viernes, 18 de marzo de 2011

Un coctel parisino (2007)


Me encontraba en un coctel en medio de un congreso sobre literatura en París cuando un colega alto y desgarbado observó el gafete que tenía yo sobre mi saco de lino. ¿Xalapa?-dijo-. Yo estuve ahí dos veces con Tim Richards. -Sigue hecho un vegetal- agregó luego de una pausa. Nunca se recuperó.

¿Qué le pasó?, acerté a preguntar. ¿No lo sabías?, repuso. Tuvo un accidente y estuvo en coma dos años. Mencionó luego que su hija se había casado y el chico estudia no sé qué. De pronto, la imagen de Tim Richard emergió en mi memoria. Era un inglés que parecía una especie de chico inflado, con una mirada chispeante de satisfacción, como si alguien lo estuviera elogiando o acabara de realizar alguna proeza intelectual o deportiva.

 En cierta ocasión, yo me encontraba con Edna, una amiga que también lo conocía y él se detuvo a ver mi corbata. Esa era la corbata de mi escuela, nos dijo. No agregó ningún otro comentario, pero todos sentimos como si de repente lo hubiera alcanzado un torbellino de recuerdos y por un momento se hubiera convertido en un chico inglés con su blazer azul marino y la corbata. Se trataba de una corbata con rayas diagonales negras, blancas y azules, que me compré en Londres hace años.

Timothy, por lo demás, no era un amigo mío; yo apenas lo traté, pero lo recordaba porque visitaba Xalapa durante los veranos con un grupo de estudiantes de una universidad del Medio Oeste—Kansas, me parece. Alguna vez me comentó que el clima en Kansas era espantoso, pues en invierno hacía mucho frío y en verano la temperatura rebasaba los 35 °C. ¿De qué sirve un buen sueldo, si te gastas una buena parte en calefacción y aire acondicionado? Como buen inglés, Timothy ansiaba el mar, tanto más que vivía a unos mil kilómetros de la costa, en las planicies americanas, pero se las había arreglado para que le encargaran el Programa de verano y así cada año pasaba dos meses en Xalapa; incluso se las arregló para pasar ahí todo un sabático. Alquiló una casa bastante amplia y aprovechaba los fines de semana para bajar a la playa con su mujer y niños en una camioneta de doble tracción.

Alguna vez yo los vi empacando con toda la excitación de un fin de semana por delante. Las playas del Golfo no son las más espectaculares del planeta, pero precisamente a unos 90 km de Xalapa se encuentra la barra de Chachalacas, cuyas imponentes dunas, asentadas a unos 50 kilómetros al norte del puerto de Veracruz, se levantan por arriba de los 80 metros. Y ahí precisamente se encuentra el hotel del Instituto de Pensiones, con albercas, chapoteaderos, un tobogán y búngalos.

Cada vez que me sentía perdido en Xalapa, lejos del mundanal ruido, me reconfortaba pensando que había un inglés para el que Xalapa era el paraíso. Y ahora me enteraba de que ese inglés había tenido un accidente y no había podido ver crecer a sus hijos ni acompañar a su hija el día de su boda…
-Llévenlo a la playa, pensaba en el metro.¿Por qué no lo llevan a la playa? No se va a recuperar en un hospital, pero si lo ponen en la playa en una tumbona debajo de un quitasol, seguro revive. Y el vagón en que viajaba se adentraba en un túnel oscuro que parecía ir a desembocar en una comarca desolada, por un paisaje de escombros donde se hubieran librado intensos combates y sólo quedaran edificios devastados por la artillería y las bombas; sin embargo, me encontraba en París.




Había llegado unas semanas antes, a tiempo para ayudar a mi hija a pegar carteles anunciando su recital de piano en la Maison du Mexique, que cuenta con un Steinway de concierto. Flora había tomado un curso anual de perfeccionamiento con Erik Berchot, un discípulo de Germaine Mounier, que cuando tenía veinte años ganó todos los concursos importantes del planeta -- el Marguerite Long (Francia), Viotti (Italie), Maria canals (Espagne), Young Concert Artist (U.S.A. à New york) y el Frédéric Chopin (Polonia), pero no resultó tan buen docente como intérprete. El grupo estaba integrado sobre todo por estudiantes japoneses y coreanos, entre los que destacaba Makiko, una chica muy delgada que sin embargo tocaba con mucha energía. Flora observó que llevaba unas bolsitas de tela llenas de yerbas que apretaba antes de tocar para energizarse y además se ponía unos zapatos que llevaba en su bolsa. En cierta ocasión, le regaló a Flora una bolsita, y ella sintió que el zumo de las yerbas estimulaba la circulación y le calentaba las manos, como si ya hubiera estado tocando un rato. El caso es que Berchot se concentró en Makiko y no atendió mucho que digamos al resto del grupo; incurrió incluso en comentarios sarcásticos con algunos estudiantes, que es lo peor que puede hacer un profesor de piano. Aunque con Flora se portó bien, al final de curso ella todavía tenía algunos problemas con la sonata n° 3 opus2 de Beethoven.

Ella había escogido esa obra porque se la escuchó a Eliane Reyes, una pianista tres años mayor, y yo le sugerí por eso que la llamara y le preguntara si no le podría escuchar y aconsejar. Eliane accedió y en un dos por tres le resolvió todos los problemas. Así pudo dar su recital el 17 de junio en la Maison du Mexique y prepararse para la gira que tenía agendada para las vacaciones y durante la cual volvió a interpretar ese recital en el auditorio del Instituto Superior de Música, en Xalapa el miércoles 25 de julio a las 18:00 horas, y en el Teatro Clavijero en el puerto de Veracruz el siguiente viernes; el viernes 3 de agosto a las 20:00 horas se presentó en el Aula Magna del Centro Nacional de las artes en el Distrito Federal, iniciando el ciclo de solistas que anualmente celebra ese organismo y posteriormente, lo volvió a tocar en la Sala Chica del Teatro del Estado el jueves 9 de agosto a las 19:00 horas, donde aprovechamos la oportunidad para grabarlo. Me alegraba estar de nuevo en la capital francesa, pero al mismo tiempo experimentaba una sensación de fracaso, pues a estas alturas de la vida estaba lejos de contar con los recursos de otros hombres de mi edad. No me alojaba en un hotel de cinco estrellas, sino en la Fondation argentine, una residencia para estudiantes, donde además había aprovechado la tarifa para reservar una habitación primero por quince días y luego por otros quince días, dejando entre ambos periodos unos días para un breve viaje a Londres, donde cada vez que voy a Europa aprovecho para investigar en la biblioteca del British Film Institute. Flora habitaba entonces en la Residence Concordia en el Barrio Latino, un edificio agradable con árboles y un jardín interior. No había sido fácil conseguir ahí una habitación, pues Catherine le tuvo que escribir a una senadora que representa a los franceses del extranjero, y ella intervino para que le dieran alojamiento a partir del 1° de febrero 2007, pero antes tuvo que vivir a salto de mata, pues primero se alojó en la Fondation argentine durante mes y medio y luego en la Maison Henrich Heine, donde una amiga le dejó su habitación durante seis semanas en que viajó a México para tocar allá como solista.

El año anterior yo me había podido alojar en la Maison des étudians suedois, que es muy agradable, pero esta vez no tenían sitio y me tuve que quedar en la Fondation argentine, donde Flora ya era conocida. Por las noches, cenábamos juntos una ensalada griega de tomates con aceitunas negras y queso feta rociada con vinagre balsámico y aceite de oliva mientras Flora me hablaba de sus amigos y experiencias en París. Flora ya había estado en Londres, pero quería volver a Inglaterra y se me pegó. El viaje se complicó porque ella no se quería perder la última clase del año con Berchot y debido a eso tuvimos que partir después de mediodía. Primero viajamos a Lille, luego a Calais, y de ahí en autobús al muelle, donde abordamos el ferry. Comimos fish and chips y pronto avistamos los blancos acantilados—the white cliffs. Por la noche llegamos al Astor College, donde nos alojamos. Se trata de una residencia para estudiantes de la London University College muy cerca de Tottenham Court Road. Un edificio de siete pisos en cuyo patio hay por lo menos un árbol y un estanque con unos peces rojos bastante grandes – como de tres, cuatro o cinco kilos. Flora era la segunda vez que se alojaba en el edificio, pues ya había estado antes con Catherine, y en esa ocasión hicieron excursiones a Oxford y Cambridge. También yo me había alojado ahí antes, y el año anterior estuve ahí unos días. Entonces había hecho el viaje en el Eurostar por el túnel bajo el canal de La Mancha, pero ahora no pudimos conseguir boletos a tiempo.

El piso estaba ocupado por unas jóvenes americanas procedentes de Georgia y unos mochileros de Italia que se la pasaban amasando sus pizzas en la mesa del comedor. En el supermercado cercano, compramos spaghetti y alguna salsa para cenar; cereales para el desayuno y leche de cabra que le encantó a Flora y en Francia no se consigue. Durante los siguientes días Flora recorrió las tiendas de Oxford Street mientras yo investigaba en la biblioteca del Bristih Film Institute,; por supuesto, fuimos a la National Gallery y a la National Portrait Gallery y caminamos a orillas del Támesisen el, South Bank. A mediodía comimos el famoso pato laqueado a la cantonesa con arroz y té de jazmín en un restaurant chino de Soho. Por las tardes descansábamos en una librería Borders, en cuyo segundo piso hay un café donde nos instalábamos junto a las ventanas, frente a Fowles. Se pueden leer todos los periódicos y revistas que uno pueda sin pagar un centavo. Los periódicos abundaban en noticias de crímenes perpetrados por jóvenes pandilleros que apuñalaban a otros muchachos --- uno asesinó a una enfermera que salió a fumar un cigarrillo. Los ingleses necesitan al parecer este tipo de noticias para sentirse vivos.

De vuelta tomamos de nuevo el ferry. Flora voló a México después, y yo me quedé unos días más para leer en un congreso mi ponencia sobre Ribeyro. El incidente del coctel no me dejaba. Yo he viajado sobre todo por Europa y los Estados Unidos, pero cuando pienso en todos mis viajes tengo que reconocer que siempre he ido a buscar algo, no sé qué. Tal vez una revelación. ..y aquello me parecía una revelación. Después de todo, a mí no me había ido tan mal.
El tiempo pasa. Yo iba en el metro saliendo de aquel coctel y luego de repente ya estaba en el aeropuerto y volaba de vuelta. Tomaba el vuelo a Veracruz y en el puerto el minibús a Xalapa. Y mientras iba en el metro y el metro se convertía en un avión y luego en otro y luego en el minibús que remontaba las montañas rumbo a Xalapa, recordaba otros viajes y repasaba mi vida.







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