jueves, 18 de febrero de 2010

Postales. París y Barcelona (2011)


En mayo  leí una ponencia  sobre la autobiografía de Salvador Elizondo en el coloquio “Leer Latinoamérica hoy” que se realizó en Barcelona del 11 al 13 de mayo, y aproveché mi viaje para pasar unos días en París, donde quería presentar mi libro La gata revolcada en la Sorbonne y entrevistar a Aurora Bernárdez. Me costó mucho trabajo, por cierto, encontrar alojamiento en la Cité Universitaire, pues por lo general  los estudiantes se empiezan a ir a fines de mayo.
Ya me estaba preocupando cuando la secretaria de la Fondation danoise me escribió que me podía rentar una habitación con baño.
Tan pronto llegué a París le escribí a Aurora Bernárdez para pedirle cita, y, como la residencia donde me alojaba está muy cerca del Colegio de España, pasé a la biblioteca para  ver la revista Quimera, pues en marzo me publicaron un artículo y vi que quedó justo en medio de la revista. Excelente tipografía, "Borges" en letras rojas, y "Billy the Kid" en doradas.
De nuevo estaba en Francia. La habitación en la Fondation danoise era muy agradable, con piso de corcho y muebles escandinavos y unas lámparas que parecían platillos voladores.
En cada piso hay una pequeña cocina donde me preparaba té verde de menta de twinnings y me compré una caja de terrones de La perruche, que tienen el color de la panela, pero más claro.
Me la pasé tomando ese té y en cuanto a la comida me compré un maigret de canard, una pechuga de pato. La cocina y el comedor de la Fondation se encuentran en el sótano, pero debido a un desnivel del terreno da un jardín cubierto por una malla de alambre, sobre la que se apoyan las glicinias.
Se puede comer en ese jardín, porque hay otras mesas y sillas rústicas.
El pato me bastaba ponerlo en la sartén, taparla. Hay que colocar la pechuga de modo que la piel quede pegada a la sartén y se derrita. La grasa se tira o se guarda en algún frasco para dársela luego a las femmes de menage que la pueden utilizar para preparar alubias o lentejas.
Se le da vuelta a la pechuga y se la deja freír otros minutos. Se rebana y se come con alubias que se fríen un poco en la grasa. Como postre me encanta el petit suisse, que es una especie de leche
cuajada. Para variar, alguna vez comí en el restaurante del Colegio de España donde seguido hay ensalada de apio rábano, que me encanta. Se trata de la raíz del apio, hipertrofiada, que se pela y se ralla como zanahoria, se le pone limón para que no se ponga negra o se cubre con mayonesa, y ya está. Cada “bola” pesa entre 800 gr. y un kilo. La ensalada parece jícama rallada, pero tiene un sabor mentolado, refrescante.                 


Aproveché esos días para pasar a encargar los libros que me pidió Catherine, y echarle ojo a una exposición  de fotrografías Edouard Boubat en Issy les Molineaux, que me gustó mucho. También hablé unos minutos con Pía Elizondo, que me dio cita cerca de su casa en Montmarte y ahí me proporcionó unos datos que necesitaba para redondear mi ponencia sobre la autobiografía de su padre. Además, llamé a Eduardo García Aguilar y lo vi luego en un café en la Place d’Italie, donde me presentó a una escritora uruguaya. Finalmente, el martes 10 me pude ir a Barcelona.

El tren salió a las 7:20 y unas tres horas después llegó a Nimes. De ahí siguió a Montpellier, Agde, Beziers, Narbonne, Perpignan, y por ahí me comí un casse-croûte que me había preparado con lo que quedaba de pato y un  trozo de baguette; mi itacate incluía también una pequeña botella de tinto y dos petit-suisses. En Figueras tuvimos que pasarnos a un tren español, en el que llegué a la estación de Barcelona Sants.
De ahí tomé el metro a la Plaza de Catalunya y bajé por la rambla hasta la calle Hospital, luego a la derecha unas cuadras y ahí está la residencia d’investigadors, que la verdad me quedo con los daneses. La habitación de la Fondation danoise es mucho mejor --tiene piso de corcho y es más amplia; el baño es más reducido, pero está mejor diseñado.  Lo mejor de todo es que me costaba la tercera parte que la residencia barcelonesa, aunque ésta depende del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, equivalente al CONACyT.
Al día siguiente aproveché el desayuno, incluido en el precio de la habitación y me fui a la Plaza de la Cataluña para tomar el trena a Bellaterra donde se encuentra la Universidad Autónoma de Barcelona, pero no había servicio debido que alguien se había tirado a la vía, qué se le va hacer.            
 
Aproveché  para echarle ojo a un mercado de ambulantes que se estableció en "mi" calle, pues sólo había puestos de apicultores, que tienen una variedad increíble de miel, incluso una de romero, muy clara. También había puestos de hierbas medicinales, y lo más interesante de todo es que había maestras de primaria que llevaban sus grupos para que los chicos conocieran las plantas medicinales y los productos de la apicultura. Había mezclas para todo tipo de afecciones...Más tarde me lancé rambla abajo hasta el monumento a Colón y entré al parque y luego fui a la Barceloneta y me regresé.  En fin, caminé horas y regresé a descansar un rato.
El jueves logré tomar el tren a Bellaterra y leí mi ponencia que le gustó a los asistentes. Mi plan era quedarme esa tarde para escuchar una plenaria sobre Borges y asistir a unas lectura de minicuentos, pero después del almuerzo me pareció que una siesta era indispensable y regresé a Barcelona.


El viernes decidí mandarle mi libro a Jaime Rodríguez, el director de Quimera, que me escribió que la redacción está en la calle Carmen, y en la recepción de la residencia me dijeron que era la paralela a Hospital. Total, le pasé a dejar el libro y así lo conocí. Después, tomé el metro y con el mismo boleto el funicular a Montjuic, donde pasé al Museo Miró, que ya conocía, pero igual, me gustó mucho. Después, tomé el teleférico al castillo  y le eché un vistazo a Barcelona desde arriba.                            
 Bajé y comí fish and chips en una freiduría. De vuelta a la residencia, vi un letrero hacia la Plaza real y así fue como la encontré.                                  
El sábado me encontré con que en  la Residencia d'investigadors  los sábados y domingos el desayuno es a las 8:30, es decir una hora más tarde que entre semana, por lo cual me lo perdí,  pues el tren salía a las 9:00.  Me tomé un café con leche en la estación y comí en el tren, pero nada comparable al casse-croûte que había disfrutado en mi viaje a Barcelona.. Por el macizo central  llovió un poco y el cielo se veía oscuro, pero al acercarnos a París todo se iluminó. Me sentí feliz de volver a mi habitación de la Fondation danoise y por la noche fui a la Casa de Alemania para ver los periódicos y revistas, pues la hemeroteca es sensacional.
El martes 17 di mi conferencia sobre el auge de lo biográfico en la literatura hispanoamericana en la Sorbonne y luego aproveché para hacer algunas compras. Sobre todo quería comprarme unas camisas Oxford ; las Arrow son muy caras, más de 70 euros, pero GAP las tiene a 40, el problema es que no tienen bolsa, y yo la uso para guardar mi licencia y credenciales, así como el bolígrafo. Por suerte, también las tiene UniQlo, una tienda japonesa que me recomendó el portero de la Casa de México.  La tela de las camisas made in China es más ligera que las que me he comprado en  Mark & Spencer, pero costaban la mitad.  También me compré unos sacos de lino  que estaban muy baratos . Me gustó uno de cuadritos y en la Casa de Alemania vi una entrevista con Cohn Bendit donde lucía el mismo  saco.
Cuando ya no me lo esperaba, me llamó Aurora Bernárdez para darme cita al día siguiente, explicándome que también ella había estado en pues ya va a salir el primer tomo de la nueva edición de las Cartas.
La primera edición tuvo tres tomos, pero luego aparecieron las Cartas a los Jonquières  y otros epistolarios que se integrarán a la nueva edición en orden cronológico que ahora saldrá en seis tomos.
Las cartas, me dice Aurora,  son realmente una autobiografía del escritor, pues ahí está todo registrado, y se puede apreciar su evolución desde que era un joven profesor un poco “cursi” que usaba corbata y le escribía a sus colegas.

Mencionó, por ejemplo,  una carta dirigida a un pintor en la que le explica en qué lugares de Roma puede ir a comer sin gastar mucho.  De las biografías del escritor, me dijo que Goloboff no pudo leer las cartas, y Herráez no las aprovechó “y como Ud. dice se puso a explicar el contexto en que se desenvolvió el escritor”. De las biografías del escritor, me dijo que Goloboff no pudo leer las cartas, y Miguel Herráez no las aprovechó “y como Ud. dice se puso a explicar el contexto en que se desenvolvió el escritor y se le olvidó éste”. El libro de Montes Bradley, Cortázar sin  barbas, me dijo que no lo había leído porque le pareció “desagradable”  lo que dice sobre la abuela, y me aseguró que Cortázar no lo sabía, porque en las familias de clase media hay cosas que no se mencionan; el padre se fue, los dejó, pero la madre nunca dijo que fuera un mujeriego, y ese ambiente de reserva y secretos seguramente influyó en Cortázar.        En cuanto al rumor de que la estatura de Cortázar se debía a un problema glandular me aseguró que sus parientes eran bastante altos y que él tenía unas manos y pies largos y delgados, un  rostro muy bello,  y nada de los rasgos propios de quien padece acromegalia. Mencionó que a los dieciocho años y de acuerdo con el carnet militar, Cortázar ya medía 1,90 m. y luego creció otros 2 cm., que ahora hay muchos jóvenes de su estatura, y en el café adonde va a tomar sidra también ve muchachas “con envidia, porque tienen 30 cm. más que yo”. Le dije que me interesaba mucho hablar de sus traducciones y le conté que la Universidad Veracruzana publicó una colección “Sergio Pitol, traductor” y que esa colección la va a reeditar el Conaculta. Me dijo que cuando alguna editorial le avisa que va a volver a publicar alguna traducción suya, ella se pone a releerla para ver qué errores cometió, pues es “un oficio que se aprende a fuerza de meter la pata” y que cuando ella era joven no había escuelas de traductores, como ahora. Ella empezó a traducir para Losada y ahí le pusieron unas prueba Guillermo de Torre y “un portorriqueño, Max, no recuerdo su apellido”, que probablemente era Max Ureña, un medio hermano de Pedro Henríquez Ureña y dominicano en realidad. El resultado los convenció y la contrataron. Me comentó que se dio el lujo de rechazar “por puritanismo” los cuentos de Sartre, aunque tradujo La náusea en esos tiempos.                  

  Cuando vivía con Cortázar, tradujo Estos trece de William Faulkner para Losada (1956), El cielo protector  de Paul Bowles, para Sudamericana (1954), y El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, para esa misma editorial, que lo publicó en 1960. También tradujo La vejez de Simone de Beauvoir (Sudamericana, 1970), y Pálido fuego, de Nabokov, (Bruguera, 1977), El primer hombre, de Albert Camus (Tusquets, 1997), y Bouvard y Pécuchet de Flaubert (Tusquets,1999).                  En la red hay varias listas inexactas de sus traducciones (ver por ejemplo el sitio: http://www.tercerafundacion.net/biblioteca/ver/persona/7457?orden=-fecha,titulo&start=61&step=20 que no incluye varias obras de Calvino que tradujo en los noventa y en la que hay otras omisiones notables; además, se enumeran como traducciones diferentes los relatos de algunas antologías como La gran bonanza de las Antillas de Italo Calvino (Tusquets, 1993).                   
De Calvino tradujo primero Las cosmicómicas (Minotauro, 1967), Tiempo cero (Minotauro, 1971), Las ciudades invisibles(Minotauro, 1974), El castillo de los destinos cruzados cuya primera edición, si no me equivoco, se hizo por cuenta de las Librerías Fausto(1977), Orlando furioso, una versión en  prosa del poema de Ariosto (Muchnik, 1984) y  Palomar (Alianza, 1985). Por cierto,  a este escritor podía consultarlo,  porque lo veía seguido, debido a que estaba casado con su amiga Chichita -- Esther Singer – que por cierto lo hizo leer a Borges y a Cortázar que entonces no eran tan conocidos. Después de la muerte de Calvino (1985), siguió traduciendo Por último el cuervo, (Siruela, 1986), Seis propuestas para el próximo milenio (Siruela, 1989), Los amores difíciles (Tusquets, 1989), El sendero de los nidos de araña (Tusquets, 1990), y Por qué leer a los clásicos (Tusquets, 1992), así como su correspondencia, o sea Las cartas del azar y Los libros de los otros (Tusquets, 1994). De las traducciones de Cortázar me dijo que en una editorial la llamaron porque se dieron cuenta que faltaban algunos pasajes del Robinson Crusoé, pero no se pudo hacer nada porque Cortázar no dispuso del texto completo, sino de una versión abreviada. (Mondadori publicó en el 2004 la traducción que en Buenos Aires ya había publicado Viau en 1945). En mi  opinión, hay que hacerle una entrevista o varias sobre todo esto para precisar la cronología de sus traducciones y aclarar algunos episodios, pues yo por no abrumarla no le pude hacer todas las preguntas que me hubiera gustado. No quiso que grabara la entrevista y no insistí, pero es una lástima porque se voz es muy agradable y se hubiera podido difundir en la radio y oírla en vez de leer una transcripción de lo que me dijo. El domingo siguiente me volvió a llamar para desearme buen viaje a México y decirme que había seguido leyendo mi libro y que las notas sobre las Memorias de España de Elena Garro y las “viudas” de Borges le resultaron “incluso divertidas”. En fin, toda una dama. Yo estaba, por cierto, a punto de irme a a Nantes, donde vi el Royal de luxe, el desfile organizado por compañía francesa de teatro callejero, que se caracteriza por usar marionetas gigantes en sus obras. La principal atracción, creo yo, era una niña mexicana con trenzas que en cierto momento se pone en cunclillas y orina; los franceses la celebran. Al día siguiente era mi cumpleaños y por la tarde fui al Museo Marmottan para dejar que me festejaran los Dufy. Muy buena la exposición. Los óleos parecen acuarelas, tienen un estilo inconfundible. Al día siguiente  fui a ver una exposición de Miró escultor en el Museo Maillol, por la rue du Bac, que también es una sala de las dimensiones del Marmottan. Me gustó mucho.                   

Antes de volver a México logré entrevistarme con Brigitte Natanzon, en el café de la Maison internationale, pues estoy tratando de convencerla de que gestione un convenio de intercambio entre la Universidad Veracruzana y la de Tours, donde ahora trabaja. Finalmente, hice mi maleta y el 1° de junio tomé el vuelo de regreso.