martes, 28 de diciembre de 2010

Postales. España (1979)

A principios de junio de 1979 se celebró en las islas Canarias el primer congreso de escritores de lengua española.De México participaron José Emilio Pacheco y Arturo Azuela, que era uno de los principales organizadores y años después también organizó el congreso con que se conmemoró el cincuentenario de la creación del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. De Perú, asistieron Ribeiro y Rodolfo Hinostroza; también, el poeta Adolfo Westphalen. De España había poetas como Luis Rosales y Claudio Rodríguez, escritores como Armas Marcelo, Caballero Bonald y Grosso; de Uruguay, Eduardo Galeano y Onetti; de Argentina, Abel Posse.


El congreso atrajo además a algunos jalapeños como Froylán Flores y Sergio González Levet, del semanario Punto y aparte. También asistieron Lupita Escobar, que estudiaba en Madrid, y su hermana Leni, que había ido a visitarla. Antes de viajar a España, le pedí a Don Fernando Benítez que me diera una carta para acreditarme como enviado especial del suplemento Sábado, lo que me permitió conseguir alojamiento y acceso a las sesiones y a los cócteles. Los organizadores nos llevaron en autobús por la isla y recuerdo que me la pasé conversando con Juan Marichal, el historiador y profesor en Harvard, que entre otras cosas me contó que cuando estudiaba en el Colegio de México trabajó como velador en la Canada Dry y le dieron un revólver, que lo hizo comprender que la cosa iba en serio.

Hubo varios cócteles en los que nos daban ensaladas con unos pequeños tomates de las Canarias. También recuerdo que me reuní en el puerto con Lupe y Leni y a la hora del almuerzo nos metimos a una modesta fonda con piso de cemento recién lavado y cortinas de plástico donde nos sirvieron un excelente arroz con plátanos fritos, y luego nos fuimos a un café en la playa de Más palomas. También recuerdo una recepción en un casino donde hablé con Agustín Yáñez sobre su biografía de Santa Anna. Le dije que en el sitio que ahora ocupa el parque Los berros había una ciénaga que se desecó a fines del siglo XIX, es decir que el parque no existía en tiempos de Don Antonio, como él suponía. Le pregunté si estaría dispuesto a dar una conferencia en Xalapa, y él le dijo a su esposa que me diera su teléfono.


Yo había dejado de fumar, pero a veces recaía y en el puerto me compré un paquete con varias cajetillas de Gauloises (sin filtro, desde luego), y llevaba una, que coloqué sobre una repisa para anotar el teléfono en mi agenda. De reojo pude ver que Yáñez tomaba la cajetilla y se la guardaba en el bolsillo del saco, siempre con su cara impasible. No me atreví a pedírselos, aunque también él se dio cuenta de que lo había visto. -Imagínate lo que habrá hecho en la Secretaría de Educación, me dijo alguien cuando le conté. No era un cleptómano, sin embargo, lo que se ocultaba detrás de su rostro impenetrable sino un chamaco maldadoso y un pesado bromista.

Años después, me contó Beatriz Espejo que había sido su maestro en la UNAM y la mandó llamar cuando lo nombraron Secretario de Educación. -Hay un puesto que te puede interesar, le dijo por teléfono. Cuando ella lo fue a ver, primero la hizo esperar un buen rato y cuando finalmente la recibió, le dijo a su secretaria: -Busque la carta que nos mandó la secundaria donde necesitan una profesora de español. Seguro en su interior se botaba de la risa. --Ja, já, qué creidota.



Tenía, en fin, un sentido del humor muy especial y ya se pueden imaginar que nunca lo llamé para que viniera a Xalapa. Después del congreso, Don Luis Rosales nos invitó a Hinostroza y a mí a su casa, en Madrid donde pasamos un buen rato conversando, y después, aproveché la oportunidad para entrevistar a Donoso, a quien había conocido durante la Feria del Libro en Francfurt tres años antes. Entonces le pregunté si conocía Tlacotalpan, donde se ambienta uno de sus cuentos, “El güero”, y me dijo que había estado en Xalapa y ahí había conocido a Gabriela Mistral, que se alojaba el Lencero. No le pude sacar más en ese momento, pero en Madrid lo llamé para pedirle una entrevista y me dio cita.

Lupe Escobar me acompañó a su casa, se encargó de grabar la entrevista y me tomó unas fotos que estuve buscando en estos días, pero no he podido encontrar. La entrevista se publicó en el Sábado, y así cumplí con Benítez. Después, decidí aprovechar mi viaje para echarle un vistazo a Mérida, y de ahí viajar a Sevilla y Granada, pues no conocía yo Andalucía.

En Mérida, cuando recorría las ruinas romanas, apareció un grupo de muchachos que emitían sonidos gangosos y gesticulaban de una manera inquietante, como en una película de Buñuel: eran sordomudos que hacían una excursión. Luego me detuve a comprar unas postales en un kiosko que se hallaba la entraba y cuando las pagué, pude ver que la vendedora tenía la mitad de la cara completamente desfigurada por quemaduras. En el hotel, la propietaria se mostró muy amable, pero después de las experiencias que había tenido esa tarde, yo no estaba muy tranquilo.

Al día siguiente tomé un autobús a Sevilla donde le eché un vistazo a la Giralda y me quedé esa noche. Al día siguiente, viajé a Granada para conocer la Alhambra. Me alojé en un hotel frente a un antiguo café donde pude apreciar la belleza de las andaluzas y algunas turistas extranjeras que al parecer habían ido para mostrar que en sus países tenían con qué concursar. El café por cierto estaba amenazado por la próxima demolición del edificio en que se encontraba y había un grupo de personas empeñadas en preservarlo. Me quedé con las ganas de ir a Málaga y otros lugares de la costa, pues tuve que volver a Madrid y de ahí a México con todo un cargamento de libros sobre Lope de Aguirre.






viernes, 24 de diciembre de 2010

París-Londres (1985)


En mayo de 1985, volé a París para participar en un coloquio sobre “Lo fantástico y lo lúdico en la obra de Cortázar”, que se realizó en Poitiers a fin de mes.
Antes, pasé unos días en Londres para entrevistar a Del Paso sobre Noticias del imperio, que aún no se publicaba, pero de la que ya habían aparecido algunos avances prometedores – “El corrido del tiro de gracia”, entre ellos. Tuve que irme a Lille en tren y transbordar a Calais, donde tomé el ferry de la P&O para cruzar el canal, y en Dover abordé un tren a Londres. Volvería yo a hacer este viaje en 1996 y 1997 para investigar durante unos días en la biblioteca del British Film

Institute que es la más completa sobre cine, así como en el 2006 con mi hija Flora, que estudiaba en París; lo mejor del trayecto es la vista de los blancos acantilados, the white cliffs, y el tramo en ferry, que aproveché para comer fish and chips con un poco de vino blanco. También volví en el 2005, pero esa vez este viaje lo hice a bordo del Eurostar.

Me alojé entonces en un hotel muy agradable llamado Swiss cottage, que se encuentra muy cerca de la estación del metro del mismo nombre y parece una Gasthaus. Del Paso, muy amable me invitó a cenar en su casa con su esposa y la mayor de sus hijas,y al día siguiente lo entrevisté en la BBC, donde trabajaba. Hablamos en una cabina y él mismo se ocupó de la grabación. La entrevista se publicó luego en Vuelta y se puede ver en la red. En París, llamé a Ribeyro, que me invitó a almorzar. Yo lo había conocido unos diez años antes durante un coloquio sobre la difusión de la literatura latinoamericana que se celebró en Sprendlingen, no lejos de Francfurt, unos días antes de la Feria del Libro que en 1976 se dedicó a la América Latina, y después de eso conversamos en París varias veces.




Cuando volví a México, intercambiamos algunas cartas y en un congreso que se celebró en la Brown University (Providence, Rhode Island), en 1983, leí una ponencia sobre uno de sus cuentos que relacioné con la vieja historia de la viuda de Efeso, narrada por Petronio en el Satiricón.

El agregado cultural en la Embajada peruana en México, Edgar Montiel, que había hecho gestiones para que la revista poblana Infame turba le dedicara un número a Ribeyro, me comentó que Julio estaba muy complacido por mi texto, que no sólo se publicó en las actas del congreso, sino también en La Jornada semanal. Pasé a buscarlo, en fin, a la Delegación peruana en la UNESCO pensando que iríamos a un restaurante cercano, pero él detuvo un taxi y le pidió al conductor que nos llevara a la Gare de Lyon, donde comimos en Le train bleu, que es un restaurante de película muy famoso desde el que se ven los andenes y los trenes.
Cuando voy a Francia, aprovecho la oportunidad para comer todo el confit d’oie que puedo -- el ganso es uno de los platillos tradicionales de Toulouse --y eso pedí; él optó por unos espárragos, que era uno de sus platillos favoritos. No recuerdo el vino, pero guardo un excelente recuerdo de ese almuerzo.
(Mi texto, por cierto, se encuentra en la red y se puede localizar por el título “Ribeyro y Petronio”, lo mismo que el leí en otro congreso sobre”Ribeyro y el mito de Sísifo”, que se publicó en la revista Casa del tiempo).
Yo le había enviado antes un ejemplar de Entre tus dedos helados, una antología de cuentos de Tario que publicó Espinasa en la UAM, y me comentó que sobre todo le había gustado “Yo de amores qué sabía”, que es realmente un joya.

En otra ocasión, fuimos al departamento que Alfredo Bryce ocupaba en la rue d’Amyot, no lejos de la Place de la Contrescarpe. Desde la ventana, se podía ver la fachada interior de una residencia para jeunes filles, que si no mal recuerdo era de vidrio. Los estrechos dormitorios parecían vitrinas. Las chicas eran exhibicionistas, y Alfredo podía disfrutar de un verdadero pornorama. Esta información la tomé, desde luego, con escepticismo, pues realmente Bryce no me pareció muy entusiasmado. Le pregunté qué le había parecido Sastrerías de Samuel Medina, pues Ribeyro le había hecho llegar uno de los ejemplares que le había enviado, y me contestó que su manera de escribir le parecía “peligrosa”.
-¿Peligrosa?-, le pregunté, ¿por qué?
-“No se puede ser genial todo el tiempo”, me contestó.
Después yo mencioné que Sammy no había no había vuelto a publicar nada.
“A eso me refiero”, explicó. Entonces llegó Silvie que realmente era muy bella, y Ribeyro y yo nos fuimos a tomar un café.



En Poitiers leí mi ponencia sobre “Las palabras mágicas” de Cortázar”, que luego se publicó en las actas y recogí en Versiones. Aurora Bernárdez vino a escucharla y también Jonathan Tittler y Jean Andreu, entre otros colegas, como Serge Zaitzeff, a quien había conocido en otro congreso en Venecia cinco años antes y que luego estuvo en Xalapa con su esposa. Además, conocí a un grupo de colegas españolas -- Carmen de Mora y Trinidad Barrera--, que luego me encontraría en otros congresos.
De vuelta en París volví a ver a Ribeyro, esta vez en el parque de Luxembourg, y me regaló un ejemplar de sus Dichos de Luder . Aproveché este viaje para comprar un montón de libros sobre Flora Tristán, la legendaria abuela de Gauguin, pues Vargas Llosa había anunciado una novela sobre esta mujer extraordinaria. Años antes leí el relato de su viaje al Perú por el cabo de Hornos para reclamar la herencia de su padre y cuando Catherine y yo buscamos un nombre para nuestra hija – un nombre que no cambiara mucho del francés al español --, nos decidimos por el de esta francesa que era hija de un peruano. Ribeyro, por cierto, me comentó como quien revela un secreto que Bryce también iba a escribir sobre ella. Yo había publicado una serie de artículos sobre las novelas históricas acerca del cura Hidalgo, Colón y el padre Mier, y estaba trabajando en otro sobre Lope de Aguirre, que apareció en Cuadernos americanos, tres años después.
A principios de los noventa, me escribió Seymour Menton que iba a Guadalajara como jurado del Premio Rulfo, y le contesté que en mi opinión había que dárselo a Ribeyro.
No volvimos a tratar el asunto, pero el galardón se le concedió a Julio, que desafortunadamente no pudo ir a recibirlo -- su esposa lo hizo en su lugar -- pues estaba en el hospital donde falleció.




Publicado en Diario de Xalapa, 4 de octubre 2010.

martes, 7 de diciembre de 2010

Viajes 1986


 De Berlín a Barcelona
                    
                                                    

En 1986 leí mi ponencia sobre “Axolotl” de Cortázar en un coloquio sobre su obra que se celebró en Stillwater, Oklahoma, del 10 al 12 de abril, y en el congreso de hispanistas, que se realizó en Berlín del 18 al 23 de agosto, presenté una ponencia sobre algunos relatos de Mauricio Magdaleno y Roa Bastos. De paso asistí  al congreso del Instituto internacional de literatura iberoamericana que se celebró en Bonn unos días antes, del 11 al 16 de agosto. El año anterior había obtenido el Premio de Ensayo literario “José Revueltas”, lo que me permitió ingresar al Sistema Nacional de Investigadores y obtener recursos para viajar, por lo que estaba decidido a “hacer curriculum”, participando en los principales congresos. 
En Stillwater conocí primero a un colega chileno, Santiago Daydi-Tolson, y luego al profesor  Donald Shaw y al poeta  Carlos Cortínez. También conocí ahí a Lauro Zavala, con quien mantengo correspondencia. En cuanto al congreso en Alemania, decidí aprovechar la oportunidad para viajar a Francia con Catherine y nuestra hija, Flora. Volamos a París y de ahí viajamos en tren a Argeles Gazost, un pueblo cerca de Lourdes, donde los padres de Catherine tenían una casa de campo rodeada por un amplio jardín, donde pasaban el verano, pues en invierno se recluían en un apartamento en Le Puy, donde tuvieron un despacho como abogados. La calefacción cuesta una fortuna y el invierno lo mejor es pasarlo en un espacio reducido para ahorrar gastos. Como me prestaron un DAF, manejé a Alemania pasando una vez más por las famosas gorges du Tarn, donde la carretera ocupa una estrecha cornisa junto a un desfiladero y atraviesa varios túneles, la mayoría muy cortos. Ya había hecho este recorrido cuando vivía con Uli en Toulouse y viajamos a Alemania. Se trata de un lugar impresionante y ahí estaba yo manejando de nuevo  por ese impresionante paisaje. Imposible no recordar a la joven alemana con que vivía unos doce años antes.
Durante el congreso en Bonn le di un ejemplar de mi libro sobre Borges al profesor Roggiano,  que le pidió a Malva Filer una reseña para la Revista Iberoamericana. Ahí conocí a Carmen Ruiz Barrionuevo y otras colegas españolas, que volví a ver en el congreso en Nueva York que se celebró un año después. En el 2000, Carmen organizó el congreso que se realizó en Salamanca y luego llegó a ser presidenta del instituto. También conocí José Miguel Oviedo, quien ya había escrito la Breve historia del ensayo hispanoamericano, y en el 2000 presentó mi libro Versiones en la Feria Internacional del Libro que se celebra en Guadalajara. Después atravesé Alemania oriental y en Berlín leí la ponencia mencionada. Volví a Argèles por Catherine y Flora y nos fuimos a la Costa Brava o más precisamente a Calella de Palafrugel, donde los padres de Catherine tenían un apartamento que habían adquirido mucho antes de la casa en Argèles. Dominique, la hermana de Catherine, se había casado unos quince años antes con un catalán, y tenía también un apartamento en ese balneario, que ya entonces abundaba en modernos edificios con sus terrazas. Enrique, el esposo de Dominique, es hijo de un industrial, en realidad un inventor que había patentado un pegamento y lo fabricaba. Los viernes por la tarde, al cerrar la fábrica en que tenía un puesto administrativo, Enrique salía disparado hacia Calella para pasar el fin de semana en el balneario y no volvía a Barcelona sino el lunes por la mañana. Sólo tenía una hija con Dominique, Samantha, que no sé cómo se las arregló para estudiar derecho, pasar varios exámenes para ejercer como abogada en Francia y hacer un master en relaciones internacionales, pues el ambiente familiar no era muy propicio para leer y concentrarse. Sus padres se pasaban el día en su bote o en la playa y el apartamento lo usaban para prepararse una ensalada y dormir. Así que mientras Flora nadaba con su prima y amigos, y Catherine retomaba la comunicación con su hermana mayor, yo aproveché para echarle un vistazo a Cadaqués, donde vivíó Dalí.

Manejé por la montaña pelada y renegrida por los incendios para echarle un vistazo a ese lugar mítico, donde veraneaban Marcel Duchamp y Joan Miró. Después, fui a Figueras para visitar el Museo Dalí que realmente vale la pena, por lo cual volví a verlo con Catherine y Flora. Sobre todo recuerdo un automóvil antiguo con una pareja de maniquíes vestidos de novios en el asiento trasero; al oprimir un botón se abrían surtidores que mojaban a la pareja. Y desde luego había un montón de obras del pintor con Gala como Leda y los famosos relojes derretidos, el besofá y una vidriera donde se exhibía una mujer desnuda hecha de celuloide o algo parecido, que los niños contemplaban absortos. Para regresar a Argèles, tomamos la carretera hacia Andorra, donde nos detuvimos para hacer algunas compras, ya que ahí todo es más barato, púes no hay que pagar impuestos.
                           





Publicado en Diario de Xalapa, 12 de abril 2011.