lunes, 29 de noviembre de 2010

Alemania (1987)

En 1987 estuve unos tres meses en Berlín, gracias a una beca alemana, y luego de instalarme decidí asistir a la Feria del Libro en Francfurt, así que un día me levanté temprano y me dispuse a atravesar de nuevo la Alemania Oriental a bordo de un viejo DAF que me prestaron los padres de Catherine.

En mi viaje a Berlín, recuerdo que los guardias me preguntaron, escandalizados, si viajaba yo solo, pues para ellos eso era algo inusitado. Todo un automóvil para una sola persona era un despilfarro debido al precio de la gasolina. Además, yo había viajado mucho de aventones unos años antes.
Por todo eso al acercarme a la frontera y ver a los jóvenes que mostraban letreros con los nombres de los lugares adonde querían llegar, me detuve para levantar a una chica cuyo anuncio decía “Basel”. “Te puedo dejar en Francfurt”, le dije, “voy a la Feria”. La chica se instaló a mi lado y un joven se me acercó entonces. “Voy a Francfurt”, le dije, pues él tenía un letrero que decía “Nuremberg”, pero alegó que desde Francfurt era más fácil llegar a Nuremberg. “De acuerdo”, le dije, y se acomodó en el asiento trasero con sus mochilas, que eran bastante grandes.

Poco después íbamos sobre el Autobahn y veíamos a los lados unos extensos campos sobre los que había montones de trigo segado con un fondo de cielo gris plateado que anunciaba lluvias. No tardamos en encontrarlas. Tengo recuerdos oníricos de ese viaje porque varias veces atravesamos zonas de lluvia y oscuridad y luego emergimos a otras más claras, donde una luz plateada iluminaba el
horizonte. También recuerdo un árbol que se acercaba en medio de la autopista y era muchos árboles
que corrían a nuestro encuentro. En algún momento el chico sacó una cámara y se puso a tomar fotos del paisaje. Era realmente de película. Yo ya había estado a punto de meterme en líos la primera vez que manejé a Berlín un año antes. Los automovilistas que atravesaban el país para ir a Berlín no debían salir de la autopista, pero me habían dicho que la gasolina era más barata en Alemania oriental y pensaba llenar el tanque a la primera oportunidad. Crucé la frontera y media hora después vi el anuncio de una gasolinera, pero estaba a una distancia inalcanzable. No me quedaba otra que salir de la autopista en el próximo pueblo. Así lo hice y aquello era como el fondo de las tiras cómicas de Walt Disney cuando el Pato Donald o Mickey se aventuran en zonas deprimidas, pues las casas eran parecidas a las de Alemania occidental, pero requerían reparaciones de todo tipo. La calzada, por lo demás, tenía baches y se veía muy sucia y descuidada.

Finalmente, logré llegar a un gasolinera, le metí unos litros al tanque, pagué… y me regresé a la autopista enseguida. El permiso para atravesar el país sólo me autorizaba a surtirme en las gasolineras de la autopista. Temía que me alcanzara una patrulla, pues me habían asegurado que “todo lo controlan por radar”. Por suerte, no tuve problemas. Tampoco en este viaje a Francfurt, pero al acercarme a la frontera miré el permiso que me había dado y vi que había yo cruzado la frontera a las 11:00 a.m. y eran las 14:00 p.m., es decir que había cruzado el país en tres horas.

El problema era que la máxima velocidad permitida era 100 km/por hora y como la distancia entre los puestos de control era oficialmente de 360 km, resulta que yo había hecho el recorrido a un promedio de 120km por hora. En otras palabras, me esperaba una multa o algo peor. A lo lejos se divisaban las torres del puesto de control con sus ametralladoras. Por suerte, los carriles de la autopista están separados por una verdadera “cuneta” una zona hundida cubierta de verde pasto. Sin pensarlo, me lancé a la cuneta y tomé la dirección a Berlín hasta una Gasthaus, que había visto anunciada unos quince kilómetros antes. “Vamos a comer algo”, le dije a los muchachos, “yo invito”. Les expliqué lo que pasaba, pues se hallaban bastante sorprendidos, sino asustados. En la Gasthaus no había sino una especie de cocido con mucha col, papas y zanahoria, además de carne de res, pero lo traían en una sopera y la camarera llenaba ceremoniosamente los platos con el cucharón reluciente. Poco después cruzamos la frontera y no hubo problema. Más adelante, me detuve en un área comercial para dejar al chico que iba a Nuremberg. “Vamos a tomar un café”, le dije a la muchacha, “me está dando sueño”.
El café, por cierto, me costó más que toda la comida en Alemania oriental. En eso empezó a llover de nuevo y cuando volvimos a la gasolinera encontramos al muchacho que se había puesto un impermeable y nos hizo señas. Me pidió que mejor lo llevara a Francfurt.

“En la Feria hay mucha gente de Nuremberg”, me dijo, “y en el estacionamiento puedo ver las placas y seguro conseguiré un aventón”. Se instaló de nuevo en el asiento trasero.
Poco después salimos de la lluvia a una región donde la luz iluminaba las praderas mojadas, y en el horizonte empezaron a brotar los rascacielos de Francfurt. “Esto hay que filmarlo”, dijo el chico que había tomado fotos durante todo el viaje y de repente sacó una oscura cámara de su mochila y se puso a filmar los edificios que brotaban a lo lejos bajo la luz plateada. En las mochilas llevaba no sé cuantos aparatos. Me detuve luego en una gasolinera para dejar a la muchacha y poco después dejé el auto en el estacionamiento de la Feria y me despedí del chico. No me costó mucho trabajo encontrar a Skármeta y al rato ya estábamos tomando champagne. Me dijo que en noviembre iba a cumplir años y me invitó a celebrar. Después nos despedimos y yo tuve que manejar a Darmstadt, donde me alojé en la casa de Opazo, un chileno que conocí cuando aprendíamos alemán en los Alpes bávaros y que luego del golpe de Pinochet logró emigrar con su mujer y sus tres hijos y enseñaba español en la Technische Hochschule.




Publicado en Diario de Xalapa, martes 13 de abril de 2009.

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