sábado, 16 de octubre de 2010

Houston (1991)

Me parece que fue en agosto de 1991 cuando fui a Houston con Catherine y nuestra hija, Flora, que entonces tenía diez años. Manejamos todo el día por la carretera costera, que entre Tuxpan y Tampico era un desastre, por lo que esa noche no llegamos a la frontera y decidimos quedarnos en Soto la marina. Llegamos a un hotel que nos pareció agradable y donde se alojó también otra pareja que iba en un Mustang con su hija, una niña enorme. En la recepción, nos enteramos de que cobraban por persona y no por habitación, pero los niños menores de 9 años no pagaban.

El señor que conducía un Mustang con placas de Monterrey le aseguró al incrédulo empleado que su hija tenía 8 años. Después de eso, ni siquiera nos preguntó por la edad de Flora, que ya tenía diez años, pero parecía mucho menor que la otra chica.
Ya en nuestra habitación le conté a Catherine algunos chistes que había escuchado de niño sobre la tacañería de los regiomontanos.
Y al día siguiente nos levantamos a las seis cuando todavía estaba oscuro y encontramos que nuestro vochito estaba cubierto por cientos de sapitos grises como de un centímetro de largo. No sé si eran ranitas o sapitos, pero Flora decidió que eran “sapitos”. Poco a poco se fueron bajando del vehículo a medida que avanzábamos hacia la carretera federal, pero hubo una ranita, perdón un sapito, que se quedó sobre el cofre, precisamente sobre el surtidor del limpiaparabrisas, hasta que llegamos al entronque. Antes de eso oímos un ruido extraño y luego nos dimos cuenta que habíamos masacrado a unos cangrejos que cruzaban la carretera. Era un verdadero río de crustáceos y años después vimos en la prensa que en Alemania habían hecho un túnel bajo la carretera para solucionar un problema parecido.

De la cola para cruzar la frontera y otros trámites mejor no digo nada. Pasamos a Corpus Christi y luego cruzamos por un bellísimo puente de hierro en Port Lavaca. Hicimos escala en algún motel de los que se encuentran a orillas de la carretera. Para almorzar nos detuvimos en un restaurante, donde Flora hizo un descubrimiento que la llevó a considerar a Texas como uno de los países más civilizados del planeta. Si en esos años se hubiera implementado un programa contra la obesidad, Flora hubiera dado el ejemplo, pues a la hora de comer aprovechaba la menor distracción de sus padres para sacarse la comida de la boca y arrojarla en algún rincón detrás de algún sofá, la tele o el piano. La muchacha era que luego encontraba sus famosas albóndigas. Cuando comíamos en algún restaurante y le servían su plato, preguntaba muy preocupada “¿Tengo que comerme todo eso?”.

En Texas descubrió que en los restaurantes había “porción infantil”; no era un menú especial, sino lo mismo que comían los adultos, pero menos, y eso le pareció muy tranquilizante. Además, el encuentro en Soto la Marina le dio argumentos. ¿Quieren que me ponga como la niña de Soto la Marina?, nos preguntaba cuando se le pedía que comiera bien. “Esa niña seguro se comía todo lo que le daban… y ya ven”.

En fin, llegamos a Houston y en la famosa Galería yo busqué un saco de lino azul marino y acabé comprándome uno de seda cruda, que usé un buen tiempo. A Flora le compramos primero una mochila verde y luego un sombrero rosado y unas bermudas color frambuesa con las que se veía muy linda, y Catherine también pudo renovar su vestuarios. Además, pudimos comprobar el efecto erótico del acento francés para los hombres de habla inglesa, pues los vendedores – la mayoría muy jóvenes – al oírla quedaban embelesados. Ella había aprendido inglés en Manchester, durante un año después del bachillerato, así que habla “inglés”, no americano, y eso con el acento francés resultaba muy especial.

El regreso lo hicimos rápidamente, pues no perdimos tiempo en la frontera. Tengo imágenes de los matorrales tamaulipecos y la carretera, donde los pájaros bebían el agua de los baches y alzaban el vuelo al acercarnos. Había llovido y no hacía calor.
Paramos un rato en Tecolutla, porque Catherine y Flora querían ir a la playa y nadar, y luego volvimos a Xalapa.


Publicado en Diario de Xalapa, 17 de agosto 2010.

lunes, 4 de octubre de 2010

California 1992

En 1992 volé a Los Angeles para participar en un congreso en Irvine donde leí una ponencia sobre la película El Dorado de Carlos Saura (acerca de Lope de Aguirre) que luego se publicó en las actas y se encuentra en la red. Además co-presidí con Seymour Menton un encuentro de investigadores sobre la nueva novela histórica.

Por lo general, en los congresos de la Asociación Internacional de Hispanistas se leían más de cuatrocientas ponencias y actualmente ya son cerca de setecientas distribuidas en más de cien sesiones, pero sólo hay unos cinco encuentros de investigadores sobre temas de especial relevancia.
En ese caso, el principal organizador del congreso era Seymour Menton, y él me invitó a que co-presidiera el encuentro sobre la nueva novela histórica por los artículos que había yo publicado en 1983, 1985 y 1988.
Me fui una semana antes del congreso para echarle un ojo a Los Angeles y hacer algunas gestiones en la U.C.L.A., donde había tratado de conseguir empleo. Me alojé en la Guest House, donde pagaba unos cien dólares diarios por una habitación y el desayuno.
El campus me recordó a Toulouse por sus edificios de ladrillo de estilo neo-románico y para como colmo el carillón toca la melodía de Casablanca (As time goes by).
Aproveché la oportunidad para conocer el Museo del condado que está junto al parque La Brea, un yacimiento de chapopote donde se encontraron los restos de un mamut y otros fósiles de animales prehistóricos. También visité los estudios Universal y el Queen Mary, convertido en un museo.
Poco antes de mi viaje, me encontré a Rodríguez Revoredo, un jalapeño que estudió en Stanford y me recomendó que rentara un automóvil y recorriera la carretera National 1 que corre junto a la costa entre Los Angeles y San Francisco.
El viernes por la tarde me decidí finalmente a seguir su consejo y acudí a una agencia, donde no tenían ningún convertible y renté un Chevrolet cavalier. Me fui a Santa Bárbara, donde esa noche pernocté, después de cenar en un restaurant que parecía el escenario de una película de cowboys.
Al día siguiente seguí hacia San Luis Obispo, donde la carretera se separa de la autopista 101 y se vuelve a reunir luego como un freeway que atraviesa Morro Bay.
Me detuve ahí a comer en una especie de palafito, el embarcadero de los pescadores locales, transformado en un restaurante que conservaba el letrero de la American Fish Company.
Después de echarle un vistazo a la carta, me decidí por una especie de lenguado (halibut) y luego le pedí a la chica que me atendió que me tomara una foto, y yo mismo tomé otras del lugar. Después seguí ya por la carretera hacia Big Sur que es un sitio impresionante y en algún momento crucé el puente de concreto reforzado sobre el Bixby que tiene 98 m de largo y es uno de los hitos de ese tramo de la carretera que se construyó entre 1919 y 1937.

Después me detuve en algún lugar para llamar a Francia, pues Catherine y Flora se habían ido a pasar las vacaciones allá y ese día era el cumpleaños de mi hija.
Finalmente, llegué a Monterrey y empecé a buscar un hotel, pero todos los que veía ostentaban letreros de que no tenían sitio. Aunque ya estaba cansado, decidí seguir a Salinas, atravesando campos de espinacas. (Se trata de la capital de esos vegetales y hay una estatua de Popeye, que nunca vi). Pero ahí también los hoteles estaban ocupados.

Me detuve a tanquear en una gasolinera, donde me enteré de que al día siguiente había carreras de automóviles, por lo que había ido mucha gente de San Francisco. Tuve que estacionarme en la gasolinera para dormir un poco, aunque había demasiada luz, Al día siguiente me lavé en un restaurante adjunto donde también desayuné. Como no conocía Santa Cruz, aproveché la oportunidad para ver el campus y los sequoyas,de que me había hablado Marisa Moolick.
Después, manejé de regreso hacia Los Angeles y esta vez pude ver la costa de Malibú y seguí hasta el aeropuerto John Wayne, donde devolví el Chevrolet cavalier y tomé un taxi al campus de Irvine.

El congreso me permitió conocer al profesor Avalle Arce, que además de sus méritos académicos era muy simpático y tomaba garrafones de vino blanco, y a Paz Gago, el primer lector gallego, que enseñaba esta lengua y había estado algunos años en Africa. Hubo una excursión a Santa Bárbara y varios cocteles en los que hablé con varios colegas, pero de todo eso lo mejor fue el paseo a lo largo de la costa de California. Manejar un automóvil por esa carretera es toda una experiencia y uno tiene la impresión de ir inventando el mundo en cada momento.


Publicado en Diario de Xalapa, 11 de octubre 2010.