domingo, 12 de septiembre de 2010

California 1992

En 1992 volé a Los Angeles para participar en un congreso en Irvine donde leí una ponencia sobre la película El Dorado de Carlos Saura (acerca de Lope de Aguirre) que luego se publicó en las actas y se encuentra en la red. Además co-presidí con Seymour Menton un encuentro de investigadores sobre la nueva novela histórica.

Por lo general, en los congresos de la Asociación Internacional de Hispanistas se leían más de cuatrocientas ponencias y actualmente ya son cerca de setecientas distribuidas en más de cien sesiones, pero sólo hay unos cinco encuentros de investigadores sobre temas de especial relevancia.
En ese caso, el principal organizador del congreso era Seymour Menton, y él me invitó a que co-presidiera el encuentro sobre la nueva novela histórica por los artículos que había yo publicado en 1983, 1985 y 1988.
Me fui una semana antes del congreso para echarle un ojo a Los Angeles y hacer algunas gestiones en la U.C.L.A., donde había tratado de conseguir empleo. Me alojé en la Guest House, donde pagaba unos cien dólares diarios por una habitación y el desayuno.
El campus me recordó a Toulouse por sus edificios de ladrillo de estilo neo-románico y para como colmo el carillón toca la melodía de Casablanca (As time goes by).
Aproveché la oportunidad para conocer el Museo del condado que está junto al parque La Brea, un yacimiento de chapopote donde se encontraron los restos de un mamut y otros fósiles de animales prehistóricos. También visité los estudios Universal y el Queen Mary, convertido en un museo.
Poco antes de mi viaje, me encontré a Rodríguez Revoredo, un jalapeño que estudió en Stanford y me recomendó que rentara un automóvil y recorriera la carretera National 1 que corre junto a la costa entre Los Angeles y San Francisco.
El viernes por la tarde me decidí finalmente a seguir su consejo y acudí a una agencia, donde no tenían ningún convertible y renté un Chevrolet cavalier. Me fui a Santa Bárbara, donde esa noche pernocté, después de cenar en un restaurant que parecía el escenario de una película de cowboys.
Al día siguiente seguí hacia San Luis Obispo, donde la carretera se separa de la autopista 101 y se vuelve a reunir luego como un freeway que atraviesa Morro Bay.
Me detuve ahí a comer en una especie de palafito, el embarcadero de los pescadores locales, transformado en un restaurante que conservaba el letrero de la American Fish Company.
Después de echarle un vistazo a la carta, me decidí por una especie de lenguado (halibut) y luego le pedí a la chica que me atendió que me tomara una foto, y yo mismo tomé otras del lugar. Después seguí ya por la carretera hacia Big Sur que es un sitio impresionante y en algún momento crucé el puente de concreto reforzado sobre el Bixby que tiene 98 m de largo y es uno de los hitos de ese tramo de la carretera que se construyó entre 1919 y 1937.

Después me detuve en algún lugar para llamar a Francia, pues Catherine y Flora se habían ido a pasar las vacaciones allá y ese día era el cumpleaños de mi hija.
Finalmente, llegué a Monterrey y empecé a buscar un hotel, pero todos los que veía ostentaban letreros de que no tenían sitio. Aunque ya estaba cansado, decidí seguir a Salinas, atravesando campos de espinacas. (Se trata de la capital de esos vegetales y hay una estatua de Popeye, que nunca vi). Pero ahí también los hoteles estaban ocupados.

Me detuve a tanquear en una gasolinera, donde me enteré de que al día siguiente había carreras de automóviles, por lo que había ido mucha gente de San Francisco. Tuve que estacionarme en la gasolinera para dormir un poco, aunque había demasiada luz, Al día siguiente me lavé en un restaurante adjunto donde también desayuné. Como no conocía Santa Cruz, aproveché la oportunidad para ver el campus y los sequoyas,de que me había hablado Marisa Moolick.
Después, manejé de regreso hacia Los Angeles y esta vez pude ver la costa de Malibú y seguí hasta el aeropuerto John Wayne, donde devolví el Chevrolet cavalier y tomé un taxi al campus de Irvine.

El congreso me permitió conocer al profesor Avalle Arce, que además de sus méritos académicos era muy simpático y tomaba garrafones de vino blanco, y a Paz Gago, el primer lector gallego, que enseñaba esta lengua y había estado algunos años en Africa. Hubo una excursión a Santa Bárbara y varios cocteles en los que hablé con varios colegas, pero de todo eso lo mejor fue el paseo a lo largo de la costa de California. Manejar un automóvil por esa carretera es toda una experiencia y uno tiene la impresión de ir inventando el mundo en cada momento.



Publicado en Diario de Xalapa, 11 de octubre 2010.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Londres 1995


Al inscribirme al congreso de hispanistas,  que en 1995 se celebró en Birmingham, le pregunté a las chicas que colaboraban en la organización si no sabían de alguna residencia para estudiantes donde me pudiera alojar en Londres,  pues quería aprovechar mi viaje para investigar en la biblioteca del British Film Institute; ellas me dieron las coordenadas de una de las residencias de la London University College en Camden Road y,  de paso, me preguntaron si no me interesaría co-presidir una reunión de investigadores sobre cine que por primera vez se iba a celebrar  en estos congresos.

Acepté de inmediato  y me puse a preparar mi conferencia en la que resumía los estudios sobre cine y literatura e instaba a los colegas a ampliarlos y continuarlos.

En estos congresos se leen más de cuatrocientos ponencias en más de un centenar de sesiones, pero sólo se realizan unos cinco “encuentros de investigadores” sobre temas de especial interés, y como en el congreso anterior yo había co-presidido con Seymour Menton

el encuentro sobre novela histórica, algunos colegas se sorprendieron porque de nuevo yo presidiera una de esas reuniones.

“Se ve que tienes muy buenas relaciones con la Junta directiva”, me decían.

“Lo que pasa es que hago investigación de punta”, contestaba. 

Sin embargo, todo se debió a las chicas que colaboraban en la organización y sobre todo a una lectora catalana.
En fin, el 13 de agosto volé a Londres, donde me alojé en la residencia mencionada, que resultó bastante agradable, pues desde mi habitación podía ver un árbol y los edificios cercanos. Además, no estaba mal situada, pues enfrente tomaba un autobús que me dejaba cerca del British Museum.

Por cierto, frente al museo encontré, una tienda donde me compré unos suéteres shetland de cuello redondo – un verde botella y otro azul marino – que formaban parte de mi atuendo en esos años.

Aproveché para investigar en  el British Film Institute, cuya biblioteca es realmente extraordinaria, aunque no ocupa mucho espacio.

El instituto ha elaborado una base de datos – unos discompactos que luego logré que comprara la Universidad Veracruzana y que costaban unas mil libras– pues basta con teclear el título de alguna película para obtener una lista de artículos, entrevistas y reseñas

relacionados con ella.

De nada serviría esa lista, si la biblioteca no tuviera la hemeroteca sobre cine más completa del planeta.

Hay que pagar, por cierto, para poder utilizar la biblioteca y en esa ocasión adquirí un pase anual, que pude usar el año siguiente, pues aún no vencía.

Un pase diario me hubiera resultado más costoso.
Total,  me la pasé buscando y fotocopiando artículos sobre películas basadas en novelas y cuentos de autores latinoamericanos de paso leí otras obras, como una Historia de la televisión de la que obtuve datos para la ponencia sobre “Borges y la tele” que leí en Gotemburgo en el 2000.
Desde luego, también aproveché mi estancia para visitar el Southbank – la margen derecha del Támesis,  donde se encuentra el Museum of the Moving Image,  recorrer esa parte de la ciudad, donde se construyó luego la famosa rueda de la fortuna, ver desde ese lado del río la abadía de Westminster, ir a Soho para comer pato laqueado a la cantonesa, y visitar la National Art Gallery y el museo del transporte en Covent Garden.

Después, me fui a Birmingham, donde volví a ver a varios colegas que conocí en otros congresos, como José María Paz Gago, que había viajado en su auto a bordo de un ferry desde La Coruña y después del congreso tenía que volver a Southhampton, y el profesor Avalle Arce, con quien Alberto Rodríguez y yo rematamos una garrafa de Zinfandel que al parecer llevaba desde California. Durante el congreso hablé con Josefina Ludmer que había dado una plenaria y una colega francesa, Marie Miranda, que años después me invitó a enseñar en Nancy como “professeur asocié”. También recuerdo a una colega muy inteligente, Sol Miguel Prendes, pues me  llamó la atención que se llamara como una de las hijas del Cid.

--En realidad me llamo “Soledad”, me dijo, pero me quito la “edad”.

Después del congreso, volví a Londres, pero esta vez también se alojaron en la misma residencia varios colegas, entre ellos Margarita Peña, Paz Gago y Marina Fierro, que hizo la edición del Informe sobre ciegos, de Sábato, para Muchnick y a quien recuerdo que acompañamos a tomar el tren a París. 

Publicado en el Diario de Xalapa el 6 de agosto de 2012 




viernes, 10 de septiembre de 2010

Gotemburgo y Salamanca (2000)

En el 2000, organicé una sesión sobre las biografías de Borges para el XXXIII congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana celebrado en la Universidad de Salamanca del 26 al 30 de junio, y además preparé una ponencia sobre “Borges: el Aleph y la televisión” para un congreso del CELCIRP (Centre de Recherches sur les Littératures et Civilisations du Rio de la Plata) que se realizó en la Universidad de Gotenburgo, Suecia, del 20 al 22 de junio. Debido a eso volé a París, donde me alojé una vez más en la Maison des étudiants suedois, en la Cité universitaire, y el 18 tomé un tren en la gare du Nord a Colonia, donde transbordé a otro hacia Kiel. Ahí alquilé un camarote para viajar en el ferry a Gotenburgo por unos cien dólares. Zarpamos a eso de las ocho de la noche y llegamos unas doce horas después. El ferry tenía un restaurante de autoservicio y aproveché para cenar bien, pues ese día no había comido gran cosa. Llegamos a Gotemburgo y después de registrarme en una especie de pensión, salí a dar una vuelta. Una chica sueca me había dicho que en esos días hacía calor y ahí me tienen tiritando en las calles con mi saco de lino. Me acerqué a varios restaurantes, pero sólo tenían smogasbrod (sandwiches con mayonesa y salmón ahumado, pepinillos curtidos, etc), nada caliente. Por suerte, luego vi un pizarrón en la puerta de un restaurante en el que aparecía escrita la palabra FISKSUPPE (sopa de pescado). La sopa tenía pescado, bacalao, diría yo, papas y un camarón de buen tamaño, todo condimentado con albahaca y otras especies, y además le habían puesto leche y unas gotas de aceite de oliva. Al día siguiente acudí a la universidad para inscribirme y luego hice una excursión a unas islas con otros congresistas, una chica y una señora de Salta, otra colega bonaerense que se alojaba en la misma pensión que yo y una pareja de españoles, que no iban al congreso. Las salteñas me dijeron, por cierto,  que eran fanáticas de “El chavo del ocho”, que les parecía un excelente programa, vaya.En cierto momento nos dimos cuenta que procedíamos de lugares tan alejados como Salta y Buenos Aires, Málaga y Xalapa, y todos hablábamos español.
Al día  siguiente leí mi ponencia y aproveché un rato libre para visitar un museo donde me encontré a Ilse Logie, una colega belga muy linda. El tercer día ya no me quedé a la recepción porque tuve que tomar un tren a Hamburgo, en el que recorrí la costa sueca hasta el estrecho que separa ese país de Zelandia, la isla donde se encuentra Copenhague.
Llegué a Hamburgo y ahí tuve que tomar el tren a París, adonde llegué muy temprano. Me quedé un día en París y luego tomé el tren a Salamanca. En Gotemburgo, había comprado unos tubos de caviar Kalles, parecidos a los que usan para el dentífrico y pomadas, pero que contiene una especie de caviar hecho a base de huevos de bacalao, en vez de esturión o salmón, y otros ingredientes como puré de papas, salsa de tomate, cebollas y frecuentemente anís y cebollinas. Se  basa en una receta muy antigua  y desde 1954 se vende en tubos, cuyo diseño no ha cambiado y que conservan la imagen de un chico rubio sonriente.
Como el viaje a Salamanca lo hice de día, me llevé un tubo en la mochila, una caja de las galletas de centeno en que por lo general lo ponen los suecos y desde luego una pequeña botella de vino blanco de las que tienen tapón de rosca, con lo cual pude disfrutar de esta sensacional comida de astronauta mientras el paisaje francés se deslizaba por las amplias ventanas del TGV.
En Salamanca, recuerdo que mi sesión se celebró el primer día del congreso y al llegar al edificio pasé por un café donde conversaba Verónica Cortínez con un grupo de chilenos y en otra mesa, Samperio con no sé quién, así que los recluté. Se hallaban muy tranquilos y yo creo que ni siquiera habían visto el programa, pero aceptaron mi invitación y me acompañaron. La sesión titulada “Reinventando a Borges” tuvo mucho éxito debido a la participación de Donald Yates, Linda Maier y Edna Aizenberg, todos borgistas consumados. Posteriormente, me volví a encontrar a Samperio y recuerdo que fuimos a una café de la plaza de Salamanca con Pedro Angel Palau y JorgeVolpi. También recuerdo una velada con el profesor Gutiérrez Girardot, que mencionó que el secretario de la Academia Sueca que le dio el Novel a Octavio Paz era también su traductor y le convenía por eso que se vendiera más en sueco, entre otros chismes por el estilo. Me dio mucho gusto volver a ver a Concha Reverte y a Carmen Ruiz Barrionuevo, que hizo un trabajo espléndido como organizadora. Finalmente regresé a París en un tren donde  también viajaba Fernando Moreno y otros colegas de Poitiers. Por cierto, mi participación en congresos me había permitido mantenerme en el Sistema Nacional de Investigadores desde 1985 y en el 2000 logré que me ascendieran al nivel II.

Publicado en Diario de Xalapa, 10 mayo 2011

Nueva York 2001


     Maria Kodama me dijo que ella le había hecho ver a Borges el “doble juego” de Bioy Casares que a él le decía que Cortázar era un idiota porque apoyaba a los cubanos y luego se encontraba con el cronopio y se ponía a tomarle fotos entusiasmado; yo pensé luego que tal vez no era hipocresía y que Bioy al encontrarse con su compatriota olvidó  simplemente sus diferencias políticas.

     El caso es que yo tenía que leer mi ponencia sobre las Cartas a Porrua, y ella decidió escucharla, y me pareció ligeramente sorprendida por la importancia que Cortázar le daba a todos los detalles relacionados con la publicación de sus obras, al grado que mandó una maqueta de Rayuela con instrucciones precisas sobre la portada y contraportada; además, leía con atención las reseñas… Y en fin no era un escritor despreocupado a quien no le interesara todo eso.

    Todo eso ocurrió durante un congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas que se celebró cerca de Times Square en la City University of New York en julio 2001.
     También recuerdo una conversación con Alfonso González que enseñaba en la Cal State University en Los Ángeles y había sido presidente de una importante asociación que tiene miles de afiliados y publica la revista Hispania.

      Me contó que de joven trabajaba como botones en un hotel de Guadalajara cuando un huésped le pidió que lo llevara a ver a los artesanos que hacen mosaicos, pues se estaba construyendo una casa, y más tarde lo ayudó a emigrar a los Estados Unidos, donde estuvo en el ejército y consiguió después una beca.
        Después del congreso, tenía que ir a la boda de una de sus hijas,  y en fin lo recuerdo con afecto por esa conversación.
       Más tarde me enteré de que tradujo Noticias al imperio al inglés.
        De las ponencias que escuché, recuerdo sobre todo la de Lucia Melgar sobre Elena Garro, que me resulto deslumbrante y divertida. Yo no sabía nada de los enredos amorosos de Octavio Paz y lo veía como un personaje oficial, frio y distante.
         Más tarde me ocupé de las memorias de su hija y también del libro de Elena Garro sobre su viaje a España durante la Guerra civil, y en Guadalajara presenté el libro de Lafaye acerca del poeta.
         En algún momento, declaré que pensaba aprovechar la oportunidad para echarle un ojo al MOMA (Museum of Modern Art), y  una colega belga me dijo “Yo también quiero ir”, y nos fuimos juntos y después cenamos en el Village.

Publicado en el Diario de Xalapa, 9 de marzo 2020




    
     
    
     

jueves, 9 de septiembre de 2010

California 2003


                              
Por tren en California                                                                            
A principios del 2003 tuve que viajar a California para presentar mi libro Ficción- historia, publicado por la UNAM, en tres campi de la Universidad de California --Santa Cruz, Santa Bárbara y San Diego--, así como en Scripps College.

En San Francisco me quise alojar en el Holiday Inn del Barrio chino, como había hecho en diciembre del 91, pero me dijeron que el hotel estaba lleno ese día, lo que me sorprendió, y entonces opté por hacer una reservación en un bed and breakfast que me pareció agradable, pues las fotos me recordaron la casa de una amiga, Rosalba. 
Lo administraba una checoslovaca, que me comentó que tenía un novio mexicano. En fin, me instalé ahí y en seguida me lancé a Ghirardelly Square y de ahí en el tranvía bajé al arsenal para echarle un vistazo a esa parte de la ciudad.  Aproveché la oportunidad para comprar algunos regalos para mi mujer y mi hija.

De vuelta en Ghirardelly me encontré una multitud que se alineaba a ambos lados de las calles y les pregunté qué esperaban. 
Me dijeron que el tradicional desfile del Año nuevo chino, y entonces comprendí por qué no había sitio en el Holiday Inn.

El desfile es realmente sensacional, pero empezó a llover y hubo algunas rachas de viento; en la parada del tranvía vi algunos paraguas tirados que un vendaval había dejado inservibles.
De vuelta en la posada, me pareció que yo era el único huésped, por el silencio, pero a la mañana siguiente cuando subí al comedor a desayunar me fui dando cuenta de que en realidad había más de diez personas en la casa, pero nada estrepitosas.

Me acordé entonces de mi mujer que cada vez que de noche bajo las escaleras con pies de plomo, cree oír un regimiento. Problemas culturales, en fin.

Me fui a Santa Cruz en autobús y ahí me alojé en un hotel donde Norma Klahn me había reservado una habitación. Aproveché la tarde para ver el pueblo. Al día siguiente Norma vino a buscarme y me llevó a la universidad para que diera mi conferencia. Después, ella y su esposo me llevaron a pasear por Santa Cruz y desde el muelle pude ver una montaña rusa de madera que se conserva junto a la playa;  por la noche hubo una reunión en su casa, a la que asistió un colega, que luego me proporcionó su Informe sobre Sábato.
Según me dijo, él era estudiante en una universidad de los Estados Unidos, cuando Alicia Monguió organizó un coloquio sobre el escritor argentino. Donald Shaw que participó me escribió, por cierto, que había hecho algunas fotocopias de mi artículo sobre “Sábato y Lovecraf” y lo invitó.

 Por lo general, en esos casos se designa a un estudiante para que acompañe y atienda al invitado, y esa designación recayó en este colega, debido a que por alguna razón no se consideró conveniente mandar a una estudiante.

Mientras recorrían Manhattan,  Sábato recordaba los sitios donde habían vivido algunas mujeres que conoció, y le suministró al joven todo tipo de datos sobre sus peculiaridades anatómicas y sexuales. En fin, el viejo no paraba de hablar de sus proezas, y el pobre chico acabó mareado, por no decir más.

Al día siguiente tomé un autobús a otro sitio cuyo nombre he olvidado y desde donde me trasladé a Santa Bárbara en tren. 

En 1992 había recorrido California en un automóvil alquilado que me permitió apreciar el paisaje de la costa del Pacífico entre Santa Cruz y Los Angeles, y en esta ocasión opté por viajar en tren.

Hay, por cierto, algunos vagones con ventanales y los asientos orientados hacia los lados para ver el paisaje.

En Santa Bárbara, adonde llegué de noche, me encontré con que Sara Poot no me había ido a esperar a la estación, pues seguro tenía otras cosas que hacer. Llovía y hacía frío.


Después de esperar un buen rato, decidí llamar a Giorgio Perisinotto, a quien había conocido cuando estudiaba yo en el Colmex y que intervino para que me invitaran. Me contestó su esposa, Gloria, y me dijo que en seguida iría por mí.
Me llevó a su casa, me ofreció vino y una sopa ;  luego llamó a Sarita, que pasó por mí para llevarme a mi alojamiento. Me explicó que para pagarme un poco más y no gastar en hotel, le había pedido a una joven que me dejara su apartamento.

Al día siguiente di mi conferencia y esa noche cenamos en casa de Giorgio, que invitó a

Suzanne Jill Levine y desde luego a Sara. Al día siguiente me  fui en tren  a Los Angeles, donde me alojé en la Guest house de la UCLA y esa noche cené con una colega.

Desde ahí me trasladé  luego a Pomona para presentar mi libro en el Scripps College, invitado por Marina Pérez de Mendiola, una ex alumna de Jacques Lafaye, cuyo esposo laosiano enseña en la Universidad del Sur de California. Tiene una hija muy talentosa y debido a eso hablamos sobre todo de niños y educación, mientras almorzamos cerca del campus.

Regresé a dormir en la UCLA Guest House y al día siguiente tomé el tren a San Diego, donde presenté mi libro en el campus de La Jolla Después de la conferencia, recuerdo que tomé un café con Jaime Concha y Max Parra.

De vuelta en Los Angeles y antes de regresar a México, visité el Museo Getty, a donde fui caminando, aunque no está muy cerca del campus. Para regresar, le pedí aventón a unos chicos.

Publicado en Diario de Xalapa, 1° de marzo 2012




miércoles, 8 de septiembre de 2010

El Paso, Texas 1961


Cuando estaba en la Prepa, aproveché unas vacaciones para visitar a mi padre, que vivía entonces en Ciudad Juárez con su tercera esposa, unos diecisiete años menor que él, y sus tres hijas, Julia, Raquel y Margie. Inmediatamente me tramitó una tarjeta para que pudiera yo cruzar la frontera y visitar El Paso, pues desde Juárez se veían unas montañas y un funicular, y yo quería ir a verlas. Además, había un tranvía que cruzaba la frontera, y yo al principio me tenía que bajar antes de que pasara el puente. 

Cuando finalmente pude visitar el país vecino me di cuenta de que había una high school imponente. 
En algún lugar del edificio me detuve a ver un muro con los nombres de los alumnos o ex alumnos que habían caído en la primera y la segunda guerras mundiales. Me dirigí a la administración para preguntar si podía visitar la escuela y me asignaron como guía a un muchacho originario de Cuba, Sergio Einstein.

Einstein me contó que sus padres eran judíos y habían emigrado de Rusia hacia Polonia, huyendo del comunismo, pero luego tuvieron que refugiarse en Cuba, huyendo de los rusos, y finalmente se trasladaron a Tejas, cuando Castro tomó el poder en la isla. “Ahora falta que la revolución estalle en Gringolandia”, le escribí a Memo, uno de mis amigos. Einstein me mostró los laboratorios y todo el edificio. Nos asomamos a un salón donde un profesor impartía su clase y recuerdo que en el pizarrón había escrito tres nombres: Bakunin, Tchernichewsky, Tkashev. 
Me impresionó que en una high school de los Estados Unidos se hablara del anarquismo y que eso fuera parte del programa de un curso, pues en la secundaria donde yo había estudiado y en el Colegio Preparatorio nadie mencionó nunca ni a Karl Marx. 
El profesor de historia – Clark Kent -- una vez se entretuvo hablándome de un libro que había leído en esos días sobre Joel R. Poinsett, a quien su padre consideraba un bueno para nada, un verdadero haragán, y que luego se convirtió en una especie de agente de la C.I.A., que llegó a México con una misión muy clara – desmantelar el imperio de pacotilla de Agustín de Iturbide --, y la cumplió en seguida, pues se trasladó a Xalapa y “convenció” a D. Antonio López de Santa Anna de que era mejor una república y que él podría ser el presidente. 
“Qué buena idea”, me imagino que debe haber pensado Santa Anna.”Nunca se me hubiera ocurrido”. 
Del comunismo, en cambio, creo que nunca oí hablar en ningún curso y menos del anarquismo. 
La noticia de que un mexicano se hallaba de visita en la high school se difundió rápidamente y pronto me vi rodeado de muchachos que me querían saludar. 

-Tengo sangre azteca, me dijo amistosamente un chico que hubiera yo tomado por un gringo.
Todos fueron muy amables conmigo. 
También vivía en Juárez mi tío Paco Barrientos, que cuando era yo niño pasaba de vez en cuando a verme y a platicar con mi mamá.
Su esposa se llamaba Consuelo y varias veces la acompañé de compras a El Paso. 

“Estudia lo que quieras”, me dijo ella. “Incluso puedes estudiar Oceanografía, como mi sobrina, pero lo único que te pido es que no te vayas a meter a Filosofía y Letras”. 
“Esa gente no sirve para nada”, me aseguró. 

De mis hermanitas, Raquel y Julia (o Julie) viven en El Paso, y Margie, que es la que se parece más a mi padre, es fotógrafa, estudió e imparte algunos cursos en una universidad cerca de Toronto, pues se casó con un canadiense. Hace poco vi su página en la red, pero no la he podido encontrar de nuevo y no copié la foto. Por eso sólo tengo unas fotos de cuando era niña, que me regaló su mamá. 



Diario de Xalapa, domingo 2 de 2012












martes, 7 de septiembre de 2010

Vagabundo (1967)

Linda me había dicho que iba a regresar a México en su automóvil y que yo podría acompañarla, pero luego salió con que sus padres no aprobaban sus planes y que mejor iba volar; el problema es que yo sólo había comprado un boleto a Nueva York y no me quedaba suficiente dinero para el de regreso. Además, ese mismo año ya había recorrido los Estados Unidos viajando de aventones y decidí irme a Laredo en esa forma. El viernes me levanté muy temprano y me fui a la terminal de la calle 42 donde tomé un autobús a Trenton. Aproveché el trayecto para dormir un poco.
Después, caminé hasta una carretera donde comencé a pedir aventones hacia el Pennsylvania Turnpike. No recuerdo muy bien esa parte de mi viaje, pero en algún momento viajé con un hombre que me dijo que había vivido once años en Marruecos. El caso es que poco después ya estaba sobre el Pennsylvania Turnpike a bordo de un mustang con 2 muchachos de mi edad que volvían a Pittsburgh de sus vacaciones en Maryland. La carretera se mete en varios túneles y por lo general me parece que va entre bosques de pinos por un paisaje de montaña. Los chicos llevaban sándwitches y me pasaron uno, que creo es todo lo que comí ese día. Finalmente me dejaron cerca de Pittsburgh en la intersección de la autopista 44 que va hasta California y atraviesa todo el país.

Después de eso conseguí algún o algunos aventones, y al atardecer me encontré en una planicie y comenzó a llover a cántaros. Yo tenía un impermeable, pero aquello era demasiado y en eso se detuvo junto a mí un auto que no vi bien, pero era muy largo.
“Súbete”, me dijo un muchacho, y mencionó un pueblo cercano.
“Está fuera de la ruta” me dijo, “pero mañana seguro encontrarás alguien que te lleve”. Era muy joven y parecía muy alto y delgado. “Mi padre me ha prohibido dar aventones”, explicó, “pero no te puedo dejar en ese lugar”. “Te puede matar un rayo”, agregó. Me dejó en un pueblo cuyo nombre he olvidado.

Ya había cesado de llover y caminé por una calle muy larga hasta encontrar una especie de bar, donde había muchos jóvenes. Le pregunté a uno de ellos si había una gasolinera cerca, porque por lo general hay autos estacionados y quizás podría dormir en alguno. En fin, le conté que iba yo a México, que había salido de Nueva York. Me dijo que más adelante había una gasolinera. Ahí le pregunté al encargado si podía dormir en uno de los automóviles y me dijo que no había problema. Me aflojé los cordones de los zapatos y me acosté sobre el asiento trasero. Entonces alguien tocó en el vidrio de la ventana. Era el chico como el que había yo hablado. Me dijo que como era viernes sus amigos tenían el fin de semana por delante y que si quería yo me podían llevar a Indianápolis. Accedí, claro, y en Indianápolis me dejaron en otra gasolinera, donde de nuevo me acababa de recostar en el asiento trasero de un automóvil, cuando volvieron a tocar en el vidrio. Me dijeron que tenían amigos en St. Louis, Misouri, y que si quería yo me podían llevar hasta allá. Me pareció fantástico. No hablé mucho con ellos porque la verdad ya estaba cansado y creo que iba medio dormido.

Me dejaron en otra gasolinera al otro lado de St. Louis sobre la carretera 66 que va hasta Los Angeles. Ahí busqué un automóvil donde dormir, pero sólo encontré una pick up. Como ya estaba muy cansado no subí el vidrio de la ventana, y la lluvia me mojó un poco la parte inferior de mis blue jeans. Tal vez por eso me desperté muy temprano. ¡Qué buen tiempo para viajar de aventones!” (Nice day to hitchhike), me dijo el empleado como saludo. En eso llegó un sujeto más bien chaparro a bordo de un Chevrolet super Sports rojo. No tuvo reparo en informarme que iba a Austin, Texas. Yo voy a Laredo, le dije, ¿No me podría dar un aventón? “Me parece que puedo” (I guess I can), me contestó.

Y así recorrimos las 500 millas que separan St. Louis, Misouri, de Okla City y agarramos la carretera federal 35 (interstate 35) hacia el sur. En algún lugar nos detuvimos para almorzar y le pedí que me dejara pagar la cuenta del restaurant, pues realmente aquel era todo un aventón de más de mil doscientos o trecientos kilómetros. El problema es que luego no me dejó en una gasolinera, pues de repente se dio cuenta que tenía que tomar otra dirección y me dejó a la orilla de la autopista, donde nadie se iba a parar para llevarme. Tuve que esperarme hasta que amaneció y conseguí otro aventón, pero el domingo a mediodía ya estaba en Nuevo Laredo. Comí en un restaurante frente a la terminal de los Flecha roja y luego me metí en el autobús a la capital. Al día siguiente era lunes y empezaban los cursos de mi tercer semestre del doctorado en El Colegio de México.

Publicado en Diario de Xalapa