domingo, 5 de septiembre de 2010

Berkeley (1969)

Al salir de la biblioteca, me encontré en Berkeley con una manifestación colorida en la que algunas chicas se quitaron la ropa, según leí luego en la prensa, pues la verdad yo no las vi.
En cambio, vi a Elaine una chica que vestía blue jeans y un suéter de “apache” parisino, es decir uno de esos suéteres blancos con rayas azules horizontales que tienen botones entre el cuello y el hombro del lado izquierdo.
Me llamó la atención en seguida y me las arreglé para hablar con ella; le expliqué que sólo estaba de visita por unos días y al final le pregunté si no quería acompañarme a San Francisco el domingo.
-“Espero que no te importe ir en autobús, pues no tengo auto”-, le dije con la mayor desfachatez ese día.
- “Podemos ir en el mío”- , me contestó.
Tenía un mini-cooper y me llevó a un lugar donde unos viejos jugaban a la petanca, como en los pueblos de Provenza y otras regiones del Mediterráneo.
Después, me enseñó el Arsenal, un edificio de ladrillo donde se habían instalado innumerables boutiques y entramos a una que le gustaba especialmente y donde tenían barricas con granos de café tostado de varios países.
Me contó que su abuelo era originario de Dubrovnik, en la costa dálmata, y me aseguró con cierto dejo de orgullo que entre sus otros antepasados había una india Cherokee.
Entramos a una bodega de vino.
- “St. Emilion, mi vino favorito”-, me dijo tomando una botella, que me apresuré a comprar.
Después, volvimos a su apartamento en Berkeley y ya se pueden imaginar.
Yo me alojaba en una casa de madera de dos pisos muy elegante y señorial que ocupaba Jesse Reichek, un pintor, como “artist in residence”, y que se encuentra en la esquina de Piedmont y Ashby, a unas cuadras de Telegraph, la calle principal.
Un amigo y yo le habíamos pedido a Bárbara Gómez que nos consiguiera alojamiento en esa región, y ella nos dijo que escribiéramos unas cartas de presentación en
inglés para que se las mandara a la oficina del Experimento en la Bay Area.
Y así fue como Joshua, un hijo de los Reichek, que ya no vivía con ellos, me vino a buscar al aeropuerto con la chica con que vivía y me llevó a la casa mencionada en un guayín algo destartalado.
En esos días, Berkeley estaba muy agitado por el conflicto del People’s park, que era un terreno de una manzana donde la universidad pretendía construir un estacionamiento,
pero los vecinos lo tomaron y convirtieron en un parque, plantando árboles y pasto en dos o tres días donde antes sólo había un lodazal.
Para el gobierno, aquello era el principio de la revolución, y mandaron a la policía para desalojar a los vecinos; los estudiantes los apoyaron y no recuerdo si Nixon o el gobernador llamó a la guardia nacional – mil quinientos reservistas – para imponer el toque de queda.
El ambiente me recordó “Yellow submarine” (1968) por los policías persiguiendo a los estudiantes y los gritos de “Pigs off campus” (Cerdos, fuera de la universidad).
Mis anfitriones conocían a todos los artistas de la región y un día recuerdo que los encontré conversando alrededor de la mesa de la cocina con Denise Levertov quien después que me presentaron, les dijo que había estado de Xalapa y mencionó con entusiasmo al Pico de Orizaba y la vegetación.
Por eso días me dijeron que iban a dar una fiesta y que estaba invitado; les pregunté si podía llevar a Elaine, que era alumna de Mitchell Goodman, un novelista, esposo de Denise, y asintieron.
Entre los invitados, recuerdo a Stan Rice, porque lo había oído leer unos días antes su poema “Airplane to Havana”, sobre el secuestro de un avión.
Elaine estaba encantada y le agradó mucho a Laure.
Cuando nos retirmamos me llevó en su mini-cooper a una playa donde había muchas
fogatas con gente alrededor y ahí nos quedamos toda la noche, la mayor parte del tiempo en el coche, pues hacía frío.
La víspera de mi regresó llegó el otro hijo de los Reichek, Jonathan, que estudiaba fotografía en otra universidad y era muy jovial.
Me dijo que sus padres iban a ir a cenar en San Francisco con unos amigos de la India, y que si quería yo podía invitar a cenar en casa a la muchacha que había llevado a la
fiesta.
Su mamá le había hablado de ella y le interesó.
Le dije que ya me había despedido de ella, pero acababa de conocer a otra chica y la
podía invitar.
“Invita la que quieras”, me dijo, “yo me encargo de la comida, pero cómprate un vino para no tomar el de mis papás”.
Y entonces llamé a Gerry, una rubia de origen sueco, con la que había yo hablado en un café de Telegraph.
Me contó que había ido a Mazatlán con sus padres y que había hecho amistad con unos niños de la playa.
-“Me encantan los niños mexicanos”-, me dijo.
Era bellísima, muy rubia y con grandes ojos azules.
Recuerdo que la fui a buscar y apareció con un una blusa azul claro y un traje y zapatos cafés que se le han de haber echado a perder por la caminata.
En el camino pasamos a un supermercado a comprar el vino.
-“St. Emilion, mi vino favorito”-, le dije tomando una botella.
En fin, pasamos un rato muy agradable conversando con Jonathan y luego la acompañé a su casa.
Como le había dicho que iba yo a Los Angeles, me habló de un restaurante al que
iba con sus padres, que vivían cerca.
Le recordé que no me había dado los datos y al llegar a su apartamento me hizo pasar para hacerme una lista de los lugares que debía visitar.
Recuerdo que la escribió en una mesita junto al sofá en que nos sentamos y
cuando me la dio la guardé en un bolsillo.
-“Gracias”-, le dije y la besé.
Se levantó y me condujo a su habitación.
Al día siguiente, volví apresuradamente a la casa de los Reichek, pues Jonathan me iba a llevar al aeropuerto.
Su madre había salido y sólo pude despedirme de Jesse.
Jonathan ya le había contado todo lo de la cena.
“Te vas”, me dijo, “y ya tienes dos mujeres en Berkeley”.
“Qué se le va a hacer”, creo que le contesté.

Publicado en el Diario de Xalapa el martes 7 de agosto 2010

París y otros viajecitos (1970)

Hace como cinco años se me ocurrió llamar a Alfredo,  y su esposa me dijo que un domingo había bajado a comprar el periódico en la esquina y, como tardaba en regresar, ella lo fue a buscar y alguien le dijo que se lo había llevado una ambulancia.        Había tenido un derrame cerebral.      Yo lo había conocido en un pueblo en los Alpes bávaros donde hay un Instituto Goethe y ambos tomábamos cursos de alemán para poder inscribirnos en una universidad – yo ya había estudiado esa lengua en El Colegio de México, donde era obligatorio para los estudiantes del doctorado.       De pronto recordé los viajes que hicimos en Europa, porque Alfredo y un colombiano, Guillermo,  compraron un vochito y, como estudiaban en Karslruhe, a unos diez kilómetros de Heidelberg, me invitaban a acompañarlos.       Yo vivía en una residencia para estudiantes y alguien me dijo una tarde que me hablaban por teléfono.              -- Hace unos días conocimos a unas chicas  vamos a ir a visitarlas en Fulda, me dijo Alfredo. Si quieres ir, ven mañana temprano.        Y así los acompañé a Fulda, pero el tiempo no nos permitió ver nada y sólo recuerdo las alambradas de la frontera con Alemania oriental y un local donde nos reunimos con sus amigas.         Después, conocieron a otras chicas que vivían en Donaueschingen y también los acompañé a visitarlas otro fin de semana.
         De paso, visitamos el castillo de Meersburg, el más antiguo de Alemania, una fortaleza rodeada de callejuelas empinadas y retorcidas, así como la isla Mainau, “la isla de las flores”, en el lago Konstanza, que es una especie de jardín botánico, toda vegetación.          En esa ocasión, alquilamos una lancha para remar en ese lago, el mayor de Alemania, y de pronto sentimos que una corriente nos arrastraba y tuvimos que esforzarnos para contrarrestarla.          Así comprobamos que el Rhin nace en ese lago.          Hace unos años me enteré de que el colombiano se casó con una de las chicas que fuimos a visitar y vive en Alemania, aunque también estuvo algunos años en su país.          También fuimos a París, y esa vez nos acompañó otro estudiante mexicano al que le decían “el Niño”, porque era muy joven.
  Esa fue la primera vez que estuve en la capital francesa.
          Recuerdo las escalinatas de Montmartre y un bistrot cerca del Moulin rouge donde tomamos una cerveza que nos pareció muy cara. 
           --Ahora sí nos despelucaron, dijo el Niño, que conservaba expresiones de lenguaje infantil.
            Sólo fue una excursión de fin de semana. Lo que más nos llamó la atención fue un inodoro que vimos en un bistrot porque en lugar de taza había una placa de porcelana pegada al suelo con un hoyo en medio y una huellas que indicaban donde poner los pies.


  Rosario Ferré cuenta en su memoria que viajó a París con sus padres en los cincuenta y en el hotel vio un bidet por primera vez; a nosotros nos desconcertó el inodoro que los franceses llaman “turco” y que se encuentra en establecimientos públicos para evitar infecciones.         
           Más tarde volví a ver a Alfredo en Inglaterra, donde hizo un doctorado, y, ya en México, lo llamaba cuando iba yo al D.F. para conversar por lo menos unos minutos.       El hecho de que se hubiera casado con una francesa y tuvieran una hija contribuyó indudablemente a que nos mantuviéramos en contacto.        Trabajaba en el Poli como investigador y luego pidió un sabático para irse a la Universidad de las Américas en Cholula.         --Ya no aguantaba tanta grilla, me dijo. También recordé que en el pueblo donde aprendimos alemán, le pedimos a un compañero, Di Matos, que nos prestara su vochito para ir a una discoteca en Rosenheim con Nathalie e Isolde, y al volver, el auto patinó sobre el hielo y se volteó, debido a que la carretera era más de medio metro más alta que el terreno adyacente. En fin, el coche terminó con las llantas hacia arriba.  Salimos, riendo, y lo enderezamos.            Hubo que pagar la reparación a Di Matos, que tomaba todo con mucha calma.            Por cierto, Isolde era una chica muy bonita del pueblo, con la que Alfredo había hecho amistad, y Nathalie, una francesita que llegó al Instituto Goethe a bordo de un Mercedez con un chauffeur, que la fue a dejar y volvió a París.

        Diario de Xalapa, 26 de mayo 2014.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Copenhague (1974)

Las islas afortunadas
(Auf den glücklichen Inseln)


Durante el verano de 1974, estuve unos días en Heidelberg y ahí decidí ir a Flensburg, porque un amigo me había dicho que pensaba volver a Toulouse y si quería podía viajar con él y con su hermano. Sin embargo, cuando llegué me dijo que aún no terminaba de instalar la calefacción en su casa, por lo que tenía que posponer unos días el viaje. Eberhard era ingeniero y había estado becado en Toulouse, donde lo conocí por Karin Rosemeier que me había invitado a las reuniones semanales de los alemanes que estudiaban o por alguna otra razón vivían en Toulouse, las cuales se celebraban en el primer piso del Père Léon, que era un café o bar muy concurrido; luego yo le presenté a Geneviève, una estudiante de español, que fue su novia, y creo que por eso me apreciaba y todavía me escribe a fin de año y me manda fotos en que aparece con su esposa y sus tres hijos. Trabaja en la oficina de patentes en Munich, pero vive en otra ciudad y juega tenis para relajarse. Por lo general, pasa las vacaciones en Francia, donde se compró una casa. No se casó con Geneviève, que ahora vive en París y tiene cuatro hijos. El caso es que para hacer tiempo, decidí visitar al día siguiente la casa del pintor expresionista Emil Nolde (1867-1956), cuyos cuadros de creaturas con caras verdes y pelo rojo había visto en el Museo de Heidelberg. El museo se encuentra prácticamente al otro lado de la península, pero el tiempo era espléndido y me gustó mucho ese paseo.
De cualquier modo, lo de la calefacción iba a tomarle a Eberhard varios días y pensé que lo mejor era aprovechar la oportunidad para conocer Dinamarca, por lo que preparé una mochila y al día siguiente me fui a Kiel, de donde sale un ferry directo a la isla de Zelandia donde se encuentra Copenhague.
Quienes viajaban en su automóvil pagaban lo mismo si iban solos o llevaban 2 o 3 personas a bordo. Por eso le pregunté a una pareja que me pareció amable si me podían llevar, y accedieron.
Sólo se trataba de abordar el ferry con ellos para no tener que pagar, pero me dijeron que me podían llevar hasta Copenhague, que está del otro lado de la isla.
Ya en Copenhague oí a alguien hablando en español con otras personas y era un argentino que me explicó cómo llegar al albergue donde me alojé; lo curioso es que meses después me volví a encontrar a este argentino en París y años después en México a un costado del Palacio de Bellas Artes.
Yo iba esa vez con Patricia Rodríguez, que fue gerente de Vuelta, pero entonces tenía un puesto en la Ollín Yoliztli, gracias a Fernando Lozano, que había sido su maestro en el Conservatorio, y de repente lo vi ahí, y él también me reconoció y hablamos un poco. “Nos vemos en Singapur”, le dije al despedirme. Patricia comentó que a mí siempre me pasaban cosas así, y era cierto.

Volviendo a Dinamarca, esa noche creo que fui al Tívoli y al día siguiente pensé ir a ver la famosa sirenita. Recuerdo que iba hacia el mar por una especie de parque y que al borde había una muchedumbre muy animada. Me costó bastante trabajo abrirme paso, pero al fin llegué al sitio donde se encuentra la escultura y ahí vi una joven bellísima completamente desnuda, pues sólo se cubría con alguna espuma y por un momento nuestras miradas se encontraron y ella se sobresaltó un poco al ver mis ojos asombrados. La joven se encontraba sentada sobre las mismas rocas que rodean la escultura y a su alrededor se hallaba un señora que me imagino era su madre y varios individuos con una cámara, pues luego me di cuenta de que estaban filmando el anuncio de algún jabón. En comparación con la joven, la escultura me pareció carente de esplendor. Durante los días siguientes, recorrí Copenhague y otros lugares de la isla, porque en el albergue encontré a tres chicos españoles que tenía un “2CV” y pensaban ir a Heidelberg, por lo cual les di mucha información sobre las residencia para estudiantes,donde se podían alojar porque durante las vacaciones las habitaciones se rentan a otros jóvenes como ellos. Finalmente, tuve que volver al ferry y ellos me llevaron a la salida de Copenhague, donde conseguí un “aventón” con un hombre de pelo blanco y bigote oscuro, que vestía un blazer azul marino y me dijo que había sido capitán de un barco, pero ya se había jubilado.

Prefería hablar conmigo en inglés, que dominaba debido a que se encontraba en Londres cuando los alemanes invadieron Dinamarca y se quedó ahí hasta que terminó la guerra. Me habló de los problemas de su país y me mostró en el periódico la foto de una mujer con un montón de cartas. Unos días antes ella se había quejado de que no tenía amigos y se hallaba muy sola. Su historia conmovió a los lectores del periódico que le habían escrito para animarla. “La gente está muy sola”, me dijo. “No tienen problemas económicos, pero les falta afecto, amigos o parientes. Hay muchas ancianas que van al médico, no porque estén enfermas, sino para que alguien las escuche”. El problema era que eso tenía un costo social muy elevado. También mencionó a su hija, que desde hacía varios años trabajaba para pagarle los estudios a su novio, que ya había cambiado de carrera 2 veces. “Un sinvergüenza”, concluyó, agitando el puño cerrado. Me explicó que no iba a tomar el ferry a Kiel, sino a otro pueblo que se encuentra frente a Flensburg, al otro lado del fiordo y que ahí podía tomar un barco para cruzar.
Me despedí apresuradamente, pues ahí apenas tuve tiempo de abordar una embarcación, que no transportaba automóviles, y en cuyo interior había un restaurante, donde todas las mesas ya estaban reservadas. También había una tienda duty free donde se aglomeraban los pasajeros. Un tripulante me dijo que así era siempre a esa hora, pues la embarcación sólo hacía un viaje al atardecer. Me preguntó si iba yo a Flensburg y asentí. Luego subí a la cubierta para ver el paisaje, pero hacía frío y bajé hacia el restaurante y la tienda duty free, donde finalmente me pude comprar un paquete de Gauloises sin filtro. Más tarde me encontré de nuevo al hombre con quien había yo hablado.
-¿No ibas a Flensburg?-, me dijo sorprendido.
-Sí, le contesté.
“Pues ya vamos de regreso”, repuso, “debiste bajar hace unos minutos”. Me había distraído y no le presté atención a los anuncios en danés de los altavoces, pues yo me imaginaba que al llegar todo el mundo se bajaría, pero no fue así; yo era el único pasajero que realmente quería ir a Flensburg; los demás tenían boletos de ida y vuelta. Sólo se habían metido al barco para pasear, cenar en el restaurante y proveerse de bebidas libres de impuestos, pues en Dinamarca las bebidas alcohólicas resultan carísimas. No me quedó más remedio que volver a Dinamarca y ahí tomar un autobús que rodeaba el fiordo y, claro, tardaba horas en llegar.

Publicado en Diario de Xalapa, jueves 18 de marzo de 2010.

viernes, 3 de septiembre de 2010

París-Heidelberg (1975)

Antes de las vacaciones de verano me dijo Oppenheimer que había visto  en Jussieu el anuncio de un Volkswagen sedán convertible que alguien quería vender y me dio el teléfono.
      Alguna vez escribiré el elogio de ese tipo de automóviles, que los alemanes llaman “Käfer”, escarabajo, y que aquí conocemos como “vochitos”, aunque debería ser “bochitos” (de “boche” o alemán). 
      Llamé al propietario y trajo el escarabajo al Fleurus, un café frente a la Cité Universitaire, para que lo viera Reinhard, quien me iba a asesorar.
     Tenía un color azul plomo y el tablero parecía de caoba.     -¿Cuánto pide?, me preguntó, después de revisarlo.
    -Tres mil quinientos francos.
    - Cómpralo-, me dijo. Mañana lo podemos vender por cuatro mil quinientos o cinco mil.
     El seguro me costó unos mil quinientos francos, gracias a la mutual de los profesores.
     Y así decidí pasar las vacaciones en Heidelberg, donde otro amigo, Mowitz, me había prometido dejarme su apartamento mientras se iba de vacaciones.
     Mi experiencia al volante era limitada. Cuando tenía yo diecisiete o dieciocho años le  pedí a mi tío Paco que me enseñara a manejar, pero alegaba que le iba a estropear los engranes de un vochito y una “troca” que tenía. Mi padre nunca tenía tiempo y menos paciencia. Por eso, Raquel, su (tercera) esposa me enseñó a manejar y luego Galván me permitió practicar en la loma de rectoría y el área junto al Estadio, antes de vender su Volvo. 
      En Toulouse, tomé un curso, memoricé el código de la ruta  y pensaba presentar un examen, pero algunos amigos me dijeron que costaba una buena suma y “nadie lo pasa a la primera”; por lo general te reprueban y tienes que pagar otro curso y un nuevo examen. Con suerte, a la tercera te dan el permiso. Hay que gastar el equivalente a unos mil euros para obtenerlo y  ahora si uno acumula infracciones, se lo quitan.
     El problema enmi caso era que no había tramitado una licencia en México que pudiera canjear por el famoso permiso y tampoco iba a volver para conseguirla.
        Por suerte, un año antes me había encontrado en Madrid a un compañero de secundaria, Daniel, que se había casado con una española y trabajaba en un hospital como médico.       “Yo te consigo la licencia”, me dijo y me contó que había sido presidente municipal de una población cerca de Veracruz donde tuvo su consultorio.
      Cuando  recibí la licencia, acudí a la prefectura, pero se les hizo rara – era de cartón y las que ellos conocían eran de metal – y me exigieron una constancia del consulado.
       El cónsul que por cierto era un español me dio entonces un documento en el que aseguraba que
      “Le permis de conduire de M. Barrientos est en règle et valable”. 
       Y así obtuve una licencia francesa permanente que todavía conservo y me ha permitido circular por las carreteras de Europa desde París a Roma y desde Berlín a Barcelona.
       Ya tenía como un año que había tomado el curso mencionado y no había vuelto a manejar;  no quería volver a empezar en París, así que esa noche aparqué el vochito en el bulevar y me fui a dormir.
      Me desperté muy temprano y me duché.
Luego cerré mi habitación en la Maison de Norvège y bajé con mi veliz.
     Alguien había aparcado frente al auto y tuve que meter reversa y recorrer unos treinta metros entre dos filas de autos hasta llegar a la rampa que bajaba hacia el bulevar.
      Al entrar al periférico el motor se apagó, pero lo encendí y avancé antes de que pasara una furgoneta que me hubiera estropeado completamente.
       Ahora que veo los mapas no recuerdo la ruta que seguí pero tomé una carretera a Saarbrücken  y a unos cien kilómetros de París, en la región de Champagne, ya me sentía como Lindbergh cruzando el Atlántico.
       El día era espléndido y le había quitado la capota.
        Yo creo que no pasé por Reims, sino por Sézanne y Chalons.
        El caso es que debo haber llegado a Heidelberg a eso de las siete, pero parecía más temprano porque en verano anochece a eso de las diez.
        De pronto al cruzar el puente sobre el Neckar el auto se detuvo y los que iban atrás me rebasaron.
        Un auto se aparcó adelante del mío y un joven descendió y se acercó.
        - ¿Qué pasa?,  preguntó.
        -No sé-, le dije, -creo que se averió.
         Se asomó al tablero.
        -No tienes gasolina-, me dijo.
         Y se fue a su auto para sacar un depósito de plástico rojo con cinco litros que los alemanes acostumbran llevar para emergencias.
         Antes de que pudiera decir algo ya me había abastecido y no permitió que le pagara.
Arranqué y me fui a buscar una gasolinera para llenar el tanque.
         Entre Heidelberg y París hay unos quinientos kilómetros, me parece, y si me detuve a tanquear en algún lugar, no lo recuerdo.          
         Mowitz me dejó su apartamento y la pasé muy bien, aunque mis amigos se habían ido de vacaciones. 
         En el Kakao bunker me encontré a David Mefford y a otro americano que estudiaba filosofía.           Yo compraba el Monde, y ellos el Herald Tribune, así que intercambiábamos los periódicos.
          No sé cuántas veces tomé la carretera hacia Heilbron que va a orillas del Neckar.
Después, volví a París y recuerdo que muchas veces le quitaba la capota al vochito y me daba una vuelta por los Campos Elíseos y la Place de la Concorde.
          Ya me consideraba un experto, pero un día al dar la vuelta frente a las Galeries Lafayette me alcanzó el conductor de una furgoneta para decirme:
          “T’as trouvé ton permis de conduire dans une pochette surprise”
            (Tú te encontraste la licencia en un cucurucho de sorpresas).
           Eso, dicho sea de paso, es lo que dicen los franceses, cuando les parecen dudosas las credenciales de alguien.
            Los cucuruchos de sorpresas por cierto allá son mucho más grandes.


       Publicado en el Diario de Xalapa el domingo 7 de noviembre 2010.

Aplausos (1977)

Ya tenía empleo en la universidad, pero tenía que encontrar un apartamento antes de que llegara Katia, lo que en esos días no era nada fácil. Tuve que rentar una casa en Xico, un pueblo situado a unos 20 km. de Xalapa. El propietario era un gringo, que se había retirado y compró unas tierras que habían estado dedicadas al cultivo del café y en las que había una casa que remodeló y amplió y donde se dedicó durante varios años a la pintura. Debido a un accidente, se fracturó una cadera, se le dificultó manejar y se construyó una nueva casa en Xalapa, por decidió rentar la que tenía en Xico mientras no lograra venderla. La casa se hallaba al fondo de una cañada en las afueras del pueblo y a varios cientos de metros del vecino más cercano, rodeada de cafetos y los liquidámbar que les dan sombra.


Tenía una cocina moderna y reluciente separada de la sala por una especie de barra; el baño con tina se encontraba entre esa parte del edificio y la recámara, que había sido su taller y que tenía tantas vidrieras que casi parecía un invernadero.
Acostado, bocarriba, en la cama podía ver por el tragaluz las ramas de un árbol que cobijaba la casa, como si estuviera al aire libre. De noche, podía ver a veces las estrellas. El comedor ocupaba otro anexo transparente junto a la cocina. La casa de cualquier modo se hallaba en un sitio apartado y sólo la renté provisionalmente, con la esperanza de encontrar pronto otra vivienda. Katia llegó unos días después y durante unos meses hicimos el amor con verdadero entusiasmo.
Una noche, me dijo que había oído un ruido atrás del baño y yo fui a ver con una lámpara y descubrí a unos tlacuaches que se trepaban al tejado por una enredadera. Después de eso, cada vez que oíamos algún ruido, lo atribuíamos a los tlacuaches. Sin embargo, una noche Katia me dijo que le había parecido escuchar voces y luego descubrí a unos policías que habían detenido a unos chicos. El comandante me explicó que el propietario le había pedido que vigilara la plantación y al hacer una ronda logró sorprender y atrapar a unos muchachos que acostumbraban trepar a la azotea donde se hallaba el tinaco del agua y desde donde podían ver nuestra recámara y nuestra cama. Al parecer, nos observaban desde hacía tiempo y habíamos llegado a ser parte de sus diversiones. Entonces comprendí por qué muchas veces cuando Katia y yo hacíamos el amor, me parecía oír aplausos. Después de eso me sentí como una estrella de películas porno. Sin quererlo, nos habíamos convertido en los preceptores de esos muchachos en materia de sexo y creo que el curso fue intensivo.
Lástima que esos pobres chicos anduvieran tecnológicamente muy atrasados y no tuvieran cámaras ni celulares que les hubieran permitido conservar algunas imágenes

Publicado en revista Lectorum n° 4 

jueves, 2 de septiembre de 2010

España (1979)

A principios de junio de 1979 se celebró en las islas Canarias el primer congreso de escritores de lengua española.De México participaron José Emilio Pacheco y Arturo Azuela, que era uno de los principales organizadores y años después también organizó el congreso con que se conmemoró el cincuentenario de la creación del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. De Perú, asistieron Ribeiro y Rodolfo Hinostroza; también, el poeta Adolfo Westphalen. De España había poetas como Luis Rosales y Claudio Rodríguez, escritores como Armas Marcelo, Caballero Bonald y Grosso; de Uruguay, Eduardo Galeano y Onetti; de Argentina, Abel Posse.


El congreso atrajo además a algunos jalapeños como Froylán Flores y Sergio González Levet, del semanario Punto y aparte. También asistieron Lupita Escobar, que estudiaba en Madrid, y su hermana Leni, que había ido a visitarla. Antes de viajar a España, le pedí a Don Fernando Benítez que me diera una carta para acreditarme como enviado especial del suplemento Sábado, lo que me permitió conseguir alojamiento y acceso a las sesiones y a los cócteles. Los organizadores nos llevaron en autobús por la isla y recuerdo que me la pasé conversando con Juan Marichal, el historiador y profesor en Harvard, que entre otras cosas me contó que cuando estudiaba en el Colegio de México trabajó como velador en la Canada Dry y le dieron un revólver, que lo hizo comprender que la cosa iba en serio.

Hubo varios cócteles en los que nos daban ensaladas con unos pequeños tomates de las Canarias. También recuerdo que me reuní en el puerto con Lupe y Leni y a la hora del almuerzo nos metimos a una modesta fonda con piso de cemento recién lavado y cortinas de plástico donde nos sirvieron un excelente arroz con plátanos fritos, y luego nos fuimos a un café en la playa de Más palomas. También recuerdo una recepción en un casino donde hablé con Agustín Yáñez sobre su biografía de Santa Anna. Le dije que en el sitio que ahora ocupa el parque Los berros había una ciénaga que se desecó a fines del siglo XIX, es decir que el parque no existía en tiempos de Don Antonio, como él suponía. Le pregunté si estaría dispuesto a dar una conferencia en Xalapa, y él le dijo a su esposa que me diera su teléfono.


Yo había dejado de fumar, pero a veces recaía y en el puerto me compré un paquete con varias cajetillas de Gauloises (sin filtro, desde luego), y llevaba una, que coloqué sobre una repisa para anotar el teléfono en mi agenda. De reojo pude ver que Yáñez tomaba la cajetilla y se la guardaba en el bolsillo del saco, siempre con su cara impasible. No me atreví a pedírselos, aunque también él se dio cuenta de que lo había visto. -Imagínate lo que habrá hecho en la Secretaría de Educación, me dijo alguien cuando le conté. No era un cleptómano, sin embargo, lo que se ocultaba detrás de su rostro impenetrable sino un chamaco maldadoso y un pesado bromista.

Años después, me contó Beatriz Espejo que había sido su maestro en la UNAM y la mandó llamar cuando lo nombraron Secretario de Educación. -Hay un puesto que te puede interesar, le dijo por teléfono. Cuando ella lo fue a ver, primero la hizo esperar un buen rato y cuando finalmente la recibió, le dijo a su secretaria: -Busque la carta que nos mandó la secundaria donde necesitan una profesora de español. Seguro en su interior se botaba de la risa. --Ja, já, qué creidota.



Tenía, en fin, un sentido del humor muy especial y ya se pueden imaginar que nunca lo llamé para que viniera a Xalapa. Después del congreso, Don Luis Rosales nos invitó a Hinostroza y a mí a su casa, en Madrid donde pasamos un buen rato conversando, y después, aproveché la oportunidad para entrevistar a Donoso, a quien había conocido durante la Feria del Libro en Francfurt tres años antes. Entonces le pregunté si conocía Tlacotalpan, donde se ambienta uno de sus cuentos, “El güero”, y me dijo que había estado en Xalapa y ahí había conocido a Gabriela Mistral, que se alojaba el Lencero. No le pude sacar más en ese momento, pero en Madrid lo llamé para pedirle una entrevista y me dio cita.

Lupe Escobar me acompañó a su casa, se encargó de grabar la entrevista y me tomó unas fotos que estuve buscando en estos días, pero no he podido encontrar. La entrevista se publicó en el Sábado, y así cumplí con Benítez. Después, decidí aprovechar mi viaje para echarle un vistazo a Mérida, y de ahí viajar a Sevilla y Granada, pues no conocía yo Andalucía.

En Mérida, cuando recorría las ruinas romanas, apareció un grupo de muchachos que emitían sonidos gangosos y gesticulaban de una manera inquietante, como en una película de Buñuel: eran sordomudos que hacían una excursión. Luego me detuve a comprar unas postales en un kiosko que se hallaba la entraba y cuando las pagué, pude ver que la vendedora tenía la mitad de la cara completamente desfigurada por quemaduras. En el hotel, la propietaria se mostró muy amable, pero después de las experiencias que había tenido esa tarde, yo no estaba muy tranquilo.

Al día siguiente tomé un autobús a Sevilla donde le eché un vistazo a la Giralda y me quedé esa noche. Al día siguiente, viajé a Granada para conocer la Alhambra. Me alojé en un hotel frente a un antiguo café donde pude apreciar la belleza de las andaluzas y algunas turistas extranjeras que al parecer habían ido para mostrar que en sus países tenían con qué concursar. El café por cierto estaba amenazado por la próxima demolición del edificio en que se encontraba y había un grupo de personas empeñadas en preservarlo. Me quedé con las ganas de ir a Málaga y otros lugares de la costa, pues tuve que volver a Madrid y de ahí a México con todo un cargamento de libros sobre Lope de Aguirre.







miércoles, 1 de septiembre de 2010

Otra gira con Mijailovich (2009)

Flora tocó el domingo en Oaxaca, adonde tuvimos que volar, pues el sábado en la noche se presentó en la Sala Blas Galindo. El Teatro Macedonio Alcalá es una joya que en estos días celebra su centenario,pero Harp Heliú no se ha decidido a donar un piano Steinway de concierto, y cuando Flora estaba por terminar "Un vals" se zafó el pedal del Baldwin y hubo que bajar el telón para que los técnicos lo volvieran a montar. Por lo demás, el recital salió muy bien, pero sólo había unas treinta personas en el teatro, la mayoría extranjeros, aunque vi también a una abuela con dos chicos, y es que cobraban cincuenta y cien pesos y así no hubo estudiantes.
El domingo a mediodía comimos en la Casa de la abuela, un restaurante que da a la plaza donde tocaba una banda. No vimos ninguna publicidad y tampoco en el hotel. Lo bueno es que le pagaron diez mil quinientos pesos, de los que tuvimos que deducir los gastos --boletos de avión y autobús, comidas y el hotel. Con eso sacamos también los gastos del D.F., pues el recital en la Sala Blas Galindo no se lo pagaron y ahí tuvimos que pagar una suite en el Gillow. Por cierto, el afinador iba a ir a las cinco, pero llegó a las seis y a las siete todavía tenía el piano desarmado y lo montó precipitadamente cuando el público ya estaba entrando. Flora no quedó satisfecha con su trabajo, pues se lo dejó "chicloso" y con el teclado así se cansó mucho. El recital lo grabó Radio educación y también el CENART... y la verdad el resultado no difiere de la grabación que ya había hecho Tele UV unos meses antes.
Toda esta gira se arregló a última hora y no es extraño por eso que no pudieran pagarle en el CENART; yo traté de arreglar algo con el ISSSTE, pues un año antes Flora había tocado 2 veces en el Teatro de la Ciudadela, pero ya no estaba a cargo de estas actividades la misma profesora, y con el que la remplazó no se pudo concertar nada ni tampoco con el director general, que no nos contestó.


Esos días en el D.F. y Oaxaca fueron muy cansados, pero aprovechamos para ir al cine a ver "El casamiento de Raquel" con Anne Hathaway y "El lector" con Kate Winslet. Además, nos dimos el lujo de comer escamoles en la Hostería Santo Domino y pato en el restaurante de la Casa de Francia. El mejor recital fue el del Teatro Clavijero, en Veracruz, pero ahí tuvimos otros líos, porque ese recital también se tuvo que arreglar de improviso, y Fomento cultural nos dijo que ellos ponían el teatro, pero no tenían para cubrir los gastos de afinación (2 mil pesos) y personal (edecanes, tramoyistas, etc), que era un total de 5 mil pesos, y se los tuve que pedir a la Subsecretaría de Desarrollo Educativo, al ayuntamiento y al sindicato de la universidad... Al final, los pagó el IVEC . Unos días antes no sabíamos si alguien pondría la plata. Los del ayuntamiento no quisieron apoyar, y aunque Flora le escribió a Ainara Rementería ni siquiera le contestó; el secretario general del sindicato salió con que ellos ponían tres de los cinco mil que se requerían. El Subsecretario pidió la factura, pero en eso llamaron del IVEC y se la mandaron a Villasana. Así anda esto de la cultura. Flora tenía que ir a Los Angeles, donde el consulado le arregló tres recitales, que luego se redujeron a dos, y todos los recitales en el país se arreglaron de paso. Se suponía que ellos le pagarían todos los gastos durante su estancia y el transporte, pero luego le explicaron que en estos casos la Secretaría de Relaciones exteriores sólo paga boletos desde México, así que faltaba el boleto de París a México que finalmente consiguió con el rector; por eso pensamos que podría ofrecer un recital en el Teatro del estado, pero no se pudo y se presentó en el auditorio del Instituto Superior de Música, adonde no acudió mucha gente.
Después de Oaxaca, Flora voló a Los Angeles invitada por los consulados, que por cierto tuvieron que alquilar un piano para que tocara en la biblioteca pública de Oxnard y el Ruskin Art Club.

Publicado en El jardín secreto (Periódico de la Escuela de escritores Sergio Galindo, reconocida por la SOGEM), julio 2010.