lunes, 6 de septiembre de 2010

Con el mundo a tus pies (1968)


























Bajé las escaleras con la mochila y en la avenida Coyoacán tomé un taxi para reunirme con Galván y el Peligro. Unas horas después ya íbamos los tres a bordo de un viejo Volbo sobre la autopista de Puebla y a eso de las siete de la noche llegamos a un pueblo llamado Chalchicomula. Era sábado y queríamos subir al Pico de Orizaba.
Antes de eso, yo había hecho varias excursiones al Cofre que consistían en tomar un autobús a Perote y de ahí subir a la Peña, que se encuentra a unos veinte kilómetros y unos dos mil metros más de altitud, es decir unas diez horas de caminata de ida y vuelta.

Después, conocí a Tom Holladay, que estudiaba en Xalapa, y me invitó a subir al Pico con un amigo suyo que vino especialmente de Arizona, pero no los acompañé, y unos días más tarde Tom me mostró las fotos que habían tomado. Ambos estaban muy bronceados y tenían algo que contar. Me arrepentí de no haber ido. Entonces, decidí que tenía que subir al Pico de Orizaba y otro estudiante que me oyó hablar de ese proyecto me dijo que él ya había subido tres veces y le gustaría volver. Se apellidaba Ros y años después fue diputado federal. Durante su campaña, vi una foto suya en la prensa recorriendo su distrito a lomo de mula; lo menciono porque me parece algo significativo. Todos estos amigos tenían cierto espíritu de aventura y hablaban de Orellana y Alvar Núñez durante las excursiones. Tom Holladay, por ejemplo, me envió unos años después una carta desde las islas Marianas, donde estuvo con los cuerpos de paz. En fin, Ros y yo nos pusimos de acuerdo con otro montañista, Xavier Estrada, y esa vez los tres llegamos a la cueva del muerto, pero luego el mal tiempo nos obligó a volver desde un lugar llamado Torrecillas. Después, habíamos ido los tres con Carlos Lascuráin a Tlamacas y subimos al Popo, pero Ros se indispuso y regresamos cuando sólo faltaban unos metros para llegar al borde del cráter. Por cierto, Carlos era un excursionista de abolengo, pues su padre había acompañado a Archibald McLeish cuando el poeta visitó algunos sitios de la ruta de Cortés como parte de su preparación para el poema con que obtuvo el Premio Pulitzer.
Estrada y yo volvimos luego al Popo con otro amigo, Armando Carballar, y esta vez sí llegamos a la cima; entonces, acordamos volver a intentar el ascenso al Pico.
Todavía el viernes, Galván y yo fuimos a ver a Estrada, que se acaba de instalar en el edificio Condesa. Tratamos de animarlo a que nos acompañara, pero simplemente tenía algo mejor que hacer—nos habló de una chica que había conocido unos días antes. Casi dejamos la excursión para otro día, porque Armando tampoco nos podía acompañar, pero al final invitamos al Peligro – le decían así por peludo. No era excursionista y además nos dijo como excusa que el domingo era su cumpleaños, pero argumentamos que lo debería celebrar en el Pico. Eso era algo poco convencional, que iba a recordar siempre.
En el pueblo buscamos al nevero, del que primero me había hablado Tom y que yo había conocido cuando fui con Ros y Estrada. Se llamaba Modesto Jiménez, ya tenía más de setenta años, y todavía subía dos o tres veces por semana para bajar en unas mulas el hielo con que preparaba la nieve de limón que luego vendía en el parque del pueblo. Vivía en una casa con el piso de tierra y las paredes tapizadas con las fotos que le habían enviado por correo los alpinistas extranjeros, la mayoría suizos y alemanes, a los que les había servido de guía.
Nos dijo que le iba a pedir a su sobrino Daniel que nos acompañara, porque él acaba de regresar de la montaña. Le pagaríamos 300 pesos—era el verano del 68 -- para que nos sirviera de guía y llevara 2 mulas para cargar nuestras mochilas.
Dejamos el pueblo entre las ocho o nueve de la noche. Recuerdo el ruido de agua en la oscuridad –un arroyo que se perdía en el fondo de una barranca – y un olor a ocote. Acampamos en la cueva del muerto, donde Daniel hizo una fogata y preparó un café que bebimos en las tazas de lata. Después, dormimos unas horas.
Tan pronto amaneció nos pusimos en marcha y una o dos horas después llegamos a las crestas, que son como escalones de piedra, cada uno de varios metros de alto, desde los cuales sólo se ve el siguiente, por lo que se tiene la impresión de estar en el mismo sitio, a pesar del esfuerzo realizado. El día era espléndido, y varias veces nos detuvimos a mirar el paisaje, pero más seguido a descansar un minuto con las manos apoyadas arriba de la rodillas. Algo le había caído mal a Galván, porque vomitó, pero se repuso en seguida y continuó subiendo. Tenía fama de aguantador porque una vez subió al Cofre caminando desde Xalapa. Como a las dos, llegamos al borde del cráter, y pudimos ver el Popo y el Izta, pero no el mar por las nubes. El Peligro se esforzaba por alcanzarnos unos doscientos metros atrás. Al llegar a la nieve, nos habíamos puesto los crampones y le pedimos a Daniel que al Peligro con los suyos. Antes, Galván le pidió la botella y la enterró en el hielo. Después, sacó la cámara y se puso a tomar fotos. Yo vagamente me prometía grandes cosas. “Ya párale”—le dije—“te vas a acabar el rollo”. Y entonces le pedimos a Daniel que nos tomara una foto agarrados a una cruz hecha de tubos que se encuentra casi al borde del cráter. El Peligro llegó por fin y lo felicitamos por su cumpleaños. Abrimos la botella y bebimos el champagne en la misma taza. No mucho, porque no sabíamos qué efecto podría hacernos en un lugar tan elevado.
Después de un rato, emprendimos el descenso por una ladera cubierta de nieve, por la que no se podía subir debido a que la nieve estaba blanda y era difícil apoyar en ella los pies. Cada paso hubiera requerido un esfuerzo considerable. Para bajar, la cosa era distinta, aunque a veces nos hundíamos hasta las rodillas. El descenso resultó incluso divertido y lo hicimos muy pronto.
En la cueva del muerto recogimos todo lo que habíamos dejado y a las ocho o nueve de la noche ya estábamos de nuevo en Chalchicomula.
Toda la excursión desde ahí se había hecho en unas veinticuatro horas.
El Peligro y yo queríamos buscar alojamiento en el pueblo o quedarnos a dormir un rato en el Volbo, pero Galván dijo que el lunes tenía que empezar a trabajar a las 9 de la mañana y poco después ya íbamos de nuevo sobre la autopista; el Peligro dormía en el asiento trasero, y yo cabeceaba en el del copiloto.
En algún momento estuvimos a punto de salirnos del asfalto, porque Galván también estaba muy cansado. Nos detuvimos un rato, pero hacía frío y de nuevo nos pusimos en marcha.
Unos días después volví a ver a Galván, que me enseñó las fotos riéndose. Las del paisaje no estaban mal, pero en la que nos tomó Daniel, Galván y yo aparecíamos con los rostros maltratados agarrados de unos tubos; no se veía la nieve y parecía que estábamos en alguna azotea, junto a los tubos de algún tinaco.

Publicado en Diario de Xalapa, miércoles 5 de mayo de 2010.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Berkeley (1969)

Al salir de la biblioteca, me encontré en Berkeley con una manifestación colorida en la que algunas chicas se quitaron la ropa, según leí luego en la prensa, pues la verdad yo no las vi.
En cambio, vi a Elaine una chica que vestía blue jeans y un suéter de “apache” parisino, es decir uno de esos suéteres blancos con rayas azules horizontales que tienen botones entre el cuello y el hombro del lado izquierdo.
Me llamó la atención en seguida y me las arreglé para hablar con ella; le expliqué que sólo estaba de visita por unos días y al final le pregunté si no quería acompañarme a San Francisco el domingo.
-“Espero que no te importe ir en autobús, pues no tengo auto”-, le dije con la mayor desfachatez ese día.
- “Podemos ir en el mío”- , me contestó.
Tenía un mini-cooper y me llevó a un lugar donde unos viejos jugaban a la petanca, como en los pueblos de Provenza y otras regiones del Mediterráneo.
Después, me enseñó el Arsenal, un edificio de ladrillo donde se habían instalado innumerables boutiques y entramos a una que le gustaba especialmente y donde tenían barricas con granos de café tostado de varios países.
Me contó que su abuelo era originario de Dubrovnik, en la costa dálmata, y me aseguró con cierto dejo de orgullo que entre sus otros antepasados había una india Cherokee.
Entramos a una bodega de vino.
- “St. Emilion, mi vino favorito”-, me dijo tomando una botella, que me apresuré a comprar.
Después, volvimos a su apartamento en Berkeley y ya se pueden imaginar.
Yo me alojaba en una casa de madera de dos pisos muy elegante y señorial que ocupaba Jesse Reichek, un pintor, como “artist in residence”, y que se encuentra en la esquina de Piedmont y Ashby, a unas cuadras de Telegraph, la calle principal.
Un amigo y yo le habíamos pedido a Bárbara Gómez que nos consiguiera alojamiento en esa región, y ella nos dijo que escribiéramos unas cartas de presentación en
inglés para que se las mandara a la oficina del Experimento en la Bay Area.
Y así fue como Joshua, un hijo de los Reichek, que ya no vivía con ellos, me vino a buscar al aeropuerto con la chica con que vivía y me llevó a la casa mencionada en un guayín algo destartalado.
En esos días, Berkeley estaba muy agitado por el conflicto del People’s park, que era un terreno de una manzana donde la universidad pretendía construir un estacionamiento,
pero los vecinos lo tomaron y convirtieron en un parque, plantando árboles y pasto en dos o tres días donde antes sólo había un lodazal.
Para el gobierno, aquello era el principio de la revolución, y mandaron a la policía para desalojar a los vecinos; los estudiantes los apoyaron y no recuerdo si Nixon o el gobernador llamó a la guardia nacional – mil quinientos reservistas – para imponer el toque de queda.
El ambiente me recordó “Yellow submarine” (1968) por los policías persiguiendo a los estudiantes y los gritos de “Pigs off campus” (Cerdos, fuera de la universidad).
Mis anfitriones conocían a todos los artistas de la región y un día recuerdo que los encontré conversando alrededor de la mesa de la cocina con Denise Levertov quien después que me presentaron, les dijo que había estado de Xalapa y mencionó con entusiasmo al Pico de Orizaba y la vegetación.
Por eso días me dijeron que iban a dar una fiesta y que estaba invitado; les pregunté si podía llevar a Elaine, que era alumna de Mitchell Goodman, un novelista, esposo de Denise, y asintieron.
Entre los invitados, recuerdo a Stan Rice, porque lo había oído leer unos días antes su poema “Airplane to Havana”, sobre el secuestro de un avión.
Elaine estaba encantada y le agradó mucho a Laure.
Cuando nos retirmamos me llevó en su mini-cooper a una playa donde había muchas
fogatas con gente alrededor y ahí nos quedamos toda la noche, la mayor parte del tiempo en el coche, pues hacía frío.
La víspera de mi regresó llegó el otro hijo de los Reichek, Jonathan, que estudiaba fotografía en otra universidad y era muy jovial.
Me dijo que sus padres iban a ir a cenar en San Francisco con unos amigos de la India, y que si quería yo podía invitar a cenar en casa a la muchacha que había llevado a la
fiesta.
Su mamá le había hablado de ella y le interesó.
Le dije que ya me había despedido de ella, pero acababa de conocer a otra chica y la
podía invitar.
“Invita la que quieras”, me dijo, “yo me encargo de la comida, pero cómprate un vino para no tomar el de mis papás”.
Y entonces llamé a Gerry, una rubia de origen sueco, con la que había yo hablado en un café de Telegraph.
Me contó que había ido a Mazatlán con sus padres y que había hecho amistad con unos niños de la playa.
-“Me encantan los niños mexicanos”-, me dijo.
Era bellísima, muy rubia y con grandes ojos azules.
Recuerdo que la fui a buscar y apareció con un una blusa azul claro y un traje y zapatos cafés que se le han de haber echado a perder por la caminata.
En el camino pasamos a un supermercado a comprar el vino.
-“St. Emilion, mi vino favorito”-, le dije tomando una botella.
En fin, pasamos un rato muy agradable conversando con Jonathan y luego la acompañé a su casa.
Como le había dicho que iba yo a Los Angeles, me habló de un restaurante al que
iba con sus padres, que vivían cerca.
Le recordé que no me había dado los datos y al llegar a su apartamento me hizo pasar para hacerme una lista de los lugares que debía visitar.
Recuerdo que la escribió en una mesita junto al sofá en que nos sentamos y
cuando me la dio la guardé en un bolsillo.
-“Gracias”-, le dije y la besé.
Se levantó y me condujo a su habitación.
Al día siguiente, volví apresuradamente a la casa de los Reichek, pues Jonathan me iba a llevar al aeropuerto.
Su madre había salido y sólo pude despedirme de Jesse.
Jonathan ya le había contado todo lo de la cena.
“Te vas”, me dijo, “y ya tienes dos mujeres en Berkeley”.
“Qué se le va a hacer”, creo que le contesté.

Publicado en el Diario de Xalapa el martes 7 de agosto 2010

París y otros viajecitos (1970)

Hace como cinco años se me ocurrió llamar a Alfredo,  y su esposa me dijo que un domingo había bajado a comprar el periódico en la esquina y, como tardaba en regresar, ella lo fue a buscar y alguien le dijo que se lo había llevado una ambulancia.        Había tenido un derrame cerebral.      Yo lo había conocido en un pueblo en los Alpes bávaros donde hay un Instituto Goethe y ambos tomábamos cursos de alemán para poder inscribirnos en una universidad – yo ya había estudiado esa lengua en El Colegio de México, donde era obligatorio para los estudiantes del doctorado.       De pronto recordé los viajes que hicimos en Europa, porque Alfredo y un colombiano, Guillermo,  compraron un vochito y, como estudiaban en Karslruhe, a unos diez kilómetros de Heidelberg, me invitaban a acompañarlos.       Yo vivía en una residencia para estudiantes y alguien me dijo una tarde que me hablaban por teléfono.              -- Hace unos días conocimos a unas chicas  vamos a ir a visitarlas en Fulda, me dijo Alfredo. Si quieres ir, ven mañana temprano.        Y así los acompañé a Fulda, pero el tiempo no nos permitió ver nada y sólo recuerdo las alambradas de la frontera con Alemania oriental y un local donde nos reunimos con sus amigas.         Después, conocieron a otras chicas que vivían en Donaueschingen y también los acompañé a visitarlas otro fin de semana.
         De paso, visitamos el castillo de Meersburg, el más antiguo de Alemania, una fortaleza rodeada de callejuelas empinadas y retorcidas, así como la isla Mainau, “la isla de las flores”, en el lago Konstanza, que es una especie de jardín botánico, toda vegetación.          En esa ocasión, alquilamos una lancha para remar en ese lago, el mayor de Alemania, y de pronto sentimos que una corriente nos arrastraba y tuvimos que esforzarnos para contrarrestarla.          Así comprobamos que el Rhin nace en ese lago.          Hace unos años me enteré de que el colombiano se casó con una de las chicas que fuimos a visitar y vive en Alemania, aunque también estuvo algunos años en su país.          También fuimos a París, y esa vez nos acompañó otro estudiante mexicano al que le decían “el Niño”, porque era muy joven.
  Esa fue la primera vez que estuve en la capital francesa.
          Recuerdo las escalinatas de Montmartre y un bistrot cerca del Moulin rouge donde tomamos una cerveza que nos pareció muy cara. 
           --Ahora sí nos despelucaron, dijo el Niño, que conservaba expresiones de lenguaje infantil.
            Sólo fue una excursión de fin de semana. Lo que más nos llamó la atención fue un inodoro que vimos en un bistrot porque en lugar de taza había una placa de porcelana pegada al suelo con un hoyo en medio y una huellas que indicaban donde poner los pies.


  Rosario Ferré cuenta en su memoria que viajó a París con sus padres en los cincuenta y en el hotel vio un bidet por primera vez; a nosotros nos desconcertó el inodoro que los franceses llaman “turco” y que se encuentra en establecimientos públicos para evitar infecciones.         
           Más tarde volví a ver a Alfredo en Inglaterra, donde hizo un doctorado, y, ya en México, lo llamaba cuando iba yo al D.F. para conversar por lo menos unos minutos.       El hecho de que se hubiera casado con una francesa y tuvieran una hija contribuyó indudablemente a que nos mantuviéramos en contacto.        Trabajaba en el Poli como investigador y luego pidió un sabático para irse a la Universidad de las Américas en Cholula.         --Ya no aguantaba tanta grilla, me dijo. También recordé que en el pueblo donde aprendimos alemán, le pedimos a un compañero, Di Matos, que nos prestara su vochito para ir a una discoteca en Rosenheim con Nathalie e Isolde, y al volver, el auto patinó sobre el hielo y se volteó, debido a que la carretera era más de medio metro más alta que el terreno adyacente. En fin, el coche terminó con las llantas hacia arriba.  Salimos, riendo, y lo enderezamos.            Hubo que pagar la reparación a Di Matos, que tomaba todo con mucha calma.            Por cierto, Isolde era una chica muy bonita del pueblo, con la que Alfredo había hecho amistad, y Nathalie, una francesita que llegó al Instituto Goethe a bordo de un Mercedez con un chauffeur, que la fue a dejar y volvió a París.

        Diario de Xalapa, 26 de mayo 2014.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Copenhague (1974)

Las islas afortunadas
(Auf den glücklichen Inseln)


Durante el verano de 1974, estuve unos días en Heidelberg y ahí decidí ir a Flensburg, porque un amigo me había dicho que pensaba volver a Toulouse y si quería podía viajar con él y con su hermano. Sin embargo, cuando llegué me dijo que aún no terminaba de instalar la calefacción en su casa, por lo que tenía que posponer unos días el viaje. Eberhard era ingeniero y había estado becado en Toulouse, donde lo conocí por Karin Rosemeier que me había invitado a las reuniones semanales de los alemanes que estudiaban o por alguna otra razón vivían en Toulouse, las cuales se celebraban en el primer piso del Père Léon, que era un café o bar muy concurrido; luego yo le presenté a Geneviève, una estudiante de español, que fue su novia, y creo que por eso me apreciaba y todavía me escribe a fin de año y me manda fotos en que aparece con su esposa y sus tres hijos. Trabaja en la oficina de patentes en Munich, pero vive en otra ciudad y juega tenis para relajarse. Por lo general, pasa las vacaciones en Francia, donde se compró una casa. No se casó con Geneviève, que ahora vive en París y tiene cuatro hijos. El caso es que para hacer tiempo, decidí visitar al día siguiente la casa del pintor expresionista Emil Nolde (1867-1956), cuyos cuadros de creaturas con caras verdes y pelo rojo había visto en el Museo de Heidelberg. El museo se encuentra prácticamente al otro lado de la península, pero el tiempo era espléndido y me gustó mucho ese paseo.
De cualquier modo, lo de la calefacción iba a tomarle a Eberhard varios días y pensé que lo mejor era aprovechar la oportunidad para conocer Dinamarca, por lo que preparé una mochila y al día siguiente me fui a Kiel, de donde sale un ferry directo a la isla de Zelandia donde se encuentra Copenhague.
Quienes viajaban en su automóvil pagaban lo mismo si iban solos o llevaban 2 o 3 personas a bordo. Por eso le pregunté a una pareja que me pareció amable si me podían llevar, y accedieron.
Sólo se trataba de abordar el ferry con ellos para no tener que pagar, pero me dijeron que me podían llevar hasta Copenhague, que está del otro lado de la isla.
Ya en Copenhague oí a alguien hablando en español con otras personas y era un argentino que me explicó cómo llegar al albergue donde me alojé; lo curioso es que meses después me volví a encontrar a este argentino en París y años después en México a un costado del Palacio de Bellas Artes.
Yo iba esa vez con Patricia Rodríguez, que fue gerente de Vuelta, pero entonces tenía un puesto en la Ollín Yoliztli, gracias a Fernando Lozano, que había sido su maestro en el Conservatorio, y de repente lo vi ahí, y él también me reconoció y hablamos un poco. “Nos vemos en Singapur”, le dije al despedirme. Patricia comentó que a mí siempre me pasaban cosas así, y era cierto.

Volviendo a Dinamarca, esa noche creo que fui al Tívoli y al día siguiente pensé ir a ver la famosa sirenita. Recuerdo que iba hacia el mar por una especie de parque y que al borde había una muchedumbre muy animada. Me costó bastante trabajo abrirme paso, pero al fin llegué al sitio donde se encuentra la escultura y ahí vi una joven bellísima completamente desnuda, pues sólo se cubría con alguna espuma y por un momento nuestras miradas se encontraron y ella se sobresaltó un poco al ver mis ojos asombrados. La joven se encontraba sentada sobre las mismas rocas que rodean la escultura y a su alrededor se hallaba un señora que me imagino era su madre y varios individuos con una cámara, pues luego me di cuenta de que estaban filmando el anuncio de algún jabón. En comparación con la joven, la escultura me pareció carente de esplendor. Durante los días siguientes, recorrí Copenhague y otros lugares de la isla, porque en el albergue encontré a tres chicos españoles que tenía un “2CV” y pensaban ir a Heidelberg, por lo cual les di mucha información sobre las residencia para estudiantes,donde se podían alojar porque durante las vacaciones las habitaciones se rentan a otros jóvenes como ellos. Finalmente, tuve que volver al ferry y ellos me llevaron a la salida de Copenhague, donde conseguí un “aventón” con un hombre de pelo blanco y bigote oscuro, que vestía un blazer azul marino y me dijo que había sido capitán de un barco, pero ya se había jubilado.

Prefería hablar conmigo en inglés, que dominaba debido a que se encontraba en Londres cuando los alemanes invadieron Dinamarca y se quedó ahí hasta que terminó la guerra. Me habló de los problemas de su país y me mostró en el periódico la foto de una mujer con un montón de cartas. Unos días antes ella se había quejado de que no tenía amigos y se hallaba muy sola. Su historia conmovió a los lectores del periódico que le habían escrito para animarla. “La gente está muy sola”, me dijo. “No tienen problemas económicos, pero les falta afecto, amigos o parientes. Hay muchas ancianas que van al médico, no porque estén enfermas, sino para que alguien las escuche”. El problema era que eso tenía un costo social muy elevado. También mencionó a su hija, que desde hacía varios años trabajaba para pagarle los estudios a su novio, que ya había cambiado de carrera 2 veces. “Un sinvergüenza”, concluyó, agitando el puño cerrado. Me explicó que no iba a tomar el ferry a Kiel, sino a otro pueblo que se encuentra frente a Flensburg, al otro lado del fiordo y que ahí podía tomar un barco para cruzar.
Me despedí apresuradamente, pues ahí apenas tuve tiempo de abordar una embarcación, que no transportaba automóviles, y en cuyo interior había un restaurante, donde todas las mesas ya estaban reservadas. También había una tienda duty free donde se aglomeraban los pasajeros. Un tripulante me dijo que así era siempre a esa hora, pues la embarcación sólo hacía un viaje al atardecer. Me preguntó si iba yo a Flensburg y asentí. Luego subí a la cubierta para ver el paisaje, pero hacía frío y bajé hacia el restaurante y la tienda duty free, donde finalmente me pude comprar un paquete de Gauloises sin filtro. Más tarde me encontré de nuevo al hombre con quien había yo hablado.
-¿No ibas a Flensburg?-, me dijo sorprendido.
-Sí, le contesté.
“Pues ya vamos de regreso”, repuso, “debiste bajar hace unos minutos”. Me había distraído y no le presté atención a los anuncios en danés de los altavoces, pues yo me imaginaba que al llegar todo el mundo se bajaría, pero no fue así; yo era el único pasajero que realmente quería ir a Flensburg; los demás tenían boletos de ida y vuelta. Sólo se habían metido al barco para pasear, cenar en el restaurante y proveerse de bebidas libres de impuestos, pues en Dinamarca las bebidas alcohólicas resultan carísimas. No me quedó más remedio que volver a Dinamarca y ahí tomar un autobús que rodeaba el fiordo y, claro, tardaba horas en llegar.

Publicado en Diario de Xalapa, jueves 18 de marzo de 2010.

viernes, 3 de septiembre de 2010

París-Heidelberg (1975)

Antes de las vacaciones de verano me dijo Oppenheimer que había visto  en Jussieu el anuncio de un Volkswagen sedán convertible que alguien quería vender y me dio el teléfono.
      Alguna vez escribiré el elogio de ese tipo de automóviles, que los alemanes llaman “Käfer”, escarabajo, y que aquí conocemos como “vochitos”, aunque debería ser “bochitos” (de “boche” o alemán). 
      Llamé al propietario y trajo el escarabajo al Fleurus, un café frente a la Cité Universitaire, para que lo viera Reinhard, quien me iba a asesorar.
     Tenía un color azul plomo y el tablero parecía de caoba.     -¿Cuánto pide?, me preguntó, después de revisarlo.
    -Tres mil quinientos francos.
    - Cómpralo-, me dijo. Mañana lo podemos vender por cuatro mil quinientos o cinco mil.
     El seguro me costó unos mil quinientos francos, gracias a la mutual de los profesores.
     Y así decidí pasar las vacaciones en Heidelberg, donde otro amigo, Mowitz, me había prometido dejarme su apartamento mientras se iba de vacaciones.
     Mi experiencia al volante era limitada. Cuando tenía yo diecisiete o dieciocho años le  pedí a mi tío Paco que me enseñara a manejar, pero alegaba que le iba a estropear los engranes de un vochito y una “troca” que tenía. Mi padre nunca tenía tiempo y menos paciencia. Por eso, Raquel, su (tercera) esposa me enseñó a manejar y luego Galván me permitió practicar en la loma de rectoría y el área junto al Estadio, antes de vender su Volvo. 
      En Toulouse, tomé un curso, memoricé el código de la ruta  y pensaba presentar un examen, pero algunos amigos me dijeron que costaba una buena suma y “nadie lo pasa a la primera”; por lo general te reprueban y tienes que pagar otro curso y un nuevo examen. Con suerte, a la tercera te dan el permiso. Hay que gastar el equivalente a unos mil euros para obtenerlo y  ahora si uno acumula infracciones, se lo quitan.
     El problema enmi caso era que no había tramitado una licencia en México que pudiera canjear por el famoso permiso y tampoco iba a volver para conseguirla.
        Por suerte, un año antes me había encontrado en Madrid a un compañero de secundaria, Daniel, que se había casado con una española y trabajaba en un hospital como médico.       “Yo te consigo la licencia”, me dijo y me contó que había sido presidente municipal de una población cerca de Veracruz donde tuvo su consultorio.
      Cuando  recibí la licencia, acudí a la prefectura, pero se les hizo rara – era de cartón y las que ellos conocían eran de metal – y me exigieron una constancia del consulado.
       El cónsul que por cierto era un español me dio entonces un documento en el que aseguraba que
      “Le permis de conduire de M. Barrientos est en règle et valable”. 
       Y así obtuve una licencia francesa permanente que todavía conservo y me ha permitido circular por las carreteras de Europa desde París a Roma y desde Berlín a Barcelona.
       Ya tenía como un año que había tomado el curso mencionado y no había vuelto a manejar;  no quería volver a empezar en París, así que esa noche aparqué el vochito en el bulevar y me fui a dormir.
      Me desperté muy temprano y me duché.
Luego cerré mi habitación en la Maison de Norvège y bajé con mi veliz.
     Alguien había aparcado frente al auto y tuve que meter reversa y recorrer unos treinta metros entre dos filas de autos hasta llegar a la rampa que bajaba hacia el bulevar.
      Al entrar al periférico el motor se apagó, pero lo encendí y avancé antes de que pasara una furgoneta que me hubiera estropeado completamente.
       Ahora que veo los mapas no recuerdo la ruta que seguí pero tomé una carretera a Saarbrücken  y a unos cien kilómetros de París, en la región de Champagne, ya me sentía como Lindbergh cruzando el Atlántico.
       El día era espléndido y le había quitado la capota.
        Yo creo que no pasé por Reims, sino por Sézanne y Chalons.
        El caso es que debo haber llegado a Heidelberg a eso de las siete, pero parecía más temprano porque en verano anochece a eso de las diez.
        De pronto al cruzar el puente sobre el Neckar el auto se detuvo y los que iban atrás me rebasaron.
        Un auto se aparcó adelante del mío y un joven descendió y se acercó.
        - ¿Qué pasa?,  preguntó.
        -No sé-, le dije, -creo que se averió.
         Se asomó al tablero.
        -No tienes gasolina-, me dijo.
         Y se fue a su auto para sacar un depósito de plástico rojo con cinco litros que los alemanes acostumbran llevar para emergencias.
         Antes de que pudiera decir algo ya me había abastecido y no permitió que le pagara.
Arranqué y me fui a buscar una gasolinera para llenar el tanque.
         Entre Heidelberg y París hay unos quinientos kilómetros, me parece, y si me detuve a tanquear en algún lugar, no lo recuerdo.          
         Mowitz me dejó su apartamento y la pasé muy bien, aunque mis amigos se habían ido de vacaciones. 
         En el Kakao bunker me encontré a David Mefford y a otro americano que estudiaba filosofía.           Yo compraba el Monde, y ellos el Herald Tribune, así que intercambiábamos los periódicos.
          No sé cuántas veces tomé la carretera hacia Heilbron que va a orillas del Neckar.
Después, volví a París y recuerdo que muchas veces le quitaba la capota al vochito y me daba una vuelta por los Campos Elíseos y la Place de la Concorde.
          Ya me consideraba un experto, pero un día al dar la vuelta frente a las Galeries Lafayette me alcanzó el conductor de una furgoneta para decirme:
          “T’as trouvé ton permis de conduire dans une pochette surprise”
            (Tú te encontraste la licencia en un cucurucho de sorpresas).
           Eso, dicho sea de paso, es lo que dicen los franceses, cuando les parecen dudosas las credenciales de alguien.
            Los cucuruchos de sorpresas por cierto allá son mucho más grandes.


       Publicado en el Diario de Xalapa el domingo 7 de noviembre 2010.

Aplausos (1977)

Ya tenía empleo en la universidad, pero tenía que encontrar un apartamento antes de que llegara Katia, lo que en esos días no era nada fácil. Tuve que rentar una casa en Xico, un pueblo situado a unos 20 km. de Xalapa. El propietario era un gringo, que se había retirado y compró unas tierras que habían estado dedicadas al cultivo del café y en las que había una casa que remodeló y amplió y donde se dedicó durante varios años a la pintura. Debido a un accidente, se fracturó una cadera, se le dificultó manejar y se construyó una nueva casa en Xalapa, por decidió rentar la que tenía en Xico mientras no lograra venderla. La casa se hallaba al fondo de una cañada en las afueras del pueblo y a varios cientos de metros del vecino más cercano, rodeada de cafetos y los liquidámbar que les dan sombra.


Tenía una cocina moderna y reluciente separada de la sala por una especie de barra; el baño con tina se encontraba entre esa parte del edificio y la recámara, que había sido su taller y que tenía tantas vidrieras que casi parecía un invernadero.
Acostado, bocarriba, en la cama podía ver por el tragaluz las ramas de un árbol que cobijaba la casa, como si estuviera al aire libre. De noche, podía ver a veces las estrellas. El comedor ocupaba otro anexo transparente junto a la cocina. La casa de cualquier modo se hallaba en un sitio apartado y sólo la renté provisionalmente, con la esperanza de encontrar pronto otra vivienda. Katia llegó unos días después y durante unos meses hicimos el amor con verdadero entusiasmo.
Una noche, me dijo que había oído un ruido atrás del baño y yo fui a ver con una lámpara y descubrí a unos tlacuaches que se trepaban al tejado por una enredadera. Después de eso, cada vez que oíamos algún ruido, lo atribuíamos a los tlacuaches. Sin embargo, una noche Katia me dijo que le había parecido escuchar voces y luego descubrí a unos policías que habían detenido a unos chicos. El comandante me explicó que el propietario le había pedido que vigilara la plantación y al hacer una ronda logró sorprender y atrapar a unos muchachos que acostumbraban trepar a la azotea donde se hallaba el tinaco del agua y desde donde podían ver nuestra recámara y nuestra cama. Al parecer, nos observaban desde hacía tiempo y habíamos llegado a ser parte de sus diversiones. Entonces comprendí por qué muchas veces cuando Katia y yo hacíamos el amor, me parecía oír aplausos. Después de eso me sentí como una estrella de películas porno. Sin quererlo, nos habíamos convertido en los preceptores de esos muchachos en materia de sexo y creo que el curso fue intensivo.
Lástima que esos pobres chicos anduvieran tecnológicamente muy atrasados y no tuvieran cámaras ni celulares que les hubieran permitido conservar algunas imágenes

Publicado en revista Lectorum n° 4 

jueves, 2 de septiembre de 2010

España (1979)

A principios de junio de 1979 se celebró en las islas Canarias el primer congreso de escritores de lengua española.De México participaron José Emilio Pacheco y Arturo Azuela, que era uno de los principales organizadores y años después también organizó el congreso con que se conmemoró el cincuentenario de la creación del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. De Perú, asistieron Ribeiro y Rodolfo Hinostroza; también, el poeta Adolfo Westphalen. De España había poetas como Luis Rosales y Claudio Rodríguez, escritores como Armas Marcelo, Caballero Bonald y Grosso; de Uruguay, Eduardo Galeano y Onetti; de Argentina, Abel Posse.


El congreso atrajo además a algunos jalapeños como Froylán Flores y Sergio González Levet, del semanario Punto y aparte. También asistieron Lupita Escobar, que estudiaba en Madrid, y su hermana Leni, que había ido a visitarla. Antes de viajar a España, le pedí a Don Fernando Benítez que me diera una carta para acreditarme como enviado especial del suplemento Sábado, lo que me permitió conseguir alojamiento y acceso a las sesiones y a los cócteles. Los organizadores nos llevaron en autobús por la isla y recuerdo que me la pasé conversando con Juan Marichal, el historiador y profesor en Harvard, que entre otras cosas me contó que cuando estudiaba en el Colegio de México trabajó como velador en la Canada Dry y le dieron un revólver, que lo hizo comprender que la cosa iba en serio.

Hubo varios cócteles en los que nos daban ensaladas con unos pequeños tomates de las Canarias. También recuerdo que me reuní en el puerto con Lupe y Leni y a la hora del almuerzo nos metimos a una modesta fonda con piso de cemento recién lavado y cortinas de plástico donde nos sirvieron un excelente arroz con plátanos fritos, y luego nos fuimos a un café en la playa de Más palomas. También recuerdo una recepción en un casino donde hablé con Agustín Yáñez sobre su biografía de Santa Anna. Le dije que en el sitio que ahora ocupa el parque Los berros había una ciénaga que se desecó a fines del siglo XIX, es decir que el parque no existía en tiempos de Don Antonio, como él suponía. Le pregunté si estaría dispuesto a dar una conferencia en Xalapa, y él le dijo a su esposa que me diera su teléfono.


Yo había dejado de fumar, pero a veces recaía y en el puerto me compré un paquete con varias cajetillas de Gauloises (sin filtro, desde luego), y llevaba una, que coloqué sobre una repisa para anotar el teléfono en mi agenda. De reojo pude ver que Yáñez tomaba la cajetilla y se la guardaba en el bolsillo del saco, siempre con su cara impasible. No me atreví a pedírselos, aunque también él se dio cuenta de que lo había visto. -Imagínate lo que habrá hecho en la Secretaría de Educación, me dijo alguien cuando le conté. No era un cleptómano, sin embargo, lo que se ocultaba detrás de su rostro impenetrable sino un chamaco maldadoso y un pesado bromista.

Años después, me contó Beatriz Espejo que había sido su maestro en la UNAM y la mandó llamar cuando lo nombraron Secretario de Educación. -Hay un puesto que te puede interesar, le dijo por teléfono. Cuando ella lo fue a ver, primero la hizo esperar un buen rato y cuando finalmente la recibió, le dijo a su secretaria: -Busque la carta que nos mandó la secundaria donde necesitan una profesora de español. Seguro en su interior se botaba de la risa. --Ja, já, qué creidota.



Tenía, en fin, un sentido del humor muy especial y ya se pueden imaginar que nunca lo llamé para que viniera a Xalapa. Después del congreso, Don Luis Rosales nos invitó a Hinostroza y a mí a su casa, en Madrid donde pasamos un buen rato conversando, y después, aproveché la oportunidad para entrevistar a Donoso, a quien había conocido durante la Feria del Libro en Francfurt tres años antes. Entonces le pregunté si conocía Tlacotalpan, donde se ambienta uno de sus cuentos, “El güero”, y me dijo que había estado en Xalapa y ahí había conocido a Gabriela Mistral, que se alojaba el Lencero. No le pude sacar más en ese momento, pero en Madrid lo llamé para pedirle una entrevista y me dio cita.

Lupe Escobar me acompañó a su casa, se encargó de grabar la entrevista y me tomó unas fotos que estuve buscando en estos días, pero no he podido encontrar. La entrevista se publicó en el Sábado, y así cumplí con Benítez. Después, decidí aprovechar mi viaje para echarle un vistazo a Mérida, y de ahí viajar a Sevilla y Granada, pues no conocía yo Andalucía.

En Mérida, cuando recorría las ruinas romanas, apareció un grupo de muchachos que emitían sonidos gangosos y gesticulaban de una manera inquietante, como en una película de Buñuel: eran sordomudos que hacían una excursión. Luego me detuve a comprar unas postales en un kiosko que se hallaba la entraba y cuando las pagué, pude ver que la vendedora tenía la mitad de la cara completamente desfigurada por quemaduras. En el hotel, la propietaria se mostró muy amable, pero después de las experiencias que había tenido esa tarde, yo no estaba muy tranquilo.

Al día siguiente tomé un autobús a Sevilla donde le eché un vistazo a la Giralda y me quedé esa noche. Al día siguiente, viajé a Granada para conocer la Alhambra. Me alojé en un hotel frente a un antiguo café donde pude apreciar la belleza de las andaluzas y algunas turistas extranjeras que al parecer habían ido para mostrar que en sus países tenían con qué concursar. El café por cierto estaba amenazado por la próxima demolición del edificio en que se encontraba y había un grupo de personas empeñadas en preservarlo. Me quedé con las ganas de ir a Málaga y otros lugares de la costa, pues tuve que volver a Madrid y de ahí a México con todo un cargamento de libros sobre Lope de Aguirre.