viernes, 18 de marzo de 2011

Un coctel parisino (2007)


Me encontraba en un coctel en medio de un congreso sobre literatura en París cuando un colega alto y desgarbado observó el gafete que tenía yo sobre mi saco de lino. ¿Xalapa?-dijo-. Yo estuve ahí dos veces con Tim Richards. -Sigue hecho un vegetal- agregó luego de una pausa. Nunca se recuperó.

¿Qué le pasó?, acerté a preguntar. ¿No lo sabías?, repuso. Tuvo un accidente y estuvo en coma dos años. Mencionó luego que su hija se había casado y el chico estudia no sé qué. De pronto, la imagen de Tim Richard emergió en mi memoria. Era un inglés que parecía una especie de chico inflado, con una mirada chispeante de satisfacción, como si alguien lo estuviera elogiando o acabara de realizar alguna proeza intelectual o deportiva.

 En cierta ocasión, yo me encontraba con Edna, una amiga que también lo conocía y él se detuvo a ver mi corbata. Esa era la corbata de mi escuela, nos dijo. No agregó ningún otro comentario, pero todos sentimos como si de repente lo hubiera alcanzado un torbellino de recuerdos y por un momento se hubiera convertido en un chico inglés con su blazer azul marino y la corbata. Se trataba de una corbata con rayas diagonales negras, blancas y azules, que me compré en Londres hace años.

Timothy, por lo demás, no era un amigo mío; yo apenas lo traté, pero lo recordaba porque visitaba Xalapa durante los veranos con un grupo de estudiantes de una universidad del Medio Oeste—Kansas, me parece. Alguna vez me comentó que el clima en Kansas era espantoso, pues en invierno hacía mucho frío y en verano la temperatura rebasaba los 35 °C. ¿De qué sirve un buen sueldo, si te gastas una buena parte en calefacción y aire acondicionado? Como buen inglés, Timothy ansiaba el mar, tanto más que vivía a unos mil kilómetros de la costa, en las planicies americanas, pero se las había arreglado para que le encargaran el Programa de verano y así cada año pasaba dos meses en Xalapa; incluso se las arregló para pasar ahí todo un sabático. Alquiló una casa bastante amplia y aprovechaba los fines de semana para bajar a la playa con su mujer y niños en una camioneta de doble tracción.

Alguna vez yo los vi empacando con toda la excitación de un fin de semana por delante. Las playas del Golfo no son las más espectaculares del planeta, pero precisamente a unos 90 km de Xalapa se encuentra la barra de Chachalacas, cuyas imponentes dunas, asentadas a unos 50 kilómetros al norte del puerto de Veracruz, se levantan por arriba de los 80 metros. Y ahí precisamente se encuentra el hotel del Instituto de Pensiones, con albercas, chapoteaderos, un tobogán y búngalos.

Cada vez que me sentía perdido en Xalapa, lejos del mundanal ruido, me reconfortaba pensando que había un inglés para el que Xalapa era el paraíso. Y ahora me enteraba de que ese inglés había tenido un accidente y no había podido ver crecer a sus hijos ni acompañar a su hija el día de su boda…
-Llévenlo a la playa, pensaba en el metro.¿Por qué no lo llevan a la playa? No se va a recuperar en un hospital, pero si lo ponen en la playa en una tumbona debajo de un quitasol, seguro revive. Y el vagón en que viajaba se adentraba en un túnel oscuro que parecía ir a desembocar en una comarca desolada, por un paisaje de escombros donde se hubieran librado intensos combates y sólo quedaran edificios devastados por la artillería y las bombas; sin embargo, me encontraba en París.




Había llegado unas semanas antes, a tiempo para ayudar a mi hija a pegar carteles anunciando su recital de piano en la Maison du Mexique, que cuenta con un Steinway de concierto. Flora había tomado un curso anual de perfeccionamiento con Erik Berchot, un discípulo de Germaine Mounier, que cuando tenía veinte años ganó todos los concursos importantes del planeta -- el Marguerite Long (Francia), Viotti (Italie), Maria canals (Espagne), Young Concert Artist (U.S.A. à New york) y el Frédéric Chopin (Polonia), pero no resultó tan buen docente como intérprete. El grupo estaba integrado sobre todo por estudiantes japoneses y coreanos, entre los que destacaba Makiko, una chica muy delgada que sin embargo tocaba con mucha energía. Flora observó que llevaba unas bolsitas de tela llenas de yerbas que apretaba antes de tocar para energizarse y además se ponía unos zapatos que llevaba en su bolsa. En cierta ocasión, le regaló a Flora una bolsita, y ella sintió que el zumo de las yerbas estimulaba la circulación y le calentaba las manos, como si ya hubiera estado tocando un rato. El caso es que Berchot se concentró en Makiko y no atendió mucho que digamos al resto del grupo; incurrió incluso en comentarios sarcásticos con algunos estudiantes, que es lo peor que puede hacer un profesor de piano. Aunque con Flora se portó bien, al final de curso ella todavía tenía algunos problemas con la sonata n° 3 opus2 de Beethoven.

Ella había escogido esa obra porque se la escuchó a Eliane Reyes, una pianista tres años mayor, y yo le sugerí por eso que la llamara y le preguntara si no le podría escuchar y aconsejar. Eliane accedió y en un dos por tres le resolvió todos los problemas. Así pudo dar su recital el 17 de junio en la Maison du Mexique y prepararse para la gira que tenía agendada para las vacaciones y durante la cual volvió a interpretar ese recital en el auditorio del Instituto Superior de Música, en Xalapa el miércoles 25 de julio a las 18:00 horas, y en el Teatro Clavijero en el puerto de Veracruz el siguiente viernes; el viernes 3 de agosto a las 20:00 horas se presentó en el Aula Magna del Centro Nacional de las artes en el Distrito Federal, iniciando el ciclo de solistas que anualmente celebra ese organismo y posteriormente, lo volvió a tocar en la Sala Chica del Teatro del Estado el jueves 9 de agosto a las 19:00 horas, donde aprovechamos la oportunidad para grabarlo. Me alegraba estar de nuevo en la capital francesa, pero al mismo tiempo experimentaba una sensación de fracaso, pues a estas alturas de la vida estaba lejos de contar con los recursos de otros hombres de mi edad. No me alojaba en un hotel de cinco estrellas, sino en la Fondation argentine, una residencia para estudiantes, donde además había aprovechado la tarifa para reservar una habitación primero por quince días y luego por otros quince días, dejando entre ambos periodos unos días para un breve viaje a Londres, donde cada vez que voy a Europa aprovecho para investigar en la biblioteca del British Film Institute. Flora habitaba entonces en la Residence Concordia en el Barrio Latino, un edificio agradable con árboles y un jardín interior. No había sido fácil conseguir ahí una habitación, pues Catherine le tuvo que escribir a una senadora que representa a los franceses del extranjero, y ella intervino para que le dieran alojamiento a partir del 1° de febrero 2007, pero antes tuvo que vivir a salto de mata, pues primero se alojó en la Fondation argentine durante mes y medio y luego en la Maison Henrich Heine, donde una amiga le dejó su habitación durante seis semanas en que viajó a México para tocar allá como solista.

El año anterior yo me había podido alojar en la Maison des étudians suedois, que es muy agradable, pero esta vez no tenían sitio y me tuve que quedar en la Fondation argentine, donde Flora ya era conocida. Por las noches, cenábamos juntos una ensalada griega de tomates con aceitunas negras y queso feta rociada con vinagre balsámico y aceite de oliva mientras Flora me hablaba de sus amigos y experiencias en París. Flora ya había estado en Londres, pero quería volver a Inglaterra y se me pegó. El viaje se complicó porque ella no se quería perder la última clase del año con Berchot y debido a eso tuvimos que partir después de mediodía. Primero viajamos a Lille, luego a Calais, y de ahí en autobús al muelle, donde abordamos el ferry. Comimos fish and chips y pronto avistamos los blancos acantilados—the white cliffs. Por la noche llegamos al Astor College, donde nos alojamos. Se trata de una residencia para estudiantes de la London University College muy cerca de Tottenham Court Road. Un edificio de siete pisos en cuyo patio hay por lo menos un árbol y un estanque con unos peces rojos bastante grandes – como de tres, cuatro o cinco kilos. Flora era la segunda vez que se alojaba en el edificio, pues ya había estado antes con Catherine, y en esa ocasión hicieron excursiones a Oxford y Cambridge. También yo me había alojado ahí antes, y el año anterior estuve ahí unos días. Entonces había hecho el viaje en el Eurostar por el túnel bajo el canal de La Mancha, pero ahora no pudimos conseguir boletos a tiempo.

El piso estaba ocupado por unas jóvenes americanas procedentes de Georgia y unos mochileros de Italia que se la pasaban amasando sus pizzas en la mesa del comedor. En el supermercado cercano, compramos spaghetti y alguna salsa para cenar; cereales para el desayuno y leche de cabra que le encantó a Flora y en Francia no se consigue. Durante los siguientes días Flora recorrió las tiendas de Oxford Street mientras yo investigaba en la biblioteca del Bristih Film Institute,; por supuesto, fuimos a la National Gallery y a la National Portrait Gallery y caminamos a orillas del Támesisen el, South Bank. A mediodía comimos el famoso pato laqueado a la cantonesa con arroz y té de jazmín en un restaurant chino de Soho. Por las tardes descansábamos en una librería Borders, en cuyo segundo piso hay un café donde nos instalábamos junto a las ventanas, frente a Fowles. Se pueden leer todos los periódicos y revistas que uno pueda sin pagar un centavo. Los periódicos abundaban en noticias de crímenes perpetrados por jóvenes pandilleros que apuñalaban a otros muchachos --- uno asesinó a una enfermera que salió a fumar un cigarrillo. Los ingleses necesitan al parecer este tipo de noticias para sentirse vivos.

De vuelta tomamos de nuevo el ferry. Flora voló a México después, y yo me quedé unos días más para leer en un congreso mi ponencia sobre Ribeyro. El incidente del coctel no me dejaba. Yo he viajado sobre todo por Europa y los Estados Unidos, pero cuando pienso en todos mis viajes tengo que reconocer que siempre he ido a buscar algo, no sé qué. Tal vez una revelación. ..y aquello me parecía una revelación. Después de todo, a mí no me había ido tan mal.
El tiempo pasa. Yo iba en el metro saliendo de aquel coctel y luego de repente ya estaba en el aeropuerto y volaba de vuelta. Tomaba el vuelo a Veracruz y en el puerto el minibús a Xalapa. Y mientras iba en el metro y el metro se convertía en un avión y luego en otro y luego en el minibús que remontaba las montañas rumbo a Xalapa, recordaba otros viajes y repasaba mi vida.







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martes, 28 de diciembre de 2010

Postales. España (1979)

A principios de junio de 1979 se celebró en las islas Canarias el primer congreso de escritores de lengua española.De México participaron José Emilio Pacheco y Arturo Azuela, que era uno de los principales organizadores y años después también organizó el congreso con que se conmemoró el cincuentenario de la creación del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. De Perú, asistieron Ribeiro y Rodolfo Hinostroza; también, el poeta Adolfo Westphalen. De España había poetas como Luis Rosales y Claudio Rodríguez, escritores como Armas Marcelo, Caballero Bonald y Grosso; de Uruguay, Eduardo Galeano y Onetti; de Argentina, Abel Posse.


El congreso atrajo además a algunos jalapeños como Froylán Flores y Sergio González Levet, del semanario Punto y aparte. También asistieron Lupita Escobar, que estudiaba en Madrid, y su hermana Leni, que había ido a visitarla. Antes de viajar a España, le pedí a Don Fernando Benítez que me diera una carta para acreditarme como enviado especial del suplemento Sábado, lo que me permitió conseguir alojamiento y acceso a las sesiones y a los cócteles. Los organizadores nos llevaron en autobús por la isla y recuerdo que me la pasé conversando con Juan Marichal, el historiador y profesor en Harvard, que entre otras cosas me contó que cuando estudiaba en el Colegio de México trabajó como velador en la Canada Dry y le dieron un revólver, que lo hizo comprender que la cosa iba en serio.

Hubo varios cócteles en los que nos daban ensaladas con unos pequeños tomates de las Canarias. También recuerdo que me reuní en el puerto con Lupe y Leni y a la hora del almuerzo nos metimos a una modesta fonda con piso de cemento recién lavado y cortinas de plástico donde nos sirvieron un excelente arroz con plátanos fritos, y luego nos fuimos a un café en la playa de Más palomas. También recuerdo una recepción en un casino donde hablé con Agustín Yáñez sobre su biografía de Santa Anna. Le dije que en el sitio que ahora ocupa el parque Los berros había una ciénaga que se desecó a fines del siglo XIX, es decir que el parque no existía en tiempos de Don Antonio, como él suponía. Le pregunté si estaría dispuesto a dar una conferencia en Xalapa, y él le dijo a su esposa que me diera su teléfono.


Yo había dejado de fumar, pero a veces recaía y en el puerto me compré un paquete con varias cajetillas de Gauloises (sin filtro, desde luego), y llevaba una, que coloqué sobre una repisa para anotar el teléfono en mi agenda. De reojo pude ver que Yáñez tomaba la cajetilla y se la guardaba en el bolsillo del saco, siempre con su cara impasible. No me atreví a pedírselos, aunque también él se dio cuenta de que lo había visto. -Imagínate lo que habrá hecho en la Secretaría de Educación, me dijo alguien cuando le conté. No era un cleptómano, sin embargo, lo que se ocultaba detrás de su rostro impenetrable sino un chamaco maldadoso y un pesado bromista.

Años después, me contó Beatriz Espejo que había sido su maestro en la UNAM y la mandó llamar cuando lo nombraron Secretario de Educación. -Hay un puesto que te puede interesar, le dijo por teléfono. Cuando ella lo fue a ver, primero la hizo esperar un buen rato y cuando finalmente la recibió, le dijo a su secretaria: -Busque la carta que nos mandó la secundaria donde necesitan una profesora de español. Seguro en su interior se botaba de la risa. --Ja, já, qué creidota.



Tenía, en fin, un sentido del humor muy especial y ya se pueden imaginar que nunca lo llamé para que viniera a Xalapa. Después del congreso, Don Luis Rosales nos invitó a Hinostroza y a mí a su casa, en Madrid donde pasamos un buen rato conversando, y después, aproveché la oportunidad para entrevistar a Donoso, a quien había conocido durante la Feria del Libro en Francfurt tres años antes. Entonces le pregunté si conocía Tlacotalpan, donde se ambienta uno de sus cuentos, “El güero”, y me dijo que había estado en Xalapa y ahí había conocido a Gabriela Mistral, que se alojaba el Lencero. No le pude sacar más en ese momento, pero en Madrid lo llamé para pedirle una entrevista y me dio cita.

Lupe Escobar me acompañó a su casa, se encargó de grabar la entrevista y me tomó unas fotos que estuve buscando en estos días, pero no he podido encontrar. La entrevista se publicó en el Sábado, y así cumplí con Benítez. Después, decidí aprovechar mi viaje para echarle un vistazo a Mérida, y de ahí viajar a Sevilla y Granada, pues no conocía yo Andalucía.

En Mérida, cuando recorría las ruinas romanas, apareció un grupo de muchachos que emitían sonidos gangosos y gesticulaban de una manera inquietante, como en una película de Buñuel: eran sordomudos que hacían una excursión. Luego me detuve a comprar unas postales en un kiosko que se hallaba la entraba y cuando las pagué, pude ver que la vendedora tenía la mitad de la cara completamente desfigurada por quemaduras. En el hotel, la propietaria se mostró muy amable, pero después de las experiencias que había tenido esa tarde, yo no estaba muy tranquilo.

Al día siguiente tomé un autobús a Sevilla donde le eché un vistazo a la Giralda y me quedé esa noche. Al día siguiente, viajé a Granada para conocer la Alhambra. Me alojé en un hotel frente a un antiguo café donde pude apreciar la belleza de las andaluzas y algunas turistas extranjeras que al parecer habían ido para mostrar que en sus países tenían con qué concursar. El café por cierto estaba amenazado por la próxima demolición del edificio en que se encontraba y había un grupo de personas empeñadas en preservarlo. Me quedé con las ganas de ir a Málaga y otros lugares de la costa, pues tuve que volver a Madrid y de ahí a México con todo un cargamento de libros sobre Lope de Aguirre.






viernes, 24 de diciembre de 2010

París-Londres (1985)


En mayo de 1985, volé a París para participar en un coloquio sobre “Lo fantástico y lo lúdico en la obra de Cortázar”, que se realizó en Poitiers a fin de mes.
Antes, pasé unos días en Londres para entrevistar a Del Paso sobre Noticias del imperio, que aún no se publicaba, pero de la que ya habían aparecido algunos avances prometedores – “El corrido del tiro de gracia”, entre ellos. Tuve que irme a Lille en tren y transbordar a Calais, donde tomé el ferry de la P&O para cruzar el canal, y en Dover abordé un tren a Londres. Volvería yo a hacer este viaje en 1996 y 1997 para investigar durante unos días en la biblioteca del British Film

Institute que es la más completa sobre cine, así como en el 2006 con mi hija Flora, que estudiaba en París; lo mejor del trayecto es la vista de los blancos acantilados, the white cliffs, y el tramo en ferry, que aproveché para comer fish and chips con un poco de vino blanco. También volví en el 2005, pero esa vez este viaje lo hice a bordo del Eurostar.

Me alojé entonces en un hotel muy agradable llamado Swiss cottage, que se encuentra muy cerca de la estación del metro del mismo nombre y parece una Gasthaus. Del Paso, muy amable me invitó a cenar en su casa con su esposa y la mayor de sus hijas,y al día siguiente lo entrevisté en la BBC, donde trabajaba. Hablamos en una cabina y él mismo se ocupó de la grabación. La entrevista se publicó luego en Vuelta y se puede ver en la red. En París, llamé a Ribeyro, que me invitó a almorzar. Yo lo había conocido unos diez años antes durante un coloquio sobre la difusión de la literatura latinoamericana que se celebró en Sprendlingen, no lejos de Francfurt, unos días antes de la Feria del Libro que en 1976 se dedicó a la América Latina, y después de eso conversamos en París varias veces.




Cuando volví a México, intercambiamos algunas cartas y en un congreso que se celebró en la Brown University (Providence, Rhode Island), en 1983, leí una ponencia sobre uno de sus cuentos que relacioné con la vieja historia de la viuda de Efeso, narrada por Petronio en el Satiricón.

El agregado cultural en la Embajada peruana en México, Edgar Montiel, que había hecho gestiones para que la revista poblana Infame turba le dedicara un número a Ribeyro, me comentó que Julio estaba muy complacido por mi texto, que no sólo se publicó en las actas del congreso, sino también en La Jornada semanal. Pasé a buscarlo, en fin, a la Delegación peruana en la UNESCO pensando que iríamos a un restaurante cercano, pero él detuvo un taxi y le pidió al conductor que nos llevara a la Gare de Lyon, donde comimos en Le train bleu, que es un restaurante de película muy famoso desde el que se ven los andenes y los trenes.
Cuando voy a Francia, aprovecho la oportunidad para comer todo el confit d’oie que puedo -- el ganso es uno de los platillos tradicionales de Toulouse --y eso pedí; él optó por unos espárragos, que era uno de sus platillos favoritos. No recuerdo el vino, pero guardo un excelente recuerdo de ese almuerzo.
(Mi texto, por cierto, se encuentra en la red y se puede localizar por el título “Ribeyro y Petronio”, lo mismo que el leí en otro congreso sobre”Ribeyro y el mito de Sísifo”, que se publicó en la revista Casa del tiempo).
Yo le había enviado antes un ejemplar de Entre tus dedos helados, una antología de cuentos de Tario que publicó Espinasa en la UAM, y me comentó que sobre todo le había gustado “Yo de amores qué sabía”, que es realmente un joya.

En otra ocasión, fuimos al departamento que Alfredo Bryce ocupaba en la rue d’Amyot, no lejos de la Place de la Contrescarpe. Desde la ventana, se podía ver la fachada interior de una residencia para jeunes filles, que si no mal recuerdo era de vidrio. Los estrechos dormitorios parecían vitrinas. Las chicas eran exhibicionistas, y Alfredo podía disfrutar de un verdadero pornorama. Esta información la tomé, desde luego, con escepticismo, pues realmente Bryce no me pareció muy entusiasmado. Le pregunté qué le había parecido Sastrerías de Samuel Medina, pues Ribeyro le había hecho llegar uno de los ejemplares que le había enviado, y me contestó que su manera de escribir le parecía “peligrosa”.
-¿Peligrosa?-, le pregunté, ¿por qué?
-“No se puede ser genial todo el tiempo”, me contestó.
Después yo mencioné que Sammy no había no había vuelto a publicar nada.
“A eso me refiero”, explicó. Entonces llegó Silvie que realmente era muy bella, y Ribeyro y yo nos fuimos a tomar un café.



En Poitiers leí mi ponencia sobre “Las palabras mágicas” de Cortázar”, que luego se publicó en las actas y recogí en Versiones. Aurora Bernárdez vino a escucharla y también Jonathan Tittler y Jean Andreu, entre otros colegas, como Serge Zaitzeff, a quien había conocido en otro congreso en Venecia cinco años antes y que luego estuvo en Xalapa con su esposa. Además, conocí a un grupo de colegas españolas -- Carmen de Mora y Trinidad Barrera--, que luego me encontraría en otros congresos.
De vuelta en París volví a ver a Ribeyro, esta vez en el parque de Luxembourg, y me regaló un ejemplar de sus Dichos de Luder . Aproveché este viaje para comprar un montón de libros sobre Flora Tristán, la legendaria abuela de Gauguin, pues Vargas Llosa había anunciado una novela sobre esta mujer extraordinaria. Años antes leí el relato de su viaje al Perú por el cabo de Hornos para reclamar la herencia de su padre y cuando Catherine y yo buscamos un nombre para nuestra hija – un nombre que no cambiara mucho del francés al español --, nos decidimos por el de esta francesa que era hija de un peruano. Ribeyro, por cierto, me comentó como quien revela un secreto que Bryce también iba a escribir sobre ella. Yo había publicado una serie de artículos sobre las novelas históricas acerca del cura Hidalgo, Colón y el padre Mier, y estaba trabajando en otro sobre Lope de Aguirre, que apareció en Cuadernos americanos, tres años después.
A principios de los noventa, me escribió Seymour Menton que iba a Guadalajara como jurado del Premio Rulfo, y le contesté que en mi opinión había que dárselo a Ribeyro.
No volvimos a tratar el asunto, pero el galardón se le concedió a Julio, que desafortunadamente no pudo ir a recibirlo -- su esposa lo hizo en su lugar -- pues estaba en el hospital donde falleció.




Publicado en Diario de Xalapa, 4 de octubre 2010.

martes, 7 de diciembre de 2010

Viajes 1986


 De Berlín a Barcelona
                    
                                                    

En 1986 leí mi ponencia sobre “Axolotl” de Cortázar en un coloquio sobre su obra que se celebró en Stillwater, Oklahoma, del 10 al 12 de abril, y en el congreso de hispanistas, que se realizó en Berlín del 18 al 23 de agosto, presenté una ponencia sobre algunos relatos de Mauricio Magdaleno y Roa Bastos. De paso asistí  al congreso del Instituto internacional de literatura iberoamericana que se celebró en Bonn unos días antes, del 11 al 16 de agosto. El año anterior había obtenido el Premio de Ensayo literario “José Revueltas”, lo que me permitió ingresar al Sistema Nacional de Investigadores y obtener recursos para viajar, por lo que estaba decidido a “hacer curriculum”, participando en los principales congresos. 
En Stillwater conocí primero a un colega chileno, Santiago Daydi-Tolson, y luego al profesor  Donald Shaw y al poeta  Carlos Cortínez. También conocí ahí a Lauro Zavala, con quien mantengo correspondencia. En cuanto al congreso en Alemania, decidí aprovechar la oportunidad para viajar a Francia con Catherine y nuestra hija, Flora. Volamos a París y de ahí viajamos en tren a Argeles Gazost, un pueblo cerca de Lourdes, donde los padres de Catherine tenían una casa de campo rodeada por un amplio jardín, donde pasaban el verano, pues en invierno se recluían en un apartamento en Le Puy, donde tuvieron un despacho como abogados. La calefacción cuesta una fortuna y el invierno lo mejor es pasarlo en un espacio reducido para ahorrar gastos. Como me prestaron un DAF, manejé a Alemania pasando una vez más por las famosas gorges du Tarn, donde la carretera ocupa una estrecha cornisa junto a un desfiladero y atraviesa varios túneles, la mayoría muy cortos. Ya había hecho este recorrido cuando vivía con Uli en Toulouse y viajamos a Alemania. Se trata de un lugar impresionante y ahí estaba yo manejando de nuevo  por ese impresionante paisaje. Imposible no recordar a la joven alemana con que vivía unos doce años antes.
Durante el congreso en Bonn le di un ejemplar de mi libro sobre Borges al profesor Roggiano,  que le pidió a Malva Filer una reseña para la Revista Iberoamericana. Ahí conocí a Carmen Ruiz Barrionuevo y otras colegas españolas, que volví a ver en el congreso en Nueva York que se celebró un año después. En el 2000, Carmen organizó el congreso que se realizó en Salamanca y luego llegó a ser presidenta del instituto. También conocí José Miguel Oviedo, quien ya había escrito la Breve historia del ensayo hispanoamericano, y en el 2000 presentó mi libro Versiones en la Feria Internacional del Libro que se celebra en Guadalajara. Después atravesé Alemania oriental y en Berlín leí la ponencia mencionada. Volví a Argèles por Catherine y Flora y nos fuimos a la Costa Brava o más precisamente a Calella de Palafrugel, donde los padres de Catherine tenían un apartamento que habían adquirido mucho antes de la casa en Argèles. Dominique, la hermana de Catherine, se había casado unos quince años antes con un catalán, y tenía también un apartamento en ese balneario, que ya entonces abundaba en modernos edificios con sus terrazas. Enrique, el esposo de Dominique, es hijo de un industrial, en realidad un inventor que había patentado un pegamento y lo fabricaba. Los viernes por la tarde, al cerrar la fábrica en que tenía un puesto administrativo, Enrique salía disparado hacia Calella para pasar el fin de semana en el balneario y no volvía a Barcelona sino el lunes por la mañana. Sólo tenía una hija con Dominique, Samantha, que no sé cómo se las arregló para estudiar derecho, pasar varios exámenes para ejercer como abogada en Francia y hacer un master en relaciones internacionales, pues el ambiente familiar no era muy propicio para leer y concentrarse. Sus padres se pasaban el día en su bote o en la playa y el apartamento lo usaban para prepararse una ensalada y dormir. Así que mientras Flora nadaba con su prima y amigos, y Catherine retomaba la comunicación con su hermana mayor, yo aproveché para echarle un vistazo a Cadaqués, donde vivíó Dalí.

Manejé por la montaña pelada y renegrida por los incendios para echarle un vistazo a ese lugar mítico, donde veraneaban Marcel Duchamp y Joan Miró. Después, fui a Figueras para visitar el Museo Dalí que realmente vale la pena, por lo cual volví a verlo con Catherine y Flora. Sobre todo recuerdo un automóvil antiguo con una pareja de maniquíes vestidos de novios en el asiento trasero; al oprimir un botón se abrían surtidores que mojaban a la pareja. Y desde luego había un montón de obras del pintor con Gala como Leda y los famosos relojes derretidos, el besofá y una vidriera donde se exhibía una mujer desnuda hecha de celuloide o algo parecido, que los niños contemplaban absortos. Para regresar a Argèles, tomamos la carretera hacia Andorra, donde nos detuvimos para hacer algunas compras, ya que ahí todo es más barato, púes no hay que pagar impuestos.
                           





Publicado en Diario de Xalapa, 12 de abril 2011.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Alemania (1987)

En 1987 estuve unos tres meses en Berlín, gracias a una beca alemana, y luego de instalarme decidí asistir a la Feria del Libro en Francfurt, así que un día me levanté temprano y me dispuse a atravesar de nuevo la Alemania Oriental a bordo de un viejo DAF que me prestaron los padres de Catherine.

En mi viaje a Berlín, recuerdo que los guardias me preguntaron, escandalizados, si viajaba yo solo, pues para ellos eso era algo inusitado. Todo un automóvil para una sola persona era un despilfarro debido al precio de la gasolina. Además, yo había viajado mucho de aventones unos años antes.
Por todo eso al acercarme a la frontera y ver a los jóvenes que mostraban letreros con los nombres de los lugares adonde querían llegar, me detuve para levantar a una chica cuyo anuncio decía “Basel”. “Te puedo dejar en Francfurt”, le dije, “voy a la Feria”. La chica se instaló a mi lado y un joven se me acercó entonces. “Voy a Francfurt”, le dije, pues él tenía un letrero que decía “Nuremberg”, pero alegó que desde Francfurt era más fácil llegar a Nuremberg. “De acuerdo”, le dije, y se acomodó en el asiento trasero con sus mochilas, que eran bastante grandes.

Poco después íbamos sobre el Autobahn y veíamos a los lados unos extensos campos sobre los que había montones de trigo segado con un fondo de cielo gris plateado que anunciaba lluvias. No tardamos en encontrarlas. Tengo recuerdos oníricos de ese viaje porque varias veces atravesamos zonas de lluvia y oscuridad y luego emergimos a otras más claras, donde una luz plateada iluminaba el
horizonte. También recuerdo un árbol que se acercaba en medio de la autopista y era muchos árboles
que corrían a nuestro encuentro. En algún momento el chico sacó una cámara y se puso a tomar fotos del paisaje. Era realmente de película. Yo ya había estado a punto de meterme en líos la primera vez que manejé a Berlín un año antes. Los automovilistas que atravesaban el país para ir a Berlín no debían salir de la autopista, pero me habían dicho que la gasolina era más barata en Alemania oriental y pensaba llenar el tanque a la primera oportunidad. Crucé la frontera y media hora después vi el anuncio de una gasolinera, pero estaba a una distancia inalcanzable. No me quedaba otra que salir de la autopista en el próximo pueblo. Así lo hice y aquello era como el fondo de las tiras cómicas de Walt Disney cuando el Pato Donald o Mickey se aventuran en zonas deprimidas, pues las casas eran parecidas a las de Alemania occidental, pero requerían reparaciones de todo tipo. La calzada, por lo demás, tenía baches y se veía muy sucia y descuidada.

Finalmente, logré llegar a un gasolinera, le metí unos litros al tanque, pagué… y me regresé a la autopista enseguida. El permiso para atravesar el país sólo me autorizaba a surtirme en las gasolineras de la autopista. Temía que me alcanzara una patrulla, pues me habían asegurado que “todo lo controlan por radar”. Por suerte, no tuve problemas. Tampoco en este viaje a Francfurt, pero al acercarme a la frontera miré el permiso que me había dado y vi que había yo cruzado la frontera a las 11:00 a.m. y eran las 14:00 p.m., es decir que había cruzado el país en tres horas.

El problema era que la máxima velocidad permitida era 100 km/por hora y como la distancia entre los puestos de control era oficialmente de 360 km, resulta que yo había hecho el recorrido a un promedio de 120km por hora. En otras palabras, me esperaba una multa o algo peor. A lo lejos se divisaban las torres del puesto de control con sus ametralladoras. Por suerte, los carriles de la autopista están separados por una verdadera “cuneta” una zona hundida cubierta de verde pasto. Sin pensarlo, me lancé a la cuneta y tomé la dirección a Berlín hasta una Gasthaus, que había visto anunciada unos quince kilómetros antes. “Vamos a comer algo”, le dije a los muchachos, “yo invito”. Les expliqué lo que pasaba, pues se hallaban bastante sorprendidos, sino asustados. En la Gasthaus no había sino una especie de cocido con mucha col, papas y zanahoria, además de carne de res, pero lo traían en una sopera y la camarera llenaba ceremoniosamente los platos con el cucharón reluciente. Poco después cruzamos la frontera y no hubo problema. Más adelante, me detuve en un área comercial para dejar al chico que iba a Nuremberg. “Vamos a tomar un café”, le dije a la muchacha, “me está dando sueño”.
El café, por cierto, me costó más que toda la comida en Alemania oriental. En eso empezó a llover de nuevo y cuando volvimos a la gasolinera encontramos al muchacho que se había puesto un impermeable y nos hizo señas. Me pidió que mejor lo llevara a Francfurt.

“En la Feria hay mucha gente de Nuremberg”, me dijo, “y en el estacionamiento puedo ver las placas y seguro conseguiré un aventón”. Se instaló de nuevo en el asiento trasero.
Poco después salimos de la lluvia a una región donde la luz iluminaba las praderas mojadas, y en el horizonte empezaron a brotar los rascacielos de Francfurt. “Esto hay que filmarlo”, dijo el chico que había tomado fotos durante todo el viaje y de repente sacó una oscura cámara de su mochila y se puso a filmar los edificios que brotaban a lo lejos bajo la luz plateada. En las mochilas llevaba no sé cuantos aparatos. Me detuve luego en una gasolinera para dejar a la muchacha y poco después dejé el auto en el estacionamiento de la Feria y me despedí del chico. No me costó mucho trabajo encontrar a Skármeta y al rato ya estábamos tomando champagne. Me dijo que en noviembre iba a cumplir años y me invitó a celebrar. Después nos despedimos y yo tuve que manejar a Darmstadt, donde me alojé en la casa de Opazo, un chileno que conocí cuando aprendíamos alemán en los Alpes bávaros y que luego del golpe de Pinochet logró emigrar con su mujer y sus tres hijos y enseñaba español en la Technische Hochschule.




Publicado en Diario de Xalapa, martes 13 de abril de 2009.

viernes, 12 de noviembre de 2010

España (1989)

En 1989 fui a un congreso en Barcelona y luego me quedé un mes en Madrid para investigar, sobre todo en la Filmoteca, donde pude ver una copia de la película de François Bourgois sobre Colón y Alba de América. Yo tenía el proyecto de escribir un artículo sobre “Colón en la pantalla” y, de ser posible, armar un documental con segmentos de las películas para el V centenario del desembarco de los europeos en esta parte del planeta. En Madrid logré alojarme en la antigua Residencia de estudiantes donde se conocieron Buñuel, García Lorca y Salvador Dalí, que ya se había convertido en una residencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, que es el organismo español equivalente al CONACYT.

La residencia se encuentra en un recinto arbolado con otros edificios del mismo organismo y, aunque oficialmente se encuentra en la calle Pinar 21, hay otra salida a la calle Serrano cerca de un VIPS, donde se lucen las chicas guapas. Me quedé ahí un mes y pagué mil dólares por una habitación con baño y la pensión completa, pero luego me han dicho que la tarifa ha subido mucho y que ya es una residencia de lujo para investigadores destacados. En el comedor ya entonces nos servían camareras uniformadas y además de innumerables científicos extranjeros se alojaban ahí algunos jóvenes becados por el ayuntamiento. También encontré a varios hispanistas que había visto en Barcelona y a un viejo arquitecto español que había vivido décadas en México, donde tenía hijos y nietos. Se trata, en fin, de un lugar muy agradable y me parece que algo así hace falta en México. Es una lástima que no se estableciera en los edificios que ahora ocupa la Casa de la Cultura Reyes Heroles o en algún otro sitio parecido.

Yo le escribí a varios funcionarios e incluso mandé una carta a La Jornada que luego se recogió con otras propuestas parecidas, pero hasta el momento no ha tenido resultado, qué se le va hacer. La Filmoteca está muy alejada, pero por suerte yo tenía un automóvil que me habían prestado los padres de Catherine. Y así pude ver en la filmoteca las películas mencionadas y analizarlas tranquilamente con ayuda de una moviola. Además, logré que me dieran copias en formato Beta, pues yo quería seleccionar los segmentos que luego habría que montar. Y esperaba conseguir copias de otras películas y series de televisión. Desafortunadamente, no conseguí el apoyo necesario; el Dr. Yacamán me dijo que recurriera a IMCINE o a Televisa, pues “el CONACYT no apoya películas”.

En vano le traté de explicar que lo original de mi proyecto es que no sólo quería escribir un artículo como resultado, sino hacer un documental, pero volvamos mejor a mi viaje a España. En realidad, yo había volado a París y de ahí viajé luego en tren a un pueblo cerca de Lourdes, que se llama Argeles-Gazost, para recoger el DAF, en que luego fui a Barcelona.
Los organizadores del congreso habían hecho arreglos para que los participantes que no querían pagar un hotel costoso se pudieran alojar en un Colegio mayor que en esos meses se encontraba desocupado.
Y allí se alojaban en realidad la mayoría de los congresistas, incluyendo a muchos colegas de los Estados Unidos. El agua de Barcelona no se puede beber por algún motivo y había que comprar botellas. Hacía mucho calor, pero el metro tiene aire acondicionado y por eso nadie se quería bajar al llegar a la estación cercana a la universidad, donde se celebraba el congreso.

Yo leí una ponencia sobre “Borges y Lovecraft”, que luego se publicó en las actas y en la revista española La balsa de la medusa, que también publicó mi artículo sobre “Sábato y Lovecraft”, que Espinasa ya me publicado en La orquesta y además se reprodujo en el suplemento de El Nacional.
Terminado el congreso, viajé a Madrid en el DAF vía Valencia. El día que iba a volver a Francia, el DAF no arrancó y tuve que llamar al seguro, que lo mandó a un taller, donde no lo pudieron arreglar, y finalmente me dijeron que lo mejor era enviarlo por tren a Argeles-Gazost y darme un boleto para que yo volara a Burdeos, donde un taxi me esperaba para llevarme a la casa de los padres de Catherine, que estaba como a 200 kilómetros. Todo eso por cuenta del seguro, imagínense.
Posteriormente, se aclaró que lo único que se necesitaba eran bujías, pero en Madrid no tenían las que requería el DAF, aunque en El corte inglés tenían casi todas.

El viaje por lo demás resultó fructífero, pues en la gare me compré una revista donde leí una entrevista de Milos Forman sobre su adaptación de Les liaisons dangereuses y así empecé a reunir textos acerca de las películas que se habían hecho sobre esa novela epistolar. Más tarde los traduje, y Espinasa me publicó el dossier en Nitrato de plata, una revista sobre cine. Además, en París, compré un ejemplar de Le médianoche amoureux, un libro de cuentos de Michel Tournier, de los que traduje luego unos diez.
Mis traducciones se publicaron en Casa del tiempo y La jornada semanal, gracias a Espinasa, así como en Plural y la revista de la UNAM, entre otras.
Por cierto, el artículo que escribí sobre “Colón en la pantalla” también me lo publicó Espinasa en Tierra adentro y una colega italiana que conocí en Barcelona se encargó de que se publicara en unos Quaderni di Filologia e Lingue Romanze de la universidad de Macerata y mi nota sobre “El impermeable de Colón” apareció en inglés en la revista Voices of Mexico.


Publicado en Diario de Xalapa, 23 de septiembre 2010.

sábado, 16 de octubre de 2010

Houston (1991)

Me parece que fue en agosto de 1991 cuando fui a Houston con Catherine y nuestra hija, Flora, que entonces tenía diez años. Manejamos todo el día por la carretera costera, que entre Tuxpan y Tampico era un desastre, por lo que esa noche no llegamos a la frontera y decidimos quedarnos en Soto la marina. Llegamos a un hotel que nos pareció agradable y donde se alojó también otra pareja que iba en un Mustang con su hija, una niña enorme. En la recepción, nos enteramos de que cobraban por persona y no por habitación, pero los niños menores de 9 años no pagaban.

El señor que conducía un Mustang con placas de Monterrey le aseguró al incrédulo empleado que su hija tenía 8 años. Después de eso, ni siquiera nos preguntó por la edad de Flora, que ya tenía diez años, pero parecía mucho menor que la otra chica.
Ya en nuestra habitación le conté a Catherine algunos chistes que había escuchado de niño sobre la tacañería de los regiomontanos.
Y al día siguiente nos levantamos a las seis cuando todavía estaba oscuro y encontramos que nuestro vochito estaba cubierto por cientos de sapitos grises como de un centímetro de largo. No sé si eran ranitas o sapitos, pero Flora decidió que eran “sapitos”. Poco a poco se fueron bajando del vehículo a medida que avanzábamos hacia la carretera federal, pero hubo una ranita, perdón un sapito, que se quedó sobre el cofre, precisamente sobre el surtidor del limpiaparabrisas, hasta que llegamos al entronque. Antes de eso oímos un ruido extraño y luego nos dimos cuenta que habíamos masacrado a unos cangrejos que cruzaban la carretera. Era un verdadero río de crustáceos y años después vimos en la prensa que en Alemania habían hecho un túnel bajo la carretera para solucionar un problema parecido.

De la cola para cruzar la frontera y otros trámites mejor no digo nada. Pasamos a Corpus Christi y luego cruzamos por un bellísimo puente de hierro en Port Lavaca. Hicimos escala en algún motel de los que se encuentran a orillas de la carretera. Para almorzar nos detuvimos en un restaurante, donde Flora hizo un descubrimiento que la llevó a considerar a Texas como uno de los países más civilizados del planeta. Si en esos años se hubiera implementado un programa contra la obesidad, Flora hubiera dado el ejemplo, pues a la hora de comer aprovechaba la menor distracción de sus padres para sacarse la comida de la boca y arrojarla en algún rincón detrás de algún sofá, la tele o el piano. La muchacha era que luego encontraba sus famosas albóndigas. Cuando comíamos en algún restaurante y le servían su plato, preguntaba muy preocupada “¿Tengo que comerme todo eso?”.

En Texas descubrió que en los restaurantes había “porción infantil”; no era un menú especial, sino lo mismo que comían los adultos, pero menos, y eso le pareció muy tranquilizante. Además, el encuentro en Soto la Marina le dio argumentos. ¿Quieren que me ponga como la niña de Soto la Marina?, nos preguntaba cuando se le pedía que comiera bien. “Esa niña seguro se comía todo lo que le daban… y ya ven”.

En fin, llegamos a Houston y en la famosa Galería yo busqué un saco de lino azul marino y acabé comprándome uno de seda cruda, que usé un buen tiempo. A Flora le compramos primero una mochila verde y luego un sombrero rosado y unas bermudas color frambuesa con las que se veía muy linda, y Catherine también pudo renovar su vestuarios. Además, pudimos comprobar el efecto erótico del acento francés para los hombres de habla inglesa, pues los vendedores – la mayoría muy jóvenes – al oírla quedaban embelesados. Ella había aprendido inglés en Manchester, durante un año después del bachillerato, así que habla “inglés”, no americano, y eso con el acento francés resultaba muy especial.

El regreso lo hicimos rápidamente, pues no perdimos tiempo en la frontera. Tengo imágenes de los matorrales tamaulipecos y la carretera, donde los pájaros bebían el agua de los baches y alzaban el vuelo al acercarnos. Había llovido y no hacía calor.
Paramos un rato en Tecolutla, porque Catherine y Flora querían ir a la playa y nadar, y luego volvimos a Xalapa.


Publicado en Diario de Xalapa, 17 de agosto 2010.