martes, 28 de diciembre de 2010

Postales. España (1979)

A principios de junio de 1979 se celebró en las islas Canarias el primer congreso de escritores de lengua española.De México participaron José Emilio Pacheco y Arturo Azuela, que era uno de los principales organizadores y años después también organizó el congreso con que se conmemoró el cincuentenario de la creación del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. De Perú, asistieron Ribeiro y Rodolfo Hinostroza; también, el poeta Adolfo Westphalen. De España había poetas como Luis Rosales y Claudio Rodríguez, escritores como Armas Marcelo, Caballero Bonald y Grosso; de Uruguay, Eduardo Galeano y Onetti; de Argentina, Abel Posse.


El congreso atrajo además a algunos jalapeños como Froylán Flores y Sergio González Levet, del semanario Punto y aparte. También asistieron Lupita Escobar, que estudiaba en Madrid, y su hermana Leni, que había ido a visitarla. Antes de viajar a España, le pedí a Don Fernando Benítez que me diera una carta para acreditarme como enviado especial del suplemento Sábado, lo que me permitió conseguir alojamiento y acceso a las sesiones y a los cócteles. Los organizadores nos llevaron en autobús por la isla y recuerdo que me la pasé conversando con Juan Marichal, el historiador y profesor en Harvard, que entre otras cosas me contó que cuando estudiaba en el Colegio de México trabajó como velador en la Canada Dry y le dieron un revólver, que lo hizo comprender que la cosa iba en serio.

Hubo varios cócteles en los que nos daban ensaladas con unos pequeños tomates de las Canarias. También recuerdo que me reuní en el puerto con Lupe y Leni y a la hora del almuerzo nos metimos a una modesta fonda con piso de cemento recién lavado y cortinas de plástico donde nos sirvieron un excelente arroz con plátanos fritos, y luego nos fuimos a un café en la playa de Más palomas. También recuerdo una recepción en un casino donde hablé con Agustín Yáñez sobre su biografía de Santa Anna. Le dije que en el sitio que ahora ocupa el parque Los berros había una ciénaga que se desecó a fines del siglo XIX, es decir que el parque no existía en tiempos de Don Antonio, como él suponía. Le pregunté si estaría dispuesto a dar una conferencia en Xalapa, y él le dijo a su esposa que me diera su teléfono.


Yo había dejado de fumar, pero a veces recaía y en el puerto me compré un paquete con varias cajetillas de Gauloises (sin filtro, desde luego), y llevaba una, que coloqué sobre una repisa para anotar el teléfono en mi agenda. De reojo pude ver que Yáñez tomaba la cajetilla y se la guardaba en el bolsillo del saco, siempre con su cara impasible. No me atreví a pedírselos, aunque también él se dio cuenta de que lo había visto. -Imagínate lo que habrá hecho en la Secretaría de Educación, me dijo alguien cuando le conté. No era un cleptómano, sin embargo, lo que se ocultaba detrás de su rostro impenetrable sino un chamaco maldadoso y un pesado bromista.

Años después, me contó Beatriz Espejo que había sido su maestro en la UNAM y la mandó llamar cuando lo nombraron Secretario de Educación. -Hay un puesto que te puede interesar, le dijo por teléfono. Cuando ella lo fue a ver, primero la hizo esperar un buen rato y cuando finalmente la recibió, le dijo a su secretaria: -Busque la carta que nos mandó la secundaria donde necesitan una profesora de español. Seguro en su interior se botaba de la risa. --Ja, já, qué creidota.



Tenía, en fin, un sentido del humor muy especial y ya se pueden imaginar que nunca lo llamé para que viniera a Xalapa. Después del congreso, Don Luis Rosales nos invitó a Hinostroza y a mí a su casa, en Madrid donde pasamos un buen rato conversando, y después, aproveché la oportunidad para entrevistar a Donoso, a quien había conocido durante la Feria del Libro en Francfurt tres años antes. Entonces le pregunté si conocía Tlacotalpan, donde se ambienta uno de sus cuentos, “El güero”, y me dijo que había estado en Xalapa y ahí había conocido a Gabriela Mistral, que se alojaba el Lencero. No le pude sacar más en ese momento, pero en Madrid lo llamé para pedirle una entrevista y me dio cita.

Lupe Escobar me acompañó a su casa, se encargó de grabar la entrevista y me tomó unas fotos que estuve buscando en estos días, pero no he podido encontrar. La entrevista se publicó en el Sábado, y así cumplí con Benítez. Después, decidí aprovechar mi viaje para echarle un vistazo a Mérida, y de ahí viajar a Sevilla y Granada, pues no conocía yo Andalucía.

En Mérida, cuando recorría las ruinas romanas, apareció un grupo de muchachos que emitían sonidos gangosos y gesticulaban de una manera inquietante, como en una película de Buñuel: eran sordomudos que hacían una excursión. Luego me detuve a comprar unas postales en un kiosko que se hallaba la entraba y cuando las pagué, pude ver que la vendedora tenía la mitad de la cara completamente desfigurada por quemaduras. En el hotel, la propietaria se mostró muy amable, pero después de las experiencias que había tenido esa tarde, yo no estaba muy tranquilo.

Al día siguiente tomé un autobús a Sevilla donde le eché un vistazo a la Giralda y me quedé esa noche. Al día siguiente, viajé a Granada para conocer la Alhambra. Me alojé en un hotel frente a un antiguo café donde pude apreciar la belleza de las andaluzas y algunas turistas extranjeras que al parecer habían ido para mostrar que en sus países tenían con qué concursar. El café por cierto estaba amenazado por la próxima demolición del edificio en que se encontraba y había un grupo de personas empeñadas en preservarlo. Me quedé con las ganas de ir a Málaga y otros lugares de la costa, pues tuve que volver a Madrid y de ahí a México con todo un cargamento de libros sobre Lope de Aguirre.






viernes, 24 de diciembre de 2010

París-Londres (1985)


En mayo de 1985, volé a París para participar en un coloquio sobre “Lo fantástico y lo lúdico en la obra de Cortázar”, que se realizó en Poitiers a fin de mes.
Antes, pasé unos días en Londres para entrevistar a Del Paso sobre Noticias del imperio, que aún no se publicaba, pero de la que ya habían aparecido algunos avances prometedores – “El corrido del tiro de gracia”, entre ellos. Tuve que irme a Lille en tren y transbordar a Calais, donde tomé el ferry de la P&O para cruzar el canal, y en Dover abordé un tren a Londres. Volvería yo a hacer este viaje en 1996 y 1997 para investigar durante unos días en la biblioteca del British Film

Institute que es la más completa sobre cine, así como en el 2006 con mi hija Flora, que estudiaba en París; lo mejor del trayecto es la vista de los blancos acantilados, the white cliffs, y el tramo en ferry, que aproveché para comer fish and chips con un poco de vino blanco. También volví en el 2005, pero esa vez este viaje lo hice a bordo del Eurostar.

Me alojé entonces en un hotel muy agradable llamado Swiss cottage, que se encuentra muy cerca de la estación del metro del mismo nombre y parece una Gasthaus. Del Paso, muy amable me invitó a cenar en su casa con su esposa y la mayor de sus hijas,y al día siguiente lo entrevisté en la BBC, donde trabajaba. Hablamos en una cabina y él mismo se ocupó de la grabación. La entrevista se publicó luego en Vuelta y se puede ver en la red. En París, llamé a Ribeyro, que me invitó a almorzar. Yo lo había conocido unos diez años antes durante un coloquio sobre la difusión de la literatura latinoamericana que se celebró en Sprendlingen, no lejos de Francfurt, unos días antes de la Feria del Libro que en 1976 se dedicó a la América Latina, y después de eso conversamos en París varias veces.




Cuando volví a México, intercambiamos algunas cartas y en un congreso que se celebró en la Brown University (Providence, Rhode Island), en 1983, leí una ponencia sobre uno de sus cuentos que relacioné con la vieja historia de la viuda de Efeso, narrada por Petronio en el Satiricón.

El agregado cultural en la Embajada peruana en México, Edgar Montiel, que había hecho gestiones para que la revista poblana Infame turba le dedicara un número a Ribeyro, me comentó que Julio estaba muy complacido por mi texto, que no sólo se publicó en las actas del congreso, sino también en La Jornada semanal. Pasé a buscarlo, en fin, a la Delegación peruana en la UNESCO pensando que iríamos a un restaurante cercano, pero él detuvo un taxi y le pidió al conductor que nos llevara a la Gare de Lyon, donde comimos en Le train bleu, que es un restaurante de película muy famoso desde el que se ven los andenes y los trenes.
Cuando voy a Francia, aprovecho la oportunidad para comer todo el confit d’oie que puedo -- el ganso es uno de los platillos tradicionales de Toulouse --y eso pedí; él optó por unos espárragos, que era uno de sus platillos favoritos. No recuerdo el vino, pero guardo un excelente recuerdo de ese almuerzo.
(Mi texto, por cierto, se encuentra en la red y se puede localizar por el título “Ribeyro y Petronio”, lo mismo que el leí en otro congreso sobre”Ribeyro y el mito de Sísifo”, que se publicó en la revista Casa del tiempo).
Yo le había enviado antes un ejemplar de Entre tus dedos helados, una antología de cuentos de Tario que publicó Espinasa en la UAM, y me comentó que sobre todo le había gustado “Yo de amores qué sabía”, que es realmente un joya.

En otra ocasión, fuimos al departamento que Alfredo Bryce ocupaba en la rue d’Amyot, no lejos de la Place de la Contrescarpe. Desde la ventana, se podía ver la fachada interior de una residencia para jeunes filles, que si no mal recuerdo era de vidrio. Los estrechos dormitorios parecían vitrinas. Las chicas eran exhibicionistas, y Alfredo podía disfrutar de un verdadero pornorama. Esta información la tomé, desde luego, con escepticismo, pues realmente Bryce no me pareció muy entusiasmado. Le pregunté qué le había parecido Sastrerías de Samuel Medina, pues Ribeyro le había hecho llegar uno de los ejemplares que le había enviado, y me contestó que su manera de escribir le parecía “peligrosa”.
-¿Peligrosa?-, le pregunté, ¿por qué?
-“No se puede ser genial todo el tiempo”, me contestó.
Después yo mencioné que Sammy no había no había vuelto a publicar nada.
“A eso me refiero”, explicó. Entonces llegó Silvie que realmente era muy bella, y Ribeyro y yo nos fuimos a tomar un café.



En Poitiers leí mi ponencia sobre “Las palabras mágicas” de Cortázar”, que luego se publicó en las actas y recogí en Versiones. Aurora Bernárdez vino a escucharla y también Jonathan Tittler y Jean Andreu, entre otros colegas, como Serge Zaitzeff, a quien había conocido en otro congreso en Venecia cinco años antes y que luego estuvo en Xalapa con su esposa. Además, conocí a un grupo de colegas españolas -- Carmen de Mora y Trinidad Barrera--, que luego me encontraría en otros congresos.
De vuelta en París volví a ver a Ribeyro, esta vez en el parque de Luxembourg, y me regaló un ejemplar de sus Dichos de Luder . Aproveché este viaje para comprar un montón de libros sobre Flora Tristán, la legendaria abuela de Gauguin, pues Vargas Llosa había anunciado una novela sobre esta mujer extraordinaria. Años antes leí el relato de su viaje al Perú por el cabo de Hornos para reclamar la herencia de su padre y cuando Catherine y yo buscamos un nombre para nuestra hija – un nombre que no cambiara mucho del francés al español --, nos decidimos por el de esta francesa que era hija de un peruano. Ribeyro, por cierto, me comentó como quien revela un secreto que Bryce también iba a escribir sobre ella. Yo había publicado una serie de artículos sobre las novelas históricas acerca del cura Hidalgo, Colón y el padre Mier, y estaba trabajando en otro sobre Lope de Aguirre, que apareció en Cuadernos americanos, tres años después.
A principios de los noventa, me escribió Seymour Menton que iba a Guadalajara como jurado del Premio Rulfo, y le contesté que en mi opinión había que dárselo a Ribeyro.
No volvimos a tratar el asunto, pero el galardón se le concedió a Julio, que desafortunadamente no pudo ir a recibirlo -- su esposa lo hizo en su lugar -- pues estaba en el hospital donde falleció.




Publicado en Diario de Xalapa, 4 de octubre 2010.

martes, 7 de diciembre de 2010

Viajes 1986


 De Berlín a Barcelona
                    
                                                    

En 1986 leí mi ponencia sobre “Axolotl” de Cortázar en un coloquio sobre su obra que se celebró en Stillwater, Oklahoma, del 10 al 12 de abril, y en el congreso de hispanistas, que se realizó en Berlín del 18 al 23 de agosto, presenté una ponencia sobre algunos relatos de Mauricio Magdaleno y Roa Bastos. De paso asistí  al congreso del Instituto internacional de literatura iberoamericana que se celebró en Bonn unos días antes, del 11 al 16 de agosto. El año anterior había obtenido el Premio de Ensayo literario “José Revueltas”, lo que me permitió ingresar al Sistema Nacional de Investigadores y obtener recursos para viajar, por lo que estaba decidido a “hacer curriculum”, participando en los principales congresos. 
En Stillwater conocí primero a un colega chileno, Santiago Daydi-Tolson, y luego al profesor  Donald Shaw y al poeta  Carlos Cortínez. También conocí ahí a Lauro Zavala, con quien mantengo correspondencia. En cuanto al congreso en Alemania, decidí aprovechar la oportunidad para viajar a Francia con Catherine y nuestra hija, Flora. Volamos a París y de ahí viajamos en tren a Argeles Gazost, un pueblo cerca de Lourdes, donde los padres de Catherine tenían una casa de campo rodeada por un amplio jardín, donde pasaban el verano, pues en invierno se recluían en un apartamento en Le Puy, donde tuvieron un despacho como abogados. La calefacción cuesta una fortuna y el invierno lo mejor es pasarlo en un espacio reducido para ahorrar gastos. Como me prestaron un DAF, manejé a Alemania pasando una vez más por las famosas gorges du Tarn, donde la carretera ocupa una estrecha cornisa junto a un desfiladero y atraviesa varios túneles, la mayoría muy cortos. Ya había hecho este recorrido cuando vivía con Uli en Toulouse y viajamos a Alemania. Se trata de un lugar impresionante y ahí estaba yo manejando de nuevo  por ese impresionante paisaje. Imposible no recordar a la joven alemana con que vivía unos doce años antes.
Durante el congreso en Bonn le di un ejemplar de mi libro sobre Borges al profesor Roggiano,  que le pidió a Malva Filer una reseña para la Revista Iberoamericana. Ahí conocí a Carmen Ruiz Barrionuevo y otras colegas españolas, que volví a ver en el congreso en Nueva York que se celebró un año después. En el 2000, Carmen organizó el congreso que se realizó en Salamanca y luego llegó a ser presidenta del instituto. También conocí José Miguel Oviedo, quien ya había escrito la Breve historia del ensayo hispanoamericano, y en el 2000 presentó mi libro Versiones en la Feria Internacional del Libro que se celebra en Guadalajara. Después atravesé Alemania oriental y en Berlín leí la ponencia mencionada. Volví a Argèles por Catherine y Flora y nos fuimos a la Costa Brava o más precisamente a Calella de Palafrugel, donde los padres de Catherine tenían un apartamento que habían adquirido mucho antes de la casa en Argèles. Dominique, la hermana de Catherine, se había casado unos quince años antes con un catalán, y tenía también un apartamento en ese balneario, que ya entonces abundaba en modernos edificios con sus terrazas. Enrique, el esposo de Dominique, es hijo de un industrial, en realidad un inventor que había patentado un pegamento y lo fabricaba. Los viernes por la tarde, al cerrar la fábrica en que tenía un puesto administrativo, Enrique salía disparado hacia Calella para pasar el fin de semana en el balneario y no volvía a Barcelona sino el lunes por la mañana. Sólo tenía una hija con Dominique, Samantha, que no sé cómo se las arregló para estudiar derecho, pasar varios exámenes para ejercer como abogada en Francia y hacer un master en relaciones internacionales, pues el ambiente familiar no era muy propicio para leer y concentrarse. Sus padres se pasaban el día en su bote o en la playa y el apartamento lo usaban para prepararse una ensalada y dormir. Así que mientras Flora nadaba con su prima y amigos, y Catherine retomaba la comunicación con su hermana mayor, yo aproveché para echarle un vistazo a Cadaqués, donde vivíó Dalí.

Manejé por la montaña pelada y renegrida por los incendios para echarle un vistazo a ese lugar mítico, donde veraneaban Marcel Duchamp y Joan Miró. Después, fui a Figueras para visitar el Museo Dalí que realmente vale la pena, por lo cual volví a verlo con Catherine y Flora. Sobre todo recuerdo un automóvil antiguo con una pareja de maniquíes vestidos de novios en el asiento trasero; al oprimir un botón se abrían surtidores que mojaban a la pareja. Y desde luego había un montón de obras del pintor con Gala como Leda y los famosos relojes derretidos, el besofá y una vidriera donde se exhibía una mujer desnuda hecha de celuloide o algo parecido, que los niños contemplaban absortos. Para regresar a Argèles, tomamos la carretera hacia Andorra, donde nos detuvimos para hacer algunas compras, ya que ahí todo es más barato, púes no hay que pagar impuestos.
                           





Publicado en Diario de Xalapa, 12 de abril 2011.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Alemania (1987)

En 1987 estuve unos tres meses en Berlín, gracias a una beca alemana, y luego de instalarme decidí asistir a la Feria del Libro en Francfurt, así que un día me levanté temprano y me dispuse a atravesar de nuevo la Alemania Oriental a bordo de un viejo DAF que me prestaron los padres de Catherine.

En mi viaje a Berlín, recuerdo que los guardias me preguntaron, escandalizados, si viajaba yo solo, pues para ellos eso era algo inusitado. Todo un automóvil para una sola persona era un despilfarro debido al precio de la gasolina. Además, yo había viajado mucho de aventones unos años antes.
Por todo eso al acercarme a la frontera y ver a los jóvenes que mostraban letreros con los nombres de los lugares adonde querían llegar, me detuve para levantar a una chica cuyo anuncio decía “Basel”. “Te puedo dejar en Francfurt”, le dije, “voy a la Feria”. La chica se instaló a mi lado y un joven se me acercó entonces. “Voy a Francfurt”, le dije, pues él tenía un letrero que decía “Nuremberg”, pero alegó que desde Francfurt era más fácil llegar a Nuremberg. “De acuerdo”, le dije, y se acomodó en el asiento trasero con sus mochilas, que eran bastante grandes.

Poco después íbamos sobre el Autobahn y veíamos a los lados unos extensos campos sobre los que había montones de trigo segado con un fondo de cielo gris plateado que anunciaba lluvias. No tardamos en encontrarlas. Tengo recuerdos oníricos de ese viaje porque varias veces atravesamos zonas de lluvia y oscuridad y luego emergimos a otras más claras, donde una luz plateada iluminaba el
horizonte. También recuerdo un árbol que se acercaba en medio de la autopista y era muchos árboles
que corrían a nuestro encuentro. En algún momento el chico sacó una cámara y se puso a tomar fotos del paisaje. Era realmente de película. Yo ya había estado a punto de meterme en líos la primera vez que manejé a Berlín un año antes. Los automovilistas que atravesaban el país para ir a Berlín no debían salir de la autopista, pero me habían dicho que la gasolina era más barata en Alemania oriental y pensaba llenar el tanque a la primera oportunidad. Crucé la frontera y media hora después vi el anuncio de una gasolinera, pero estaba a una distancia inalcanzable. No me quedaba otra que salir de la autopista en el próximo pueblo. Así lo hice y aquello era como el fondo de las tiras cómicas de Walt Disney cuando el Pato Donald o Mickey se aventuran en zonas deprimidas, pues las casas eran parecidas a las de Alemania occidental, pero requerían reparaciones de todo tipo. La calzada, por lo demás, tenía baches y se veía muy sucia y descuidada.

Finalmente, logré llegar a un gasolinera, le metí unos litros al tanque, pagué… y me regresé a la autopista enseguida. El permiso para atravesar el país sólo me autorizaba a surtirme en las gasolineras de la autopista. Temía que me alcanzara una patrulla, pues me habían asegurado que “todo lo controlan por radar”. Por suerte, no tuve problemas. Tampoco en este viaje a Francfurt, pero al acercarme a la frontera miré el permiso que me había dado y vi que había yo cruzado la frontera a las 11:00 a.m. y eran las 14:00 p.m., es decir que había cruzado el país en tres horas.

El problema era que la máxima velocidad permitida era 100 km/por hora y como la distancia entre los puestos de control era oficialmente de 360 km, resulta que yo había hecho el recorrido a un promedio de 120km por hora. En otras palabras, me esperaba una multa o algo peor. A lo lejos se divisaban las torres del puesto de control con sus ametralladoras. Por suerte, los carriles de la autopista están separados por una verdadera “cuneta” una zona hundida cubierta de verde pasto. Sin pensarlo, me lancé a la cuneta y tomé la dirección a Berlín hasta una Gasthaus, que había visto anunciada unos quince kilómetros antes. “Vamos a comer algo”, le dije a los muchachos, “yo invito”. Les expliqué lo que pasaba, pues se hallaban bastante sorprendidos, sino asustados. En la Gasthaus no había sino una especie de cocido con mucha col, papas y zanahoria, además de carne de res, pero lo traían en una sopera y la camarera llenaba ceremoniosamente los platos con el cucharón reluciente. Poco después cruzamos la frontera y no hubo problema. Más adelante, me detuve en un área comercial para dejar al chico que iba a Nuremberg. “Vamos a tomar un café”, le dije a la muchacha, “me está dando sueño”.
El café, por cierto, me costó más que toda la comida en Alemania oriental. En eso empezó a llover de nuevo y cuando volvimos a la gasolinera encontramos al muchacho que se había puesto un impermeable y nos hizo señas. Me pidió que mejor lo llevara a Francfurt.

“En la Feria hay mucha gente de Nuremberg”, me dijo, “y en el estacionamiento puedo ver las placas y seguro conseguiré un aventón”. Se instaló de nuevo en el asiento trasero.
Poco después salimos de la lluvia a una región donde la luz iluminaba las praderas mojadas, y en el horizonte empezaron a brotar los rascacielos de Francfurt. “Esto hay que filmarlo”, dijo el chico que había tomado fotos durante todo el viaje y de repente sacó una oscura cámara de su mochila y se puso a filmar los edificios que brotaban a lo lejos bajo la luz plateada. En las mochilas llevaba no sé cuantos aparatos. Me detuve luego en una gasolinera para dejar a la muchacha y poco después dejé el auto en el estacionamiento de la Feria y me despedí del chico. No me costó mucho trabajo encontrar a Skármeta y al rato ya estábamos tomando champagne. Me dijo que en noviembre iba a cumplir años y me invitó a celebrar. Después nos despedimos y yo tuve que manejar a Darmstadt, donde me alojé en la casa de Opazo, un chileno que conocí cuando aprendíamos alemán en los Alpes bávaros y que luego del golpe de Pinochet logró emigrar con su mujer y sus tres hijos y enseñaba español en la Technische Hochschule.




Publicado en Diario de Xalapa, martes 13 de abril de 2009.

viernes, 12 de noviembre de 2010

España (1989)

En 1989 fui a un congreso en Barcelona y luego me quedé un mes en Madrid para investigar, sobre todo en la Filmoteca, donde pude ver una copia de la película de François Bourgois sobre Colón y Alba de América. Yo tenía el proyecto de escribir un artículo sobre “Colón en la pantalla” y, de ser posible, armar un documental con segmentos de las películas para el V centenario del desembarco de los europeos en esta parte del planeta. En Madrid logré alojarme en la antigua Residencia de estudiantes donde se conocieron Buñuel, García Lorca y Salvador Dalí, que ya se había convertido en una residencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, que es el organismo español equivalente al CONACYT.

La residencia se encuentra en un recinto arbolado con otros edificios del mismo organismo y, aunque oficialmente se encuentra en la calle Pinar 21, hay otra salida a la calle Serrano cerca de un VIPS, donde se lucen las chicas guapas. Me quedé ahí un mes y pagué mil dólares por una habitación con baño y la pensión completa, pero luego me han dicho que la tarifa ha subido mucho y que ya es una residencia de lujo para investigadores destacados. En el comedor ya entonces nos servían camareras uniformadas y además de innumerables científicos extranjeros se alojaban ahí algunos jóvenes becados por el ayuntamiento. También encontré a varios hispanistas que había visto en Barcelona y a un viejo arquitecto español que había vivido décadas en México, donde tenía hijos y nietos. Se trata, en fin, de un lugar muy agradable y me parece que algo así hace falta en México. Es una lástima que no se estableciera en los edificios que ahora ocupa la Casa de la Cultura Reyes Heroles o en algún otro sitio parecido.

Yo le escribí a varios funcionarios e incluso mandé una carta a La Jornada que luego se recogió con otras propuestas parecidas, pero hasta el momento no ha tenido resultado, qué se le va hacer. La Filmoteca está muy alejada, pero por suerte yo tenía un automóvil que me habían prestado los padres de Catherine. Y así pude ver en la filmoteca las películas mencionadas y analizarlas tranquilamente con ayuda de una moviola. Además, logré que me dieran copias en formato Beta, pues yo quería seleccionar los segmentos que luego habría que montar. Y esperaba conseguir copias de otras películas y series de televisión. Desafortunadamente, no conseguí el apoyo necesario; el Dr. Yacamán me dijo que recurriera a IMCINE o a Televisa, pues “el CONACYT no apoya películas”.

En vano le traté de explicar que lo original de mi proyecto es que no sólo quería escribir un artículo como resultado, sino hacer un documental, pero volvamos mejor a mi viaje a España. En realidad, yo había volado a París y de ahí viajé luego en tren a un pueblo cerca de Lourdes, que se llama Argeles-Gazost, para recoger el DAF, en que luego fui a Barcelona.
Los organizadores del congreso habían hecho arreglos para que los participantes que no querían pagar un hotel costoso se pudieran alojar en un Colegio mayor que en esos meses se encontraba desocupado.
Y allí se alojaban en realidad la mayoría de los congresistas, incluyendo a muchos colegas de los Estados Unidos. El agua de Barcelona no se puede beber por algún motivo y había que comprar botellas. Hacía mucho calor, pero el metro tiene aire acondicionado y por eso nadie se quería bajar al llegar a la estación cercana a la universidad, donde se celebraba el congreso.

Yo leí una ponencia sobre “Borges y Lovecraft”, que luego se publicó en las actas y en la revista española La balsa de la medusa, que también publicó mi artículo sobre “Sábato y Lovecraft”, que Espinasa ya me publicado en La orquesta y además se reprodujo en el suplemento de El Nacional.
Terminado el congreso, viajé a Madrid en el DAF vía Valencia. El día que iba a volver a Francia, el DAF no arrancó y tuve que llamar al seguro, que lo mandó a un taller, donde no lo pudieron arreglar, y finalmente me dijeron que lo mejor era enviarlo por tren a Argeles-Gazost y darme un boleto para que yo volara a Burdeos, donde un taxi me esperaba para llevarme a la casa de los padres de Catherine, que estaba como a 200 kilómetros. Todo eso por cuenta del seguro, imagínense.
Posteriormente, se aclaró que lo único que se necesitaba eran bujías, pero en Madrid no tenían las que requería el DAF, aunque en El corte inglés tenían casi todas.

El viaje por lo demás resultó fructífero, pues en la gare me compré una revista donde leí una entrevista de Milos Forman sobre su adaptación de Les liaisons dangereuses y así empecé a reunir textos acerca de las películas que se habían hecho sobre esa novela epistolar. Más tarde los traduje, y Espinasa me publicó el dossier en Nitrato de plata, una revista sobre cine. Además, en París, compré un ejemplar de Le médianoche amoureux, un libro de cuentos de Michel Tournier, de los que traduje luego unos diez.
Mis traducciones se publicaron en Casa del tiempo y La jornada semanal, gracias a Espinasa, así como en Plural y la revista de la UNAM, entre otras.
Por cierto, el artículo que escribí sobre “Colón en la pantalla” también me lo publicó Espinasa en Tierra adentro y una colega italiana que conocí en Barcelona se encargó de que se publicara en unos Quaderni di Filologia e Lingue Romanze de la universidad de Macerata y mi nota sobre “El impermeable de Colón” apareció en inglés en la revista Voices of Mexico.


Publicado en Diario de Xalapa, 23 de septiembre 2010.

sábado, 16 de octubre de 2010

Houston (1991)

Me parece que fue en agosto de 1991 cuando fui a Houston con Catherine y nuestra hija, Flora, que entonces tenía diez años. Manejamos todo el día por la carretera costera, que entre Tuxpan y Tampico era un desastre, por lo que esa noche no llegamos a la frontera y decidimos quedarnos en Soto la marina. Llegamos a un hotel que nos pareció agradable y donde se alojó también otra pareja que iba en un Mustang con su hija, una niña enorme. En la recepción, nos enteramos de que cobraban por persona y no por habitación, pero los niños menores de 9 años no pagaban.

El señor que conducía un Mustang con placas de Monterrey le aseguró al incrédulo empleado que su hija tenía 8 años. Después de eso, ni siquiera nos preguntó por la edad de Flora, que ya tenía diez años, pero parecía mucho menor que la otra chica.
Ya en nuestra habitación le conté a Catherine algunos chistes que había escuchado de niño sobre la tacañería de los regiomontanos.
Y al día siguiente nos levantamos a las seis cuando todavía estaba oscuro y encontramos que nuestro vochito estaba cubierto por cientos de sapitos grises como de un centímetro de largo. No sé si eran ranitas o sapitos, pero Flora decidió que eran “sapitos”. Poco a poco se fueron bajando del vehículo a medida que avanzábamos hacia la carretera federal, pero hubo una ranita, perdón un sapito, que se quedó sobre el cofre, precisamente sobre el surtidor del limpiaparabrisas, hasta que llegamos al entronque. Antes de eso oímos un ruido extraño y luego nos dimos cuenta que habíamos masacrado a unos cangrejos que cruzaban la carretera. Era un verdadero río de crustáceos y años después vimos en la prensa que en Alemania habían hecho un túnel bajo la carretera para solucionar un problema parecido.

De la cola para cruzar la frontera y otros trámites mejor no digo nada. Pasamos a Corpus Christi y luego cruzamos por un bellísimo puente de hierro en Port Lavaca. Hicimos escala en algún motel de los que se encuentran a orillas de la carretera. Para almorzar nos detuvimos en un restaurante, donde Flora hizo un descubrimiento que la llevó a considerar a Texas como uno de los países más civilizados del planeta. Si en esos años se hubiera implementado un programa contra la obesidad, Flora hubiera dado el ejemplo, pues a la hora de comer aprovechaba la menor distracción de sus padres para sacarse la comida de la boca y arrojarla en algún rincón detrás de algún sofá, la tele o el piano. La muchacha era que luego encontraba sus famosas albóndigas. Cuando comíamos en algún restaurante y le servían su plato, preguntaba muy preocupada “¿Tengo que comerme todo eso?”.

En Texas descubrió que en los restaurantes había “porción infantil”; no era un menú especial, sino lo mismo que comían los adultos, pero menos, y eso le pareció muy tranquilizante. Además, el encuentro en Soto la Marina le dio argumentos. ¿Quieren que me ponga como la niña de Soto la Marina?, nos preguntaba cuando se le pedía que comiera bien. “Esa niña seguro se comía todo lo que le daban… y ya ven”.

En fin, llegamos a Houston y en la famosa Galería yo busqué un saco de lino azul marino y acabé comprándome uno de seda cruda, que usé un buen tiempo. A Flora le compramos primero una mochila verde y luego un sombrero rosado y unas bermudas color frambuesa con las que se veía muy linda, y Catherine también pudo renovar su vestuarios. Además, pudimos comprobar el efecto erótico del acento francés para los hombres de habla inglesa, pues los vendedores – la mayoría muy jóvenes – al oírla quedaban embelesados. Ella había aprendido inglés en Manchester, durante un año después del bachillerato, así que habla “inglés”, no americano, y eso con el acento francés resultaba muy especial.

El regreso lo hicimos rápidamente, pues no perdimos tiempo en la frontera. Tengo imágenes de los matorrales tamaulipecos y la carretera, donde los pájaros bebían el agua de los baches y alzaban el vuelo al acercarnos. Había llovido y no hacía calor.
Paramos un rato en Tecolutla, porque Catherine y Flora querían ir a la playa y nadar, y luego volvimos a Xalapa.


Publicado en Diario de Xalapa, 17 de agosto 2010.

lunes, 4 de octubre de 2010

California 1992

En 1992 volé a Los Angeles para participar en un congreso en Irvine donde leí una ponencia sobre la película El Dorado de Carlos Saura (acerca de Lope de Aguirre) que luego se publicó en las actas y se encuentra en la red. Además co-presidí con Seymour Menton un encuentro de investigadores sobre la nueva novela histórica.

Por lo general, en los congresos de la Asociación Internacional de Hispanistas se leían más de cuatrocientas ponencias y actualmente ya son cerca de setecientas distribuidas en más de cien sesiones, pero sólo hay unos cinco encuentros de investigadores sobre temas de especial relevancia.
En ese caso, el principal organizador del congreso era Seymour Menton, y él me invitó a que co-presidiera el encuentro sobre la nueva novela histórica por los artículos que había yo publicado en 1983, 1985 y 1988.
Me fui una semana antes del congreso para echarle un ojo a Los Angeles y hacer algunas gestiones en la U.C.L.A., donde había tratado de conseguir empleo. Me alojé en la Guest House, donde pagaba unos cien dólares diarios por una habitación y el desayuno.
El campus me recordó a Toulouse por sus edificios de ladrillo de estilo neo-románico y para como colmo el carillón toca la melodía de Casablanca (As time goes by).
Aproveché la oportunidad para conocer el Museo del condado que está junto al parque La Brea, un yacimiento de chapopote donde se encontraron los restos de un mamut y otros fósiles de animales prehistóricos. También visité los estudios Universal y el Queen Mary, convertido en un museo.
Poco antes de mi viaje, me encontré a Rodríguez Revoredo, un jalapeño que estudió en Stanford y me recomendó que rentara un automóvil y recorriera la carretera National 1 que corre junto a la costa entre Los Angeles y San Francisco.
El viernes por la tarde me decidí finalmente a seguir su consejo y acudí a una agencia, donde no tenían ningún convertible y renté un Chevrolet cavalier. Me fui a Santa Bárbara, donde esa noche pernocté, después de cenar en un restaurant que parecía el escenario de una película de cowboys.
Al día siguiente seguí hacia San Luis Obispo, donde la carretera se separa de la autopista 101 y se vuelve a reunir luego como un freeway que atraviesa Morro Bay.
Me detuve ahí a comer en una especie de palafito, el embarcadero de los pescadores locales, transformado en un restaurante que conservaba el letrero de la American Fish Company.
Después de echarle un vistazo a la carta, me decidí por una especie de lenguado (halibut) y luego le pedí a la chica que me atendió que me tomara una foto, y yo mismo tomé otras del lugar. Después seguí ya por la carretera hacia Big Sur que es un sitio impresionante y en algún momento crucé el puente de concreto reforzado sobre el Bixby que tiene 98 m de largo y es uno de los hitos de ese tramo de la carretera que se construyó entre 1919 y 1937.

Después me detuve en algún lugar para llamar a Francia, pues Catherine y Flora se habían ido a pasar las vacaciones allá y ese día era el cumpleaños de mi hija.
Finalmente, llegué a Monterrey y empecé a buscar un hotel, pero todos los que veía ostentaban letreros de que no tenían sitio. Aunque ya estaba cansado, decidí seguir a Salinas, atravesando campos de espinacas. (Se trata de la capital de esos vegetales y hay una estatua de Popeye, que nunca vi). Pero ahí también los hoteles estaban ocupados.

Me detuve a tanquear en una gasolinera, donde me enteré de que al día siguiente había carreras de automóviles, por lo que había ido mucha gente de San Francisco. Tuve que estacionarme en la gasolinera para dormir un poco, aunque había demasiada luz, Al día siguiente me lavé en un restaurante adjunto donde también desayuné. Como no conocía Santa Cruz, aproveché la oportunidad para ver el campus y los sequoyas,de que me había hablado Marisa Moolick.
Después, manejé de regreso hacia Los Angeles y esta vez pude ver la costa de Malibú y seguí hasta el aeropuerto John Wayne, donde devolví el Chevrolet cavalier y tomé un taxi al campus de Irvine.

El congreso me permitió conocer al profesor Avalle Arce, que además de sus méritos académicos era muy simpático y tomaba garrafones de vino blanco, y a Paz Gago, el primer lector gallego, que enseñaba esta lengua y había estado algunos años en Africa. Hubo una excursión a Santa Bárbara y varios cocteles en los que hablé con varios colegas, pero de todo eso lo mejor fue el paseo a lo largo de la costa de California. Manejar un automóvil por esa carretera es toda una experiencia y uno tiene la impresión de ir inventando el mundo en cada momento.


Publicado en Diario de Xalapa, 11 de octubre 2010.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Gotemburgo y Salamanca (2000)

En el 2000, organicé una sesión sobre las biografías de Borges para el XXXIII congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana celebrado en la Universidad de Salamanca del 26 al 30 de junio, y además preparé una ponencia sobre “Borges: el Aleph y la televisión” para un congreso del CELCIRP (Centre de Recherches sur les Littératures et Civilisations du Rio de la Plata) que se realizó en la Universidad de Gotenburgo, Suecia, del 20 al 22 de junio. Debido a eso volé a París, donde me alojé una vez más en la Maison des étudiants suedois, en la Cité universitaire, y el 18 tomé un tren en la gare du Nord a Colonia, donde transbordé a otro hacia Kiel. Ahí alquilé un camarote para viajar en el ferry a Gotenburgo por unos cien dólares. Zarpamos a eso de las ocho de la noche y llegamos unas doce horas después. El ferry tenía un restaurante de autoservicio y aproveché para cenar bien, pues ese día no había comido gran cosa. Llegamos a Gotemburgo y después de registrarme en una especie de pensión, salí a dar una vuelta. Una chica sueca me había dicho que en esos días hacía calor y ahí me tienen tiritando en las calles con mi saco de lino. Me acerqué a varios restaurantes, pero sólo tenían smogasbrod (sandwiches con mayonesa y salmón ahumado, pepinillos curtidos, etc), nada caliente. Por suerte, luego vi un pizarrón en la puerta de un restaurante en el que aparecía escrita la palabra FISKSUPPE (sopa de pescado). La sopa tenía pescado, bacalao, diría yo, papas y un camarón de buen tamaño, todo condimentado con albahaca y otras especies, y además le habían puesto leche y unas gotas de aceite de oliva. Al día siguiente acudí a la universidad para inscribirme y luego hice una excursión a unas islas con otros congresistas, una chica y una señora de Salta, otra colega bonaerense que se alojaba en la misma pensión que yo y una pareja de españoles, que no iban al congreso. Las salteñas me dijeron, por cierto,  que eran fanáticas de “El chavo del ocho”, que les parecía un excelente programa, vaya.En cierto momento nos dimos cuenta que procedíamos de lugares tan alejados como Salta y Buenos Aires, Málaga y Xalapa, y todos hablábamos español.
Al día  siguiente leí mi ponencia y aproveché un rato libre para visitar un museo donde me encontré a Ilse Logie, una colega belga muy linda. El tercer día ya no me quedé a la recepción porque tuve que tomar un tren a Hamburgo, en el que recorrí la costa sueca hasta el estrecho que separa ese país de Zelandia, la isla donde se encuentra Copenhague.
Llegué a Hamburgo y ahí tuve que tomar el tren a París, adonde llegué muy temprano. Me quedé un día en París y luego tomé el tren a Salamanca. En Gotemburgo, había comprado unos tubos de caviar Kalles, parecidos a los que usan para el dentífrico y pomadas, pero que contiene una especie de caviar hecho a base de huevos de bacalao, en vez de esturión o salmón, y otros ingredientes como puré de papas, salsa de tomate, cebollas y frecuentemente anís y cebollinas. Se  basa en una receta muy antigua  y desde 1954 se vende en tubos, cuyo diseño no ha cambiado y que conservan la imagen de un chico rubio sonriente.
Como el viaje a Salamanca lo hice de día, me llevé un tubo en la mochila, una caja de las galletas de centeno en que por lo general lo ponen los suecos y desde luego una pequeña botella de vino blanco de las que tienen tapón de rosca, con lo cual pude disfrutar de esta sensacional comida de astronauta mientras el paisaje francés se deslizaba por las amplias ventanas del TGV.
En Salamanca, recuerdo que mi sesión se celebró el primer día del congreso y al llegar al edificio pasé por un café donde conversaba Verónica Cortínez con un grupo de chilenos y en otra mesa, Samperio con no sé quién, así que los recluté. Se hallaban muy tranquilos y yo creo que ni siquiera habían visto el programa, pero aceptaron mi invitación y me acompañaron. La sesión titulada “Reinventando a Borges” tuvo mucho éxito debido a la participación de Donald Yates, Linda Maier y Edna Aizenberg, todos borgistas consumados. Posteriormente, me volví a encontrar a Samperio y recuerdo que fuimos a una café de la plaza de Salamanca con Pedro Angel Palau y JorgeVolpi. También recuerdo una velada con el profesor Gutiérrez Girardot, que mencionó que el secretario de la Academia Sueca que le dio el Novel a Octavio Paz era también su traductor y le convenía por eso que se vendiera más en sueco, entre otros chismes por el estilo. Me dio mucho gusto volver a ver a Concha Reverte y a Carmen Ruiz Barrionuevo, que hizo un trabajo espléndido como organizadora. Finalmente regresé a París en un tren donde  también viajaba Fernando Moreno y otros colegas de Poitiers. Por cierto, mi participación en congresos me había permitido mantenerme en el Sistema Nacional de Investigadores desde 1985 y en el 2000 logré que me ascendieran al nivel II.

viernes, 27 de agosto de 2010

Vagabundo (1967)

Linda me había dicho que iba a regresar a México en su automóvil y que yo podría acompañarla, pero luego salió con que sus padres no aprobaban sus planes y que mejor iba volar; el problema es que yo sólo había comprado un boleto a Nueva York y no me quedaba suficiente dinero para el de regreso. Además, ese mismo año ya había recorrido los Estados Unidos viajando de aventones y decidí irme a Laredo en esa forma. El viernes me levanté muy temprano y me fui a la terminal de la calle 42 donde tomé un autobús a Trenton. Aproveché el trayecto para dormir un poco.
Después, caminé hasta una carretera donde comencé a pedir aventones hacia el Pennsylvania Turnpike. No recuerdo muy bien esa parte de mi viaje, pero en algún momento viajé con un hombre que me dijo que había vivido once años en Marruecos. El caso es que poco después ya estaba sobre el Pennsylvania Turnpike a bordo de un mustang con 2 muchachos de mi edad que volvían a Pittsburgh de sus vacaciones en Maryland. La carretera se mete en varios túneles y por lo general me parece que va entre bosques de pinos por un paisaje de montaña. Los chicos llevaban sándwitches y me pasaron uno, que creo es todo lo que comí ese día. Finalmente me dejaron cerca de Pittsburgh en la intersección de la autopista 44 que va hasta California y atraviesa todo el país.

Después de eso conseguí algún o algunos aventones, y al atardecer me encontré en una planicie y comenzó a llover a cántaros. Yo tenía un impermeable, pero aquello era demasiado y en eso se detuvo junto a mí un auto que no vi bien, pero era muy largo.
“Súbete”, me dijo un muchacho, y mencionó un pueblo cercano.
“Está fuera de la ruta” me dijo, “pero mañana seguro encontrarás alguien que te lleve”. Era muy joven y parecía muy alto y delgado. “Mi padre me ha prohibido dar aventones”, explicó, “pero no te puedo dejar en ese lugar”. “Te puede matar un rayo”, agregó. Me dejó en un pueblo cuyo nombre he olvidado.

Ya había cesado de llover y caminé por una calle muy larga hasta encontrar una especie de bar, donde había muchos jóvenes. Le pregunté a uno de ellos si había una gasolinera cerca, porque por lo general hay autos estacionados y quizás podría dormir en alguno. En fin, le conté que iba yo a México, que había salido de Nueva York. Me dijo que más adelante había una gasolinera. Ahí le pregunté al encargado si podía dormir en uno de los automóviles y me dijo que no había problema. Me aflojé los cordones de los zapatos y me acosté sobre el asiento trasero. Entonces alguien tocó en el vidrio de la ventana. Era el chico como el que había yo hablado. Me dijo que como era viernes sus amigos tenían el fin de semana por delante y que si quería yo me podían llevar a Indianápolis. Accedí, claro, y en Indianápolis me dejaron en otra gasolinera, donde de nuevo me acababa de recostar en el asiento trasero de un automóvil, cuando volvieron a tocar en el vidrio. Me dijeron que tenían amigos en St. Louis, Misouri, y que si quería yo me podían llevar hasta allá. Me pareció fantástico. No hablé mucho con ellos porque la verdad ya estaba cansado y creo que iba medio dormido.

Me dejaron en otra gasolinera al otro lado de St. Louis sobre la carretera 66 que va hasta Los Angeles. Ahí busqué un automóvil donde dormir, pero sólo encontré una pick up. Como ya estaba muy cansado no subí el vidrio de la ventana, y la lluvia me mojó un poco la parte inferior de mis blue jeans. Tal vez por eso me desperté muy temprano. ¡Qué buen tiempo para viajar de aventones!” (Nice day to hitchhike), me dijo el empleado como saludo. En eso llegó un sujeto más bien chaparro a bordo de un Chevrolet super Sports rojo. No tuvo reparo en informarme que iba a Austin, Texas. Yo voy a Laredo, le dije, ¿No me podría dar un aventón? “Me parece que puedo” (I guess I can), me contestó.

Y así recorrimos las 500 millas que separan St. Louis, Misouri, de Okla City y agarramos la carretera federal 35 (interstate 35) hacia el sur. En algún lugar nos detuvimos para almorzar y le pedí que me dejara pagar la cuenta del restaurant, pues realmente aquel era todo un aventón de más de mil doscientos o trecientos kilómetros. El problema es que luego no me dejó en una gasolinera, pues de repente se dio cuenta que tenía que tomar otra dirección y me dejó a la orilla de la autopista, donde nadie se iba a parar para llevarme. Tuve que esperarme hasta que amaneció y conseguí otro aventón, pero el domingo a mediodía ya estaba en Nuevo Laredo. Comí en un restaurante frente a la terminal de los Flecha roja y luego me metí en el autobús a la capital. Al día siguiente era lunes y empezaban los cursos de mi tercer semestre del doctorado en El Colegio de México.

sábado, 14 de agosto de 2010

Con el mundo a tus pies (1968)

Bajé las escaleras con la mochila y en la avenida Coyoacán tomé un taxi para reunirme con Galván y el Peligro. Unas horas después ya íbamos los tres a bordo de un viejo Volbo sobre la autopista de Puebla y a eso de las siete de la noche llegamos a un pueblo llamado Chalchicomula. Era sábado y queríamos subir al Pico de Orizaba.
Antes de eso, yo había hecho varias excursiones al Cofre que consistían en tomar un autobús a Perote y de ahí subir a la Peña, que se encuentra a unos veinte kilómetros y unos dos mil metros más de altitud, es decir unas diez horas de caminata de ida y vuelta.

Después, conocí a Tom Holladay, que estudiaba en Xalapa, y me invitó a subir al Pico con un amigo suyo que vino especialmente de Arizona, pero no los acompañé, y unos días más tarde Tom me mostró las fotos que habían tomado. Ambos estaban muy bronceados y tenían algo que contar. Me arrepentí de no haber ido. Entonces, decidí que tenía que subir al Pico de Orizaba y otro estudiante que me oyó hablar de ese proyecto me dijo que él ya había subido tres veces y le gustaría volver. Se apellidaba Ros y años después fue diputado federal. Durante su campaña, vi una foto suya en la prensa recorriendo su distrito a lomo de mula; lo menciono porque me parece algo significativo. Todos estos amigos tenían cierto espíritu de aventura y hablaban de Orellana y Alvar Núñez durante las excursiones. Tom Holladay, por ejemplo, me envió unos años después una carta desde las islas Marianas, donde estuvo con los cuerpos de paz. En fin, Ros y yo nos pusimos de acuerdo con otro montañista, Xavier Estrada, y esa vez los tres llegamos a la cueva del muerto, pero luego el mal tiempo nos obligó a volver desde un lugar llamado Torrecillas. Después, habíamos ido los tres con Carlos Lascuráin a Tlamacas y subimos al Popo, pero Ros se indispuso y regresamos cuando sólo faltaban unos metros para llegar al borde del cráter. Por cierto, Carlos era un excursionista de abolengo, pues su padre había acompañado a Archibald McLeish cuando el poeta visitó algunos sitios de la ruta de Cortés como parte de su preparación para el poema con que obtuvo el Premio Pulitzer.
Estrada y yo volvimos luego al Popo con otro amigo, Armando Carballar, y esta vez sí llegamos a la cima; entonces, acordamos volver a intentar el ascenso al Pico.
Todavía el viernes, Galván y yo fuimos a ver a Estrada, que se acaba de instalar en el edificio Condesa. Tratamos de animarlo a que nos acompañara, pero simplemente tenía algo mejor que hacer—nos habló de una chica que había conocido unos días antes. Casi dejamos la excursión para otro día, porque Armando tampoco nos podía acompañar, pero al final invitamos al Peligro – le decían así por peludo. No era excursionista y además nos dijo como excusa que el domingo era su cumpleaños, pero argumentamos que lo debería celebrar en el Pico. Eso era algo poco convencional, que iba a recordar siempre.
En el pueblo buscamos al nevero, del que primero me había hablado Tom y que yo había conocido cuando fui con Ros y Estrada. Se llamaba Modesto Jiménez, ya tenía más de setenta años, y todavía subía dos o tres veces por semana para bajar en unas mulas el hielo con que preparaba la nieve de limón que luego vendía en el parque del pueblo. Vivía en una casa con el piso de tierra y las paredes tapizadas con las fotos que le habían enviado por correo los alpinistas extranjeros, la mayoría suizos y alemanes, a los que les había servido de guía.
Nos dijo que le iba a pedir a su sobrino Daniel que nos acompañara, porque él acaba de regresar de la montaña. Le pagaríamos 300 pesos—era el verano del 68 -- para que nos sirviera de guía y llevara 2 mulas para cargar nuestras mochilas.
Dejamos el pueblo entre las ocho o nueve de la noche. Recuerdo el ruido de agua en la oscuridad –un arroyo que se perdía en el fondo de una barranca – y un olor a ocote. Acampamos en la cueva del muerto, donde Daniel hizo una fogata y preparó un café que bebimos en las tazas de lata. Después, dormimos unas horas.
Tan pronto amaneció nos pusimos en marcha y una o dos horas después llegamos a las crestas, que son como escalones de piedra, cada uno de varios metros de alto, desde los cuales sólo se ve el siguiente, por lo que se tiene la impresión de estar en el mismo sitio, a pesar del esfuerzo realizado. El día era espléndido, y varias veces nos detuvimos a mirar el paisaje, pero más seguido a descansar un minuto con las manos apoyadas arriba de la rodillas. Algo le había caído mal a Galván, porque vomitó, pero se repuso en seguida y continuó subiendo. Tenía fama de aguantador porque una vez subió al Cofre caminando desde Xalapa. Como a las dos, llegamos al borde del cráter, y pudimos ver el Popo y el Izta, pero no el mar por las nubes. El Peligro se esforzaba por alcanzarnos unos doscientos metros atrás. Al llegar a la nieve, nos habíamos puesto los crampones y le pedimos a Daniel que al Peligro con los suyos. Antes, Galván le pidió la botella y la enterró en el hielo. Después, sacó la cámara y se puso a tomar fotos. Yo vagamente me prometía grandes cosas. “Ya párale”—le dije—“te vas a acabar el rollo”. Y entonces le pedimos a Daniel que nos tomara una foto agarrados a una cruz hecha de tubos que se encuentra casi al borde del cráter. El Peligro llegó por fin y lo felicitamos por su cumpleaños. Abrimos la botella y bebimos el champagne en la misma taza. No mucho, porque no sabíamos qué efecto podría hacernos en un lugar tan elevado.
Después de un rato, emprendimos el descenso por una ladera cubierta de nieve, por la que no se podía subir debido a que la nieve estaba blanda y era difícil apoyar en ella los pies. Cada paso hubiera requerido un esfuerzo considerable. Para bajar, la cosa era distinta, aunque a veces nos hundíamos hasta las rodillas. El descenso resultó incluso divertido y lo hicimos muy pronto.
En la cueva del muerto recogimos todo lo que habíamos dejado y a las ocho o nueve de la noche ya estábamos de nuevo en Chalchicomula.
Toda la excursión desde ahí se había hecho en unas veinticuatro horas.
El Peligro y yo queríamos buscar alojamiento en el pueblo o quedarnos a dormir un rato en el Volbo, pero Galván dijo que el lunes tenía que empezar a trabajar a las 9 de la mañana y poco después ya íbamos de nuevo sobre la autopista; el Peligro dormía en el asiento trasero, y yo cabeceaba en el del copiloto.
En algún momento estuvimos a punto de salirnos del asfalto, porque Galván también estaba muy cansado. Nos detuvimos un rato, pero hacía frío y de nuevo nos pusimos en marcha.
Unos días después volví a ver a Galván, que me enseñó las fotos riéndose. Las del paisaje no estaban mal, pero en la que nos tomó Daniel, Galván y yo aparecíamos con los rostros maltratados agarrados de unos tubos; no se veía la nieve y parecía que estábamos en alguna azotea, junto a los tubos de algún tinaco.

Publicado en Diario de Xalapa, miércoles 5 de mayo de 2010.

jueves, 12 de agosto de 2010

Copenhague (1974)

Las islas afortunadas
(Auf den glücklichen Inseln)


Durante el verano de 1974, estuve unos días en Heidelberg y ahí decidí ir a Flensburg, porque un amigo me había dicho que pensaba volver a Toulouse y si quería podía viajar con él y con su hermano. Sin embargo, cuando llegué me dijo que aún no terminaba de instalar la calefacción en su casa, por lo que tenía que posponer unos días el viaje. Eberhard era ingeniero y había estado becado en Toulouse, donde lo conocí por Karin Rosemeier que me había invitado a las reuniones semanales de los alemanes que estudiaban o por alguna otra razón vivían en Toulouse, las cuales se celebraban en el primer piso del Père Léon, que era un café o bar muy concurrido; luego yo le presenté a Geneviève, una estudiante de español, que fue su novia, y creo que por eso me apreciaba y todavía me escribe a fin de año y me manda fotos en que aparece con su esposa y sus tres hijos. Trabaja en la oficina de patentes en Munich, pero vive en otra ciudad y juega tenis para relajarse. Por lo general, pasa las vacaciones en Francia, donde se compró una casa. No se casó con Geneviève, que ahora vive en París y tiene cuatro hijos. El caso es que para hacer tiempo, decidí visitar al día siguiente la casa del pintor expresionista Emil Nolde (1867-1956), cuyos cuadros de creaturas con caras verdes y pelo rojo había visto en el Museo de Heidelberg. El museo se encuentra prácticamente al otro lado de la península, pero el tiempo era espléndido y me gustó mucho ese paseo.
De cualquier modo, lo de la calefacción iba a tomarle a Eberhard varios días y pensé que lo mejor era aprovechar la oportunidad para conocer Dinamarca, por lo que preparé una mochila y al día siguiente me fui a Kiel, de donde sale un ferry directo a la isla de Zelandia donde se encuentra Copenhague.
Quienes viajaban en su automóvil pagaban lo mismo si iban solos o llevaban 2 o 3 personas a bordo. Por eso le pregunté a una pareja que me pareció amable si me podían llevar, y accedieron.
Sólo se trataba de abordar el ferry con ellos para no tener que pagar, pero me dijeron que me podían llevar hasta Copenhague, que está del otro lado de la isla.
Ya en Copenhague oí a alguien hablando en español con otras personas y era un argentino que me explicó cómo llegar al albergue donde me alojé; lo curioso es que meses después me volví a encontrar a este argentino en París y años después en México a un costado del Palacio de Bellas Artes.
Yo iba esa vez con Patricia Rodríguez, que fue gerente de Vuelta, pero entonces tenía un puesto en la Ollín Yoliztli, gracias a Fernando Lozano, que había sido su maestro en el Conservatorio, y de repente lo vi ahí, y él también me reconoció y hablamos un poco. “Nos vemos en Singapur”, le dije al despedirme. Patricia comentó que a mí siempre me pasaban cosas así, y era cierto.

Volviendo a Dinamarca, esa noche creo que fui al Tívoli y al día siguiente pensé ir a ver la famosa sirenita. Recuerdo que iba hacia el mar por una especie de parque y que al borde había una muchedumbre muy animada. Me costó bastante trabajo abrirme paso, pero al fin llegué al sitio donde se encuentra la escultura y ahí vi una joven bellísima completamente desnuda, pues sólo se cubría con alguna espuma y por un momento nuestras miradas se encontraron y ella se sobresaltó un poco al ver mis ojos asombrados. La joven se encontraba sentada sobre las mismas rocas que rodean la escultura y a su alrededor se hallaba un señora que me imagino era su madre y varios individuos con una cámara, pues luego me di cuenta de que estaban filmando el anuncio de algún jabón. En comparación con la joven, la escultura me pareció carente de esplendor. Durante los días siguientes, recorrí Copenhague y otros lugares de la isla, porque en el albergue encontré a tres chicos españoles que tenía un “2CV” y pensaban ir a Heidelberg, por lo cual les di mucha información sobre las residencia para estudiantes,donde se podían alojar porque durante las vacaciones las habitaciones se rentan a otros jóvenes como ellos. Finalmente, tuve que volver al ferry y ellos me llevaron a la salida de Copenhague, donde conseguí un “aventón” con un hombre de pelo blanco y bigote oscuro, que vestía un blazer azul marino y me dijo que había sido capitán de un barco, pero ya se había jubilado.

Prefería hablar conmigo en inglés, que dominaba debido a que se encontraba en Londres cuando los alemanes invadieron Dinamarca y se quedó ahí hasta que terminó la guerra. Me habló de los problemas de su país y me mostró en el periódico la foto de una mujer con un montón de cartas. Unos días antes ella se había quejado de que no tenía amigos y se hallaba muy sola. Su historia conmovió a los lectores del periódico que le habían escrito para animarla. “La gente está muy sola”, me dijo. “No tienen problemas económicos, pero les falta afecto, amigos o parientes. Hay muchas ancianas que van al médico, no porque estén enfermas, sino para que alguien las escuche”. El problema era que eso tenía un costo social muy elevado. También mencionó a su hija, que desde hacía varios años trabajaba para pagarle los estudios a su novio, que ya había cambiado de carrera 2 veces. “Un sinvergüenza”, concluyó, agitando el puño cerrado. Me explicó que no iba a tomar el ferry a Kiel, sino a otro pueblo que se encuentra frente a Flensburg, al otro lado del fiordo y que ahí podía tomar un barco para cruzar.
Me despedí apresuradamente, pues ahí apenas tuve tiempo de abordar una embarcación, que no transportaba automóviles, y en cuyo interior había un restaurante, donde todas las mesas ya estaban reservadas. También había una tienda duty free donde se aglomeraban los pasajeros. Un tripulante me dijo que así era siempre a esa hora, pues la embarcación sólo hacía un viaje al atardecer. Me preguntó si iba yo a Flensburg y asentí. Luego subí a la cubierta para ver el paisaje, pero hacía frío y bajé hacia el restaurante y la tienda duty free, donde finalmente me pude comprar un paquete de Gauloises sin filtro. Más tarde me encontré de nuevo al hombre con quien había yo hablado.
-¿No ibas a Flensburg?-, me dijo sorprendido.
-Sí, le contesté.
“Pues ya vamos de regreso”, repuso, “debiste bajar hace unos minutos”. Me había distraído y no le presté atención a los anuncios en danés de los altavoces, pues yo me imaginaba que al llegar todo el mundo se bajaría, pero no fue así; yo era el único pasajero que realmente quería ir a Flensburg; los demás tenían boletos de ida y vuelta. Sólo se habían metido al barco para pasear, cenar en el restaurante y proveerse de bebidas libres de impuestos, pues en Dinamarca las bebidas alcohólicas resultan carísimas. No me quedó más remedio que volver a Dinamarca y ahí tomar un autobús que rodeaba el fiordo y, claro, tardaba horas en llegar.

Publicado en Diario de Xalapa, jueves 18 de marzo de 2010.

sábado, 10 de julio de 2010

Aplausos (1977)

Ya tenía empleo en la universidad, pero tenía que encontrar un apartamento antes de que llegara Katia, lo que en esos días no era nada fácil. Tuve que rentar una casa en Xico, un pueblo situado a unos 20 km. de Xalapa. El propietario era un gringo, que se había retirado y compró unas tierras que habían estado dedicadas al cultivo del café y en las que había una casa que remodeló y amplió y donde se dedicó durante varios años a la pintura. Debido a un accidente, se fracturó una cadera, se le dificultó manejar y se construyó una nueva casa en Xalapa, por decidió rentar la que tenía en Xico mientras no lograra venderla. La casa se hallaba al fondo de una cañada en las afueras del pueblo y a varios cientos de metros del vecino más cercano, rodeada de cafetos y los liquidámbar que les dan sombra.


Tenía una cocina moderna y reluciente separada de la sala por una especie de barra; el baño con tina se encontraba entre esa parte del edificio y la recámara, que había sido su taller y que tenía tantas vidrieras que casi parecía un invernadero.
Acostado, bocarriba, en la cama podía ver por el tragaluz las ramas de un árbol que cobijaba la casa, como si estuviera al aire libre. De noche, podía ver a veces las estrellas. El comedor ocupaba otro anexo transparente junto a la cocina. La casa de cualquier modo se hallaba en un sitio apartado y sólo la renté provisionalmente, con la esperanza de encontrar pronto otra vivienda. Katia llegó unos días después y durante unos meses hicimos el amor con verdadero entusiasmo.
Una noche, me dijo que había oído un ruido atrás del baño y yo fui a ver con una lámpara y descubrí a unos tlacuaches que se trepaban al tejado por una enredadera. Después de eso, cada vez que oíamos algún ruido, lo atribuíamos a los tlacuaches. Sin embargo, una noche Katia me dijo que le había parecido escuchar voces y luego descubrí a unos policías que habían detenido a unos chicos. El comandante me explicó que el propietario le había pedido que vigilara la plantación y al hacer una ronda logró sorprender y atrapar a unos muchachos que acostumbraban trepar a la azotea donde se hallaba el tinaco del agua y desde donde podían ver nuestra recámara y nuestra cama. Al parecer, nos observaban desde hacía tiempo y habíamos llegado a ser parte de sus diversiones. Entonces comprendí por qué muchas veces cuando Katia y yo hacíamos el amor, me parecía oír aplausos. Después de eso me sentí como una estrella de películas porno. Sin quererlo, nos habíamos convertido en los preceptores de esos muchachos en materia de sexo y creo que el curso fue intensivo.
Lástima que esos pobres chicos anduvieran tecnológicamente muy atrasados y no tuvieran cámaras ni celulares que les hubieran permitido conservar algunas imágenes

lunes, 26 de abril de 2010

Budapest y París



En París me tuve que alojar en la Maison d’Italie durante tres o cuatro noches, porque en la Fondation danoise no tenían sitio. Tuve que comprarme otro paraguas, pues el que llevaba me lo estropeó una puerta que está a la salida del elevador de la estación del metro. Hay que meter el boleto usado para que se abra, pero si no lo hace uno rápido, lo rebana. Los franceses dejaron de usar la guillotina para ejecutar criminales, pero el mecanismo se ve que los fascina. Por supuesto, puse una queja, pero no sirvió de nada y como llovió al día siguiente, tuve que comprarme otro paraguas. Flora acompañó ese día a un joven que quería interpretar a cuatro manos la Fantasiosa y otras danzas cubanas en la Casa de México.

Después, hubo un coctel durante el cual me presentó a Víctor, un flautista, y su esposa, y luego me contó que Alejandra, muy linda y con grandes ojos algo almendrados, parece niña y en un concierto la directora del Instituto Cultural de México en Francia le dijo con su tacto habitual "Tú mejor siéntate atrás, donde van a estar otros niños”. Alguien le aclaró que era la esposa del flautista, y ella lo miró escandalizada. Como Víctor no tiene beca, Alejandra trabaja como niñera."Yo a ti no te voy a obedecer”, le dijo la niña que cuidaba, “porque tú eres otra niña". “Entonces, vamos a jugar”, le contestó Alejandra. Posteriormente, llegaron a París unos parientes que querían ir a DisneyWorld y ahí lo bueno fue que Alejandra pasó como otra niña y no tuvo que pagar tanto.El flautista, por cierto, era un roperón muy jovial. Por cierto, yo iba a Budapest para leer mi ponencia sobre “Pitol y Pepe Bianco, como traductores de Henry James” en el coloquio sobre la traducción literaria organizado por Laszlo Scholz con el Instituto Cervantes, y Flora se me pegó, porque quería conocer otro país.
Volamos un sábado a mediodía y aprovechamos el domingo que casualmente era mi cumpleaños, para bajar hasta el Danubio caminando, cruzarlo y trepar en Buda a la colina donde se encuentra el castillo y un museo donde visitamos una exposición de Moholy Nagy, un pintor húngaro excelente. Luego bajamos tranquilamente y regresamos a Pest cruzando otro puente río abajo. El lunes por la mañana fuimos al congreso y yo oí, entre otras, la ponencia sobre las traducciones de Sandor Marai al español que me interesaba.
La recepción que tuvo lugar en el patio de la embajada española fue muy agradable y hubo lo mismo tapas de caviar que pinchos de tortilla (omelette), además de un vino excelente. Laszlo me contó que tiene una hija chelista de 30 años que toca con la orquesta de la Opera y otra, flautista, de 23. Un mexicano que enseña en Graz con quien me había comunicado resultó muy simpático, pues exhalaba satisfacción, aunque nos habló bastante de sus problemas -- su hijo iba a nacer en esos días y él se iba a quedar sin su empleo; estaba casado con una húngara muy guapa y me contó que en México él se entretuvo comprando unos boletos y cuando subió al autobús en que iban a viajar, se encontró con que un compatriota yse había ido a sentar junto a su mujer, aunque no había más pasajeros. Después de comer con él en una fonda, nos encontramos a unas colegas eslovacas con las que fuimos a un café.
El día que volvimos a París, comimos en "Spinoza" un restaurante muy agradable del barrio judío donde hubiéramos debido comer siempre. De vuelta, me instalé en la Fondation danoise, donde observé que las chicas que vivían en mi piso habían puesto su foto en la puerta con una estrella de papel de aluminio, como si sus habitaciones fueran camerinos.

Mi habitación tenía muebles escandinavos y unas lámparas que parecían platillos voladores, una de pedestal y la otra de mesa. Desde la ventana, podía ver las casas de Suiza y Suecia, rodeadas de árboles, pero estaba en el cuarto piso, y me la pasé subiendo y bajando las escaleras, debido a que no hay elevador y la cocina está en el sótano que por un desnivel del terreno da a un jardín en el que hay algunas mesas y sillas. Dos o tres días después fui a Ghibert para buscar unos libros y en el boulevard St. Michel me encontré a Flora, y decidimos almorzar en la Residencia Concordia, donde ella se alojaba; en el camino compramos algunos víveres y un rollo de espárragos blancos que me costó once euros.
La Residencia Concordia se encuentra en el Barrio Latino, a unos metros de la turisteada rue Mouffetard, en un edificio restaurado hace poco, en cuyo interior hay todo un jardín con varios árboles, y cuando fui a buscar a Flora unos días después me encontré con que se estaba filmando un comercial en el vestíbulo. Desde el Barrio Latino – la llamada montaña de Ste, Geneniève ---- bajé muchas veces hacia el Sena y en la rue de Rosiers me compré uno de esos pasteles con semillas de amapola. Por la noche asistí a los conciertos que se realizaban en la Fondation des Etats Unis y otras residencias.

También recuerdo que un domingo fui a dar una vuelta por l'ile Saint Louis y le saqué fotos a unos músicos -- me he dedicado a tomarle fotos a músicos que tocan en las calles. Todas esas caminatas y las escaleras de la Fondation danoise me permitieron ponerme en forma, pues bajé cuatro kilos.
Por lo general, comía en el restaurante del Colegio español, que está junto a la casa de Suecia, y donde tienen con frecuencia una ensalada que se prepara con la raíz del apio, es decir un tubérculo parecido a una jícama que los franceses lograron desarrollar y que pesa entre 800 gramos y un kilo. Se ralla, como la zanahoria, y se le pone limón o mayonesa para que no ennegrezca.
La cocina francesa puede parecer bastante rebuscada, pero incluye platillos de una sencillez absoluta, como esta ensalada refrescante.









Publicado en Diario de Xalapa, 3 de abril 2011.

sábado, 24 de abril de 2010

Otra gira con Mijailovich (2009)

Flora tocó el domingo en Oaxaca, adonde tuvimos que volar, pues el sábado en la noche se presentó en la Sala Blas Galindo. El Teatro Macedonio Alcalá es una joya que en estos días celebra su centenario,pero Harp Heliú no se ha decidido a donar un piano Steinway de concierto, y cuando Flora estaba por terminar "Un vals" se zafó el pedal del Baldwin y hubo que bajar el telón para que los técnicos lo volvieran a montar. Por lo demás, el recital salió muy bien, pero sólo había unas treinta personas en el teatro, la mayoría extranjeros, aunque vi también a una abuela con dos chicos, y es que cobraban cincuenta y cien pesos y así no hubo estudiantes.
El domingo a mediodía comimos en la Casa de la abuela, un restaurante que da a la plaza donde tocaba una banda. No vimos ninguna publicidad y tampoco en el hotel. Lo bueno es que le pagaron diez mil quinientos pesos, de los que tuvimos que deducir los gastos --boletos de avión y autobús, comidas y el hotel. Con eso sacamos también los gastos del D.F., pues el recital en la Sala Blas Galindo no se lo pagaron y ahí tuvimos que pagar una suite en el Gillow. Por cierto, el afinador iba a ir a las cinco, pero llegó a las seis y a las siete todavía tenía el piano desarmado y lo montó precipitadamente cuando el público ya estaba entrando. Flora no quedó satisfecha con su trabajo, pues se lo dejó "chicloso" y con el teclado así se cansó mucho. El recital lo grabó Radio educación y también el CENART... y la verdad el resultado no difiere de la grabación que ya había hecho Tele UV unos meses antes.
Toda esta gira se arregló a última hora y no es extraño por eso que no pudieran pagarle en el CENART; yo traté de arreglar algo con el ISSSTE, pues un año antes Flora había tocado 2 veces en el Teatro de la Ciudadela, pero ya no estaba a cargo de estas actividades la misma profesora, y con el que la remplazó no se pudo concertar nada ni tampoco con el director general, que no nos contestó.


Esos días en el D.F. y Oaxaca fueron muy cansados, pero aprovechamos para ir al cine a ver "El casamiento de Raquel" con Anne Hathaway y "El lector" con Kate Winslet. Además, nos dimos el lujo de comer escamoles en la Hostería Santo Domino y pato en el restaurante de la Casa de Francia. El mejor recital fue el del Teatro Clavijero, en Veracruz, pero ahí tuvimos otros líos, porque ese recital también se tuvo que arreglar de improviso, y Fomento cultural nos dijo que ellos ponían el teatro, pero no tenían para cubrir los gastos de afinación (2 mil pesos) y personal (edecanes, tramoyistas, etc), que era un total de 5 mil pesos, y se los tuve que pedir a la Subsecretaría de Desarrollo Educativo, al ayuntamiento y al sindicato de la universidad... Al final, los pagó el IVEC . Unos días antes no sabíamos si alguien pondría la plata. Los del ayuntamiento no quisieron apoyar, y aunque Flora le escribió a Ainara Rementería ni siquiera le contestó; el secretario general del sindicato salió con que ellos ponían tres de los cinco mil que se requerían. El Subsecretario pidió la factura, pero en eso llamaron del IVEC y se la mandaron a Villasana. Así anda esto de la cultura. Flora tenía que ir a Los Angeles, donde el consulado le arregló tres recitales, que luego se redujeron a dos, y todos los recitales en el país se arreglaron de paso. Se suponía que ellos le pagarían todos los gastos durante su estancia y el transporte, pero luego le explicaron que en estos casos la Secretaría de Relaciones exteriores sólo paga boletos desde México, así que faltaba el boleto de París a México que finalmente consiguió con el rector; por eso pensamos que podría ofrecer un recital en el Teatro del estado, pero no se pudo y se presentó en el auditorio del Instituto Superior de Música, adonde no acudió mucha gente.
Después de Oaxaca, Flora voló a Los Angeles invitada por los consulados, que por cierto tuvieron que alquilar un piano para que tocara en la biblioteca pública de Oxnard y el Ruskin Art Club.

Publicado en El jardín secreto (Periódico de la Escuela de escritores Sergio Galindo, reconocida por la SOGEM), julio 2010.

jueves, 18 de febrero de 2010

Postales. París y Barcelona (2011)


En mayo  leí una ponencia  sobre la autobiografía de Salvador Elizondo en el coloquio “Leer Latinoamérica hoy” que se realizó en Barcelona del 11 al 13 de mayo, y aproveché mi viaje para pasar unos días en París, donde quería presentar mi libro La gata revolcada en la Sorbonne y entrevistar a Aurora Bernárdez. Me costó mucho trabajo, por cierto, encontrar alojamiento en la Cité Universitaire, pues por lo general  los estudiantes se empiezan a ir a fines de mayo.
Ya me estaba preocupando cuando la secretaria de la Fondation danoise me escribió que me podía rentar una habitación con baño.
Tan pronto llegué a París le escribí a Aurora Bernárdez para pedirle cita, y, como la residencia donde me alojaba está muy cerca del Colegio de España, pasé a la biblioteca para  ver la revista Quimera, pues en marzo me publicaron un artículo y vi que quedó justo en medio de la revista. Excelente tipografía, "Borges" en letras rojas, y "Billy the Kid" en doradas.
De nuevo estaba en Francia. La habitación en la Fondation danoise era muy agradable, con piso de corcho y muebles escandinavos y unas lámparas que parecían platillos voladores.
En cada piso hay una pequeña cocina donde me preparaba té verde de menta de twinnings y me compré una caja de terrones de La perruche, que tienen el color de la panela, pero más claro.
Me la pasé tomando ese té y en cuanto a la comida me compré un maigret de canard, una pechuga de pato. La cocina y el comedor de la Fondation se encuentran en el sótano, pero debido a un desnivel del terreno da un jardín cubierto por una malla de alambre, sobre la que se apoyan las glicinias.
Se puede comer en ese jardín, porque hay otras mesas y sillas rústicas.
El pato me bastaba ponerlo en la sartén, taparla. Hay que colocar la pechuga de modo que la piel quede pegada a la sartén y se derrita. La grasa se tira o se guarda en algún frasco para dársela luego a las femmes de menage que la pueden utilizar para preparar alubias o lentejas.
Se le da vuelta a la pechuga y se la deja freír otros minutos. Se rebana y se come con alubias que se fríen un poco en la grasa. Como postre me encanta el petit suisse, que es una especie de leche
cuajada. Para variar, alguna vez comí en el restaurante del Colegio de España donde seguido hay ensalada de apio rábano, que me encanta. Se trata de la raíz del apio, hipertrofiada, que se pela y se ralla como zanahoria, se le pone limón para que no se ponga negra o se cubre con mayonesa, y ya está. Cada “bola” pesa entre 800 gr. y un kilo. La ensalada parece jícama rallada, pero tiene un sabor mentolado, refrescante.                 


Aproveché esos días para pasar a encargar los libros que me pidió Catherine, y echarle ojo a una exposición  de fotrografías Edouard Boubat en Issy les Molineaux, que me gustó mucho. También hablé unos minutos con Pía Elizondo, que me dio cita cerca de su casa en Montmarte y ahí me proporcionó unos datos que necesitaba para redondear mi ponencia sobre la autobiografía de su padre. Además, llamé a Eduardo García Aguilar y lo vi luego en un café en la Place d’Italie, donde me presentó a una escritora uruguaya. Finalmente, el martes 10 me pude ir a Barcelona.

El tren salió a las 7:20 y unas tres horas después llegó a Nimes. De ahí siguió a Montpellier, Agde, Beziers, Narbonne, Perpignan, y por ahí me comí un casse-croûte que me había preparado con lo que quedaba de pato y un  trozo de baguette; mi itacate incluía también una pequeña botella de tinto y dos petit-suisses. En Figueras tuvimos que pasarnos a un tren español, en el que llegué a la estación de Barcelona Sants.
De ahí tomé el metro a la Plaza de Catalunya y bajé por la rambla hasta la calle Hospital, luego a la derecha unas cuadras y ahí está la residencia d’investigadors, que la verdad me quedo con los daneses. La habitación de la Fondation danoise es mucho mejor --tiene piso de corcho y es más amplia; el baño es más reducido, pero está mejor diseñado.  Lo mejor de todo es que me costaba la tercera parte que la residencia barcelonesa, aunque ésta depende del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, equivalente al CONACyT.
Al día siguiente aproveché el desayuno, incluido en el precio de la habitación y me fui a la Plaza de la Cataluña para tomar el trena a Bellaterra donde se encuentra la Universidad Autónoma de Barcelona, pero no había servicio debido que alguien se había tirado a la vía, qué se le va hacer.            
 
Aproveché  para echarle ojo a un mercado de ambulantes que se estableció en "mi" calle, pues sólo había puestos de apicultores, que tienen una variedad increíble de miel, incluso una de romero, muy clara. También había puestos de hierbas medicinales, y lo más interesante de todo es que había maestras de primaria que llevaban sus grupos para que los chicos conocieran las plantas medicinales y los productos de la apicultura. Había mezclas para todo tipo de afecciones...Más tarde me lancé rambla abajo hasta el monumento a Colón y entré al parque y luego fui a la Barceloneta y me regresé.  En fin, caminé horas y regresé a descansar un rato.
El jueves logré tomar el tren a Bellaterra y leí mi ponencia que le gustó a los asistentes. Mi plan era quedarme esa tarde para escuchar una plenaria sobre Borges y asistir a unas lectura de minicuentos, pero después del almuerzo me pareció que una siesta era indispensable y regresé a Barcelona.


El viernes decidí mandarle mi libro a Jaime Rodríguez, el director de Quimera, que me escribió que la redacción está en la calle Carmen, y en la recepción de la residencia me dijeron que era la paralela a Hospital. Total, le pasé a dejar el libro y así lo conocí. Después, tomé el metro y con el mismo boleto el funicular a Montjuic, donde pasé al Museo Miró, que ya conocía, pero igual, me gustó mucho. Después, tomé el teleférico al castillo  y le eché un vistazo a Barcelona desde arriba.                            
 Bajé y comí fish and chips en una freiduría. De vuelta a la residencia, vi un letrero hacia la Plaza real y así fue como la encontré.                                  
El sábado me encontré con que en  la Residencia d'investigadors  los sábados y domingos el desayuno es a las 8:30, es decir una hora más tarde que entre semana, por lo cual me lo perdí,  pues el tren salía a las 9:00.  Me tomé un café con leche en la estación y comí en el tren, pero nada comparable al casse-croûte que había disfrutado en mi viaje a Barcelona.. Por el macizo central  llovió un poco y el cielo se veía oscuro, pero al acercarnos a París todo se iluminó. Me sentí feliz de volver a mi habitación de la Fondation danoise y por la noche fui a la Casa de Alemania para ver los periódicos y revistas, pues la hemeroteca es sensacional.
El martes 17 di mi conferencia sobre el auge de lo biográfico en la literatura hispanoamericana en la Sorbonne y luego aproveché para hacer algunas compras. Sobre todo quería comprarme unas camisas Oxford ; las Arrow son muy caras, más de 70 euros, pero GAP las tiene a 40, el problema es que no tienen bolsa, y yo la uso para guardar mi licencia y credenciales, así como el bolígrafo. Por suerte, también las tiene UniQlo, una tienda japonesa que me recomendó el portero de la Casa de México.  La tela de las camisas made in China es más ligera que las que me he comprado en  Mark & Spencer, pero costaban la mitad.  También me compré unos sacos de lino  que estaban muy baratos . Me gustó uno de cuadritos y en la Casa de Alemania vi una entrevista con Cohn Bendit donde lucía el mismo  saco.
Cuando ya no me lo esperaba, me llamó Aurora Bernárdez para darme cita al día siguiente, explicándome que también ella había estado en pues ya va a salir el primer tomo de la nueva edición de las Cartas.
La primera edición tuvo tres tomos, pero luego aparecieron las Cartas a los Jonquières  y otros epistolarios que se integrarán a la nueva edición en orden cronológico que ahora saldrá en seis tomos.
Las cartas, me dice Aurora,  son realmente una autobiografía del escritor, pues ahí está todo registrado, y se puede apreciar su evolución desde que era un joven profesor un poco “cursi” que usaba corbata y le escribía a sus colegas.

Mencionó, por ejemplo,  una carta dirigida a un pintor en la que le explica en qué lugares de Roma puede ir a comer sin gastar mucho.  De las biografías del escritor, me dijo que Goloboff no pudo leer las cartas, y Herráez no las aprovechó “y como Ud. dice se puso a explicar el contexto en que se desenvolvió el escritor”. De las biografías del escritor, me dijo que Goloboff no pudo leer las cartas, y Miguel Herráez no las aprovechó “y como Ud. dice se puso a explicar el contexto en que se desenvolvió el escritor y se le olvidó éste”. El libro de Montes Bradley, Cortázar sin  barbas, me dijo que no lo había leído porque le pareció “desagradable”  lo que dice sobre la abuela, y me aseguró que Cortázar no lo sabía, porque en las familias de clase media hay cosas que no se mencionan; el padre se fue, los dejó, pero la madre nunca dijo que fuera un mujeriego, y ese ambiente de reserva y secretos seguramente influyó en Cortázar.        En cuanto al rumor de que la estatura de Cortázar se debía a un problema glandular me aseguró que sus parientes eran bastante altos y que él tenía unas manos y pies largos y delgados, un  rostro muy bello,  y nada de los rasgos propios de quien padece acromegalia. Mencionó que a los dieciocho años y de acuerdo con el carnet militar, Cortázar ya medía 1,90 m. y luego creció otros 2 cm., que ahora hay muchos jóvenes de su estatura, y en el café adonde va a tomar sidra también ve muchachas “con envidia, porque tienen 30 cm. más que yo”. Le dije que me interesaba mucho hablar de sus traducciones y le conté que la Universidad Veracruzana publicó una colección “Sergio Pitol, traductor” y que esa colección la va a reeditar el Conaculta. Me dijo que cuando alguna editorial le avisa que va a volver a publicar alguna traducción suya, ella se pone a releerla para ver qué errores cometió, pues es “un oficio que se aprende a fuerza de meter la pata” y que cuando ella era joven no había escuelas de traductores, como ahora. Ella empezó a traducir para Losada y ahí le pusieron unas prueba Guillermo de Torre y “un portorriqueño, Max, no recuerdo su apellido”, que probablemente era Max Ureña, un medio hermano de Pedro Henríquez Ureña y dominicano en realidad. El resultado los convenció y la contrataron. Me comentó que se dio el lujo de rechazar “por puritanismo” los cuentos de Sartre, aunque tradujo La náusea en esos tiempos.                  

  Cuando vivía con Cortázar, tradujo Estos trece de William Faulkner para Losada (1956), El cielo protector  de Paul Bowles, para Sudamericana (1954), y El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, para esa misma editorial, que lo publicó en 1960. También tradujo La vejez de Simone de Beauvoir (Sudamericana, 1970), y Pálido fuego, de Nabokov, (Bruguera, 1977), El primer hombre, de Albert Camus (Tusquets, 1997), y Bouvard y Pécuchet de Flaubert (Tusquets,1999).                  En la red hay varias listas inexactas de sus traducciones (ver por ejemplo el sitio: http://www.tercerafundacion.net/biblioteca/ver/persona/7457?orden=-fecha,titulo&start=61&step=20 que no incluye varias obras de Calvino que tradujo en los noventa y en la que hay otras omisiones notables; además, se enumeran como traducciones diferentes los relatos de algunas antologías como La gran bonanza de las Antillas de Italo Calvino (Tusquets, 1993).                   
De Calvino tradujo primero Las cosmicómicas (Minotauro, 1967), Tiempo cero (Minotauro, 1971), Las ciudades invisibles(Minotauro, 1974), El castillo de los destinos cruzados cuya primera edición, si no me equivoco, se hizo por cuenta de las Librerías Fausto(1977), Orlando furioso, una versión en  prosa del poema de Ariosto (Muchnik, 1984) y  Palomar (Alianza, 1985). Por cierto,  a este escritor podía consultarlo,  porque lo veía seguido, debido a que estaba casado con su amiga Chichita -- Esther Singer – que por cierto lo hizo leer a Borges y a Cortázar que entonces no eran tan conocidos. Después de la muerte de Calvino (1985), siguió traduciendo Por último el cuervo, (Siruela, 1986), Seis propuestas para el próximo milenio (Siruela, 1989), Los amores difíciles (Tusquets, 1989), El sendero de los nidos de araña (Tusquets, 1990), y Por qué leer a los clásicos (Tusquets, 1992), así como su correspondencia, o sea Las cartas del azar y Los libros de los otros (Tusquets, 1994). De las traducciones de Cortázar me dijo que en una editorial la llamaron porque se dieron cuenta que faltaban algunos pasajes del Robinson Crusoé, pero no se pudo hacer nada porque Cortázar no dispuso del texto completo, sino de una versión abreviada. (Mondadori publicó en el 2004 la traducción que en Buenos Aires ya había publicado Viau en 1945). En mi  opinión, hay que hacerle una entrevista o varias sobre todo esto para precisar la cronología de sus traducciones y aclarar algunos episodios, pues yo por no abrumarla no le pude hacer todas las preguntas que me hubiera gustado. No quiso que grabara la entrevista y no insistí, pero es una lástima porque se voz es muy agradable y se hubiera podido difundir en la radio y oírla en vez de leer una transcripción de lo que me dijo. El domingo siguiente me volvió a llamar para desearme buen viaje a México y decirme que había seguido leyendo mi libro y que las notas sobre las Memorias de España de Elena Garro y las “viudas” de Borges le resultaron “incluso divertidas”. En fin, toda una dama. Yo estaba, por cierto, a punto de irme a a Nantes, donde vi el Royal de luxe, el desfile organizado por compañía francesa de teatro callejero, que se caracteriza por usar marionetas gigantes en sus obras. La principal atracción, creo yo, era una niña mexicana con trenzas que en cierto momento se pone en cunclillas y orina; los franceses la celebran. Al día siguiente era mi cumpleaños y por la tarde fui al Museo Marmottan para dejar que me festejaran los Dufy. Muy buena la exposición. Los óleos parecen acuarelas, tienen un estilo inconfundible. Al día siguiente  fui a ver una exposición de Miró escultor en el Museo Maillol, por la rue du Bac, que también es una sala de las dimensiones del Marmottan. Me gustó mucho.                   

Antes de volver a México logré entrevistarme con Brigitte Natanzon, en el café de la Maison internationale, pues estoy tratando de convencerla de que gestione un convenio de intercambio entre la Universidad Veracruzana y la de Tours, donde ahora trabaja. Finalmente, hice mi maleta y el 1° de junio tomé el vuelo de regreso.