lunes, 26 de abril de 2010

Budapest y París



En París me tuve que alojar en la Maison d’Italie durante tres o cuatro noches, porque en la Fondation danoise no tenían sitio. Tuve que comprarme otro paraguas, pues el que llevaba me lo estropeó una puerta que está a la salida del elevador de la estación del metro. Hay que meter el boleto usado para que se abra, pero si no lo hace uno rápido, lo rebana. Los franceses dejaron de usar la guillotina para ejecutar criminales, pero el mecanismo se ve que los fascina. Por supuesto, puse una queja, pero no sirvió de nada y como llovió al día siguiente, tuve que comprarme otro paraguas. Flora acompañó ese día a un joven que quería interpretar a cuatro manos la Fantasiosa y otras danzas cubanas en la Casa de México.

Después, hubo un coctel durante el cual me presentó a Víctor, un flautista, y su esposa, y luego me contó que Alejandra, muy linda y con grandes ojos algo almendrados, parece niña y en un concierto la directora del Instituto Cultural de México en Francia le dijo con su tacto habitual "Tú mejor siéntate atrás, donde van a estar otros niños”. Alguien le aclaró que era la esposa del flautista, y ella lo miró escandalizada. Como Víctor no tiene beca, Alejandra trabaja como niñera."Yo a ti no te voy a obedecer”, le dijo la niña que cuidaba, “porque tú eres otra niña". “Entonces, vamos a jugar”, le contestó Alejandra. Posteriormente, llegaron a París unos parientes que querían ir a DisneyWorld y ahí lo bueno fue que Alejandra pasó como otra niña y no tuvo que pagar tanto.El flautista, por cierto, era un roperón muy jovial. Por cierto, yo iba a Budapest para leer mi ponencia sobre “Pitol y Pepe Bianco, como traductores de Henry James” en el coloquio sobre la traducción literaria organizado por Laszlo Scholz con el Instituto Cervantes, y Flora se me pegó, porque quería conocer otro país.
Volamos un sábado a mediodía y aprovechamos el domingo que casualmente era mi cumpleaños, para bajar hasta el Danubio caminando, cruzarlo y trepar en Buda a la colina donde se encuentra el castillo y un museo donde visitamos una exposición de Moholy Nagy, un pintor húngaro excelente. Luego bajamos tranquilamente y regresamos a Pest cruzando otro puente río abajo. El lunes por la mañana fuimos al congreso y yo oí, entre otras, la ponencia sobre las traducciones de Sandor Marai al español que me interesaba.
La recepción que tuvo lugar en el patio de la embajada española fue muy agradable y hubo lo mismo tapas de caviar que pinchos de tortilla (omelette), además de un vino excelente. Laszlo me contó que tiene una hija chelista de 30 años que toca con la orquesta de la Opera y otra, flautista, de 23. Un mexicano que enseña en Graz con quien me había comunicado resultó muy simpático, pues exhalaba satisfacción, aunque nos habló bastante de sus problemas -- su hijo iba a nacer en esos días y él se iba a quedar sin su empleo; estaba casado con una húngara muy guapa y me contó que en México él se entretuvo comprando unos boletos y cuando subió al autobús en que iban a viajar, se encontró con que un compatriota yse había ido a sentar junto a su mujer, aunque no había más pasajeros. Después de comer con él en una fonda, nos encontramos a unas colegas eslovacas con las que fuimos a un café.
El día que volvimos a París, comimos en "Spinoza" un restaurante muy agradable del barrio judío donde hubiéramos debido comer siempre. De vuelta, me instalé en la Fondation danoise, donde observé que las chicas que vivían en mi piso habían puesto su foto en la puerta con una estrella de papel de aluminio, como si sus habitaciones fueran camerinos.

Mi habitación tenía muebles escandinavos y unas lámparas que parecían platillos voladores, una de pedestal y la otra de mesa. Desde la ventana, podía ver las casas de Suiza y Suecia, rodeadas de árboles, pero estaba en el cuarto piso, y me la pasé subiendo y bajando las escaleras, debido a que no hay elevador y la cocina está en el sótano que por un desnivel del terreno da a un jardín en el que hay algunas mesas y sillas. Dos o tres días después fui a Ghibert para buscar unos libros y en el boulevard St. Michel me encontré a Flora, y decidimos almorzar en la Residencia Concordia, donde ella se alojaba; en el camino compramos algunos víveres y un rollo de espárragos blancos que me costó once euros.
La Residencia Concordia se encuentra en el Barrio Latino, a unos metros de la turisteada rue Mouffetard, en un edificio restaurado hace poco, en cuyo interior hay todo un jardín con varios árboles, y cuando fui a buscar a Flora unos días después me encontré con que se estaba filmando un comercial en el vestíbulo. Desde el Barrio Latino – la llamada montaña de Ste, Geneniève ---- bajé muchas veces hacia el Sena y en la rue de Rosiers me compré uno de esos pasteles con semillas de amapola. Por la noche asistí a los conciertos que se realizaban en la Fondation des Etats Unis y otras residencias.

También recuerdo que un domingo fui a dar una vuelta por l'ile Saint Louis y le saqué fotos a unos músicos -- me he dedicado a tomarle fotos a músicos que tocan en las calles. Todas esas caminatas y las escaleras de la Fondation danoise me permitieron ponerme en forma, pues bajé cuatro kilos.
Por lo general, comía en el restaurante del Colegio español, que está junto a la casa de Suecia, y donde tienen con frecuencia una ensalada que se prepara con la raíz del apio, es decir un tubérculo parecido a una jícama que los franceses lograron desarrollar y que pesa entre 800 gramos y un kilo. Se ralla, como la zanahoria, y se le pone limón o mayonesa para que no ennegrezca.
La cocina francesa puede parecer bastante rebuscada, pero incluye platillos de una sencillez absoluta, como esta ensalada refrescante.









Publicado en Diario de Xalapa, 3 de abril 2011.

sábado, 24 de abril de 2010

Otra gira con Mijailovich (2009)

Flora tocó el domingo en Oaxaca, adonde tuvimos que volar, pues el sábado en la noche se presentó en la Sala Blas Galindo. El Teatro Macedonio Alcalá es una joya que en estos días celebra su centenario,pero Harp Heliú no se ha decidido a donar un piano Steinway de concierto, y cuando Flora estaba por terminar "Un vals" se zafó el pedal del Baldwin y hubo que bajar el telón para que los técnicos lo volvieran a montar. Por lo demás, el recital salió muy bien, pero sólo había unas treinta personas en el teatro, la mayoría extranjeros, aunque vi también a una abuela con dos chicos, y es que cobraban cincuenta y cien pesos y así no hubo estudiantes.
El domingo a mediodía comimos en la Casa de la abuela, un restaurante que da a la plaza donde tocaba una banda. No vimos ninguna publicidad y tampoco en el hotel. Lo bueno es que le pagaron diez mil quinientos pesos, de los que tuvimos que deducir los gastos --boletos de avión y autobús, comidas y el hotel. Con eso sacamos también los gastos del D.F., pues el recital en la Sala Blas Galindo no se lo pagaron y ahí tuvimos que pagar una suite en el Gillow. Por cierto, el afinador iba a ir a las cinco, pero llegó a las seis y a las siete todavía tenía el piano desarmado y lo montó precipitadamente cuando el público ya estaba entrando. Flora no quedó satisfecha con su trabajo, pues se lo dejó "chicloso" y con el teclado así se cansó mucho. El recital lo grabó Radio educación y también el CENART... y la verdad el resultado no difiere de la grabación que ya había hecho Tele UV unos meses antes.
Toda esta gira se arregló a última hora y no es extraño por eso que no pudieran pagarle en el CENART; yo traté de arreglar algo con el ISSSTE, pues un año antes Flora había tocado 2 veces en el Teatro de la Ciudadela, pero ya no estaba a cargo de estas actividades la misma profesora, y con el que la remplazó no se pudo concertar nada ni tampoco con el director general, que no nos contestó.


Esos días en el D.F. y Oaxaca fueron muy cansados, pero aprovechamos para ir al cine a ver "El casamiento de Raquel" con Anne Hathaway y "El lector" con Kate Winslet. Además, nos dimos el lujo de comer escamoles en la Hostería Santo Domino y pato en el restaurante de la Casa de Francia. El mejor recital fue el del Teatro Clavijero, en Veracruz, pero ahí tuvimos otros líos, porque ese recital también se tuvo que arreglar de improviso, y Fomento cultural nos dijo que ellos ponían el teatro, pero no tenían para cubrir los gastos de afinación (2 mil pesos) y personal (edecanes, tramoyistas, etc), que era un total de 5 mil pesos, y se los tuve que pedir a la Subsecretaría de Desarrollo Educativo, al ayuntamiento y al sindicato de la universidad... Al final, los pagó el IVEC . Unos días antes no sabíamos si alguien pondría la plata. Los del ayuntamiento no quisieron apoyar, y aunque Flora le escribió a Ainara Rementería ni siquiera le contestó; el secretario general del sindicato salió con que ellos ponían tres de los cinco mil que se requerían. El Subsecretario pidió la factura, pero en eso llamaron del IVEC y se la mandaron a Villasana. Así anda esto de la cultura. Flora tenía que ir a Los Angeles, donde el consulado le arregló tres recitales, que luego se redujeron a dos, y todos los recitales en el país se arreglaron de paso. Se suponía que ellos le pagarían todos los gastos durante su estancia y el transporte, pero luego le explicaron que en estos casos la Secretaría de Relaciones exteriores sólo paga boletos desde México, así que faltaba el boleto de París a México que finalmente consiguió con el rector; por eso pensamos que podría ofrecer un recital en el Teatro del estado, pero no se pudo y se presentó en el auditorio del Instituto Superior de Música, adonde no acudió mucha gente.
Después de Oaxaca, Flora voló a Los Angeles invitada por los consulados, que por cierto tuvieron que alquilar un piano para que tocara en la biblioteca pública de Oxnard y el Ruskin Art Club.

Publicado en El jardín secreto (Periódico de la Escuela de escritores Sergio Galindo, reconocida por la SOGEM), julio 2010.