museo Dalí que realmente vale la pena, por lo cual volví a verlo con Catherine y Flora. Sobre todo recuerdo un automóvil antiguo con una pareja de maniquíes vestidos de novios en el asiento trasero; al oprimir un botón se abrían surtidores que mojaban a la pareja. Y desde luego había un montón de obras del pintor con Gala como Leda y los famosos relojes derretidos, el besofá y una vidriera donde se exhibía una mujer desnuda hecha de celuloide o algo parecido, que los niños contemplaban absortos. Para regresar a Argèles, tomamos la carretera hacia Andorra, donde nos detuvimos para hacer algunas compras, ya que ahí todo es más barato, púes no hay que pagar impuestos.
                           





Publicado en Diario de Xalapa, 12 de abril 2011.

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